el post número 100 7


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 cuando viajas crecesSucede una cosa cuando viajas, bueno… obviamente, si estás atento, sucederán muchas; tantas que te costará reconocer al que eras antes de partir, pero quiero destacar una por encima de todas: pierdes esa sensación de ser el ombligo del mundo.

Por favor, no os pongáis a la defensiva; quizá en estas líneas, si viajáis con la mente abierta, podáis encontrar también algo nuevo. Me refiero, claro está, a esa sensación de que “la tele” es lo que ves desde el televisor de tu casa; “el idioma”, es aquello que te hablaron tus padres y profesores, de que lo mejor para la sed es lo que te vendieron como “verdaderamente refrescante”.

Que si llegas a los veinte y no tienes estudios no eres nadie, que si llegas a los treinta y no tienes un buen puesto (o marido en el caso de las mujeres) no eres nadie, que si te despiden con cincuenta estás muerto, que “necesitas” un coche nuevo, una casa con tres dormitorios (mejor un pareado), un vestidor, armarios empotrados, un trastero; para poner toda la ropa, ropa, ropa y los zapatos, zapatos, zapatos; has de ser del Madrid o del Barça, del PSOE o del PP, creer en la iglesia o mirar ridículamente por encima del hombro a quien lo haga… Que cada cual escoja sus etiquetas pero creedme, difícilmente podréis siquiera ver más que unas cuantas sino cambiáis el ángulo tanto, tanto… que se mide en coordenadas terrestres, en millas marítimas, en culturas; mucho más que en años.

 

De repente sales, con toda tu curiosidad y todas tus ganas y te empapas. Ves que hay gente que no tiene zapatos, jamás los tuvo y no pasa nada.

Ves que para tu sorpresa, son felices y tú podrías nombrar media docena de personas con cincuenta pares de zapatos que viven en el lodo. Ves que hay millones de personas que no tienen casa, jamás la tuvieron y no pasa nada.

 

Hay otros millones que no necesitan más que un lugar donde dormir al refugio de la intemperie y quizá donde poder comer y cocinar.

 

Hay otros millones que hacen de estas casas un objeto a su servicio y como se te ocurriera contarle a alguno de ellos que aquí vivimos en hipotecas que nos cuestan la mitad del sueldo durante cuarenta años porque nosotros sí “necesitamos” una casa física, porque en algún lugar hemos de albergar los cincuenta pares de zapatos, las cien camisas, pantalones, lámparas, platos, platos para los días de fiesta…

 

Por favor, tratad de imaginaros por un momento en una foto al lado de todas vuestras cosas (las que tenéis, pero también las que habéis tenido alguna vez hasta ahora) apiladitas en medio de un desierto. Ahora, ya que las “necesitáis”: transportadlas.

A ver cuánto tardarías en soltar esto y esto y esto para quedarte con lo más básico; mira tú por donde, con mucha probabilidad, aquello que te proteja de la intemperie y te ayude a comer y cocinar. Ahora, al “extranjero” al que estáis tratando de contar vuestras “necesidades”, contadle que el resto del sueldo es para pagar el coche, la electricidad, el gas, el agua, el teléfono fijo, el móvil, el ADSL, la cuota de socio del Atletic, el plazo de la operación de estética… Aunque hablaseis perfecto suajili, indi, birmano o maorí, no os iban a entender.

 

Mi hijo Óscar ha viajado. Volvió hace dos días después de casi un año rodando entre República Dominicana y Cuba. Ha viajado de verdad y no era mi propósito del todo. Bueno, a estas alturas del partido ya podéis sospechar que pretendo de mis hijos que viajen, que conozcan y crezcan, pero lo que realmente necesitaba mi hijo adolescente hace poco más de un año era cambiar radicalmente de aires porque estaba perdiendo los valores más básicos. Era potencialmente el que llegó anteayer, precioso y cansado, pero lo que mostraba era mucho más frívolo y miserable. Falló en la confianza que todos habíamos depositado en él y vivía rodeado de un halo tan superficial como irreal, en el que lo más importante eran todas las marcas de ropa que llevaras puesta y el coche que tuvieras aparcado.

 

Tenía ya entonces una mente brillante, pero el uso que hacía de este don era a menudo muy triste… Me cansé de decirle que cuando alguien es buena persona, ha de serlo en todo y con todos. No puedes hacer daño a alguien conscientemente con el pretexto de que lo haces por ayudar a otro, porque ni el alguien, ni el otro, ni mucho menos tú mismo, sales bien parado.

Tenía que acudir a reuniones al instituto cada semana a disculparme y comprometerme en su nombre porque él mismo no se comprometía y si lo hacía, era papel mojado. De algunas reuniones salí llorando. El día que me llamó la policía para que fuera a sacarlo de la comisaría pensé que nada peor podía pasarnos. Lo habían detenido por conducir sin carnet una moto que resultó ser suya. Es más: resultó ser la tercera que compraba y arreglaba para después venderla. Yo le decía que ese talento de negociador era maravilloso pero que tenía que saber encauzarlo. El día que llegaron dos furgones de policía a las puertas del instituto a detener lo que parecía una reyerta entre bandas y resultó ser un “todos a por mi hijo” pensé que de verdad nada podía ir peor. Después le pegaron una paliza (y doy gracias porque se llevaron a todos los que iban armados, incluyendo adultos) y yo ya estaba desesperada. Ahí ya no sabía qué más podía pasar y claro; pasaron aún más cosas… Le dije entonces que teníamos que priorizar: que primero era estar vivo para poder resolver después todo lo demás y llamé a su padre al que siempre hemos dejado para algún período corto de las vacaciones.

 

De un día para otro lo mandé con él a Ibiza a que cambiara los aires de aquí por los de allí, pero quiso la fortuna que entonces a su padre le ofrecieran un trabajo en República Dominicana y después, una vez allí; en Cuba. Quiso entonces la fortuna que mi hijo dejara de vivir el ya conocido “todo incluido” en un resort de lujo para vivir el, hasta entonces, “una simple imagen de postal” del campo dominicano. Tendríais que verlo, tendríais que escucharlo hablar con un acento que yo jamás he escuchado en ningún lugar… Su maleta era irreconocible; apenas nada cuando él tenía todo. Apenas nada y además, medio destrozado. Vivió en una cabaña de madera “no más grande que mi salón” con otras trece personas. Todos y cada uno de los miembros de la familia de la nueva mujer de su padre, con electricidad cuatro horas, pero después “se caía” siete horas o, a veces, ya no volvía. Sin agua corriente. Tenía que ir en burro por las mañana con cubos a buscar agua al río para llevarla a la casa y con esa agua bebían, cocinaban y debajo de un árbol cuando no miraba nadie; se lavaban. No había baño. Se limpiaba el culo con una hoja de plátano y cuando no había hojas, con tierra y después se lavaba la mano en el río. El mismo en que lavaba su ropa a mano que fue quedando hecha añicos de enrollarla para que secara en las alambradas de espino porque no tenían cuerdas ni pinzas.

 

Mi hijo, que parecía aquí tan valiente, tenía miedo a todo.

 

Dice que dejó de tenerle miedo a las tarántulas (que corrían por todo el techo de la cabaña) porque “o les pierdes el miedo, o no duermes”.

Le perdió el miedo a los sapos (allí los sapos son inmensos como gatos y se te quedan pegados como una ventosa), le perdió el miedo a las culebras y las serpientes “porque si no, ¿qué hacía?”

 

Se iba por las mañanas cruzando a pie el río hasta la iglesia donde, en la casa del cura se cambiaban de ropa para ir a clase al Liceo. Allí sacó la mejor puntuación de todo el instituto y por primera vez se sintió inteligente (lo es muchísimo). Salían a las seis, salvo que lloviera, porque entonces crecía el río y ya no podían cruzarlo. Todos los días comía arroz con frijoles y a veces algo de puerco. Todos los días. Todas las noches plátano hervido que detestaba. Bebía la leche que él mismo ordeñaba y se sacó algún dinero trabajando recogiendo piedras para evitar que la finca de un cónsul fuera un barrizal. Camiones y camiones de piedras junto a un haitiano y dos dominicanos que se reían de él y le decían “ay, españolito, ¿quién nos iba a decir que vendría un españolito, no a tomar el sol en la playa, sino a trabajar cargando piedras?” Le pagaban cincuenta pesos (un euro) diario. Hablábamos poco porque por descontado no tenía ordenador y aunque lo hubiera tenido no tendría cobertura y desde el móvil podía hablar, a veces, en lo alto del campanario y escucharle era un regalo.

 

Me gustaba imaginarle con sus polos Ralph Lauren, su colección de Puma de doscientos euros y su ropa interior de Calvin Klein yendo en burro a por agua.

Ha estado ingresado tres veces; una dice que pensó que iba a perder el pene, pero no; el pene y él volvieron a casa sanos y salvos. Así ha cumplido los dieciocho, ¿puede haber un mejor regalo? Cuando llegó a Madrid, lo primero que quiso fue comerse un donut. Dice que llevaba un año soñando con un donut. Ahora tiene prisa por sacarse el cuarto de ESO que dejamos a medias y que no hemos logrado convalidar con su bachillerato de allí al que asistió casi de oyente. Quiere trabajar, no quiere ser una carga para mí ni para su padre. Quiere estudiar hostelería, porque quiere “viajar y conocer mundo.” Dice que quiere “demostrarme que es un hombre trabajador y honesto”, y es además, añado, un tipo muy sabio.

 

Me ha traído unos regalos preciosos. Me ha dicho lo que yo ya sé: que no tenía dinero, pero entonces recordó que yo recogía piedras y caracolas de la playa cuando eran pequeños (teníamos que encontrar la más grande y después, la más pequeña), y que yo traía arena del desierto de Thar, o de las playas de La Habana; piedras de un palacio en Marrakech o de los jardines del Taj Mahal y entonces, me recogió “cosas”. Les ha escrito el nombre del lugar y la fecha: un caracol de Cuba, del que el pobre cangrejo ermitaño salió por patas al verlo; otro del campo dominicano. Una piedra recogida de un arroyo el dos de febrero. También un crucifijo y un pequeño corazón de plástico que rescató de aquel río en el que ha pasado tanto tiempo.

 

Llevaba días pensando a qué iba a dedicar este post número cien (podéis contarlos aunque prefiero que los leáis). Ya sabéis; estas cifras redondas se merecen algo significativo… Cuando supe que volvía a mis brazos tuve claro por qué llevaba dos, tres días dándole vueltas al asunto. Él es mi post número cien. Tenía que presentaros a mi hijo Óscar. Es un honor. Éste es él y estos son sus ojos que ya han visto mucho mundo.

 

Post Data: Con mucho cariño a los más de 15.000 lectores de este blog en este medio año. Sois una maravillosa sorpresa y además ¡un montón! Cuántas visitas… Solo de pensar que hubiera tenido que haceros un café a todos…

 

otro Post Data: GRACIAS POR ESTAR AHÍ.

“Cuando dejas tus zapatos
pegaditos a los míos, no sé bien,
no entiendo bien si estoy
construyéndote un futuro
o curándome un pasado
pero sé que este cuento no acabó.”

Alejandro Filio


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

otro Post Data, el blog de Pilar Ruiz Costa


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7 Comentarios en “el post número 100

  • Anónimo

    ¡Qué gran historia! =)
    ¡¡Y que gran manera de llegar a los 18!! ¿No es increible? Esto sí que es madurar… Creo que le tengo un poco de envidia por lo que ha vivido, sí, también lo del burro y lo de limpiarse el culete con hojas de plátano =)
    Vivir todo esto para llegar a entender mucho más, además de ayudar siempre han sido mis razones por las que quería ser voluntaria en el tercer mundo (todavía sigue en mi lista…)
    ¡Creo que a un montón de gente le sentaría muy bien vivir lo mismo! De hecho debería ser obligatorio en la carrera de la vida de cualquier persona, vivir un año fuera de lo que estamos acostumbrados para valorar muchas más cosas, ver mucho más allá… ¿no?
    Es genial, él es genial ¡y tú eres genial!
    Buenas noches
    (Y hoy, mientras yo vea la luna tu verás el sol =)

  • Macondo

    Bienvenido a casa Oscar. Ni se te ocurra distraernos demasiado a tu madre, que nosotros también la necesitamos. Yo me incorporé en el post 93, pero ya casi me he puesto al día; así que dentro de poco sólo tendré para leer lo que vaya escribiendo nuevo.
    Felicidades, mami, por la vuelta del hijo. No podía haber un nº 100 mejor.

    • admin Autor

      ¿En el 93? Yo pensaba que tú salías de "el post del murciano" como lo llamaste tú y eso debía ser el ochentaytantos. De todos modos, "leerlos todos" es un mérito que no le reconozco a casi nadie. Sí, algún lector absoluto me consta que tengo y ¡mola!

      Óscar está precioso. Al sacar las cosas infestas de aquella maleta; concretamente un calcetín enrollado en una zapatilla, saltó una cucaracha y corrió a esconderse detrás de un mueble de su cuarto que cerré a cal y canto. Cuando se lo conté me dijo "tranquila que ahora la mato de un pisotón" y le contesté "ay, no, pobre… con lo que ha viajado déjala viva, lánzala al campo, que les enseñe idiomas a las cucarachas locales" y luego ya, claro, le di un capón porque como ponga huevos, por su culpa vamos a provocar una pandemia. La cucaracha aún no ha aparecido.

      Sospecho que de ahí, aún me sale otra historia 😉

      ¡GRACIAS POR LEERME!

    • Macondo

      Te conocí por el “post del murciano” (a través de mejoresblogs.com), pero entonces no me hice seguidor tuyo. Volví a encontrarte más tarde (en la misma página), creo que en de “las bodas de oro”. Iba con más tiempo para entretenerme mirando el blog y comprobé que eras la misma escritora del otro. Entonces ya me hice miembro.
      Recuerdos a la cucaracha.

    • admin Autor

      Me gustaría decirte que te devuelve los saludos, señal de que la hemos encontrado pero no: paradero desconocido y encima, sabiendo como sabemos que es una cucaracha sin papeles.

      Bueno, volviendo a tu llegada a este blog, lo importante es que sepas que estás en tu casa, espero que te quedes muuuuucho tiempo.

      Saludos (míos)

  • admin Autor

    GRACIAS. ¿Sabes? Lo mejor es que no tenemos que "cambiar el mundo" como si el mundo fuera uno fijo, porque así, de ese modo; la verdad es que "cambiarlo" daría mucho trabajo. ¡Es muchísimo más fácil que eso! El mundo hoy es tan sólo lo que estamos recogiendo de lo que sembramos ayer. El mundo es maleable con cada respiración, cada movimiento y cada palabra… No hay nada peor que pensar que "yo no puedo" porque te aseguro que yo (y yo y yo y yo), somos los únicos que podemos.

    "Nunca pienses que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo; de hecho, son los únicos que lo han logrado"
    Margaret Mead

    y otra de mis citas favoritas:

    "Aunque supiera que mañana se iba a acabar el mundo yo, hoy: plantaría un árbol"
    Martin Luther King

    Y de nuevo, GRACIAS por tus palabras y por leerme.