locos de amor 10


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locos de amor, otro Post DataJaime y Maggie se han casado y lo han hecho siguiendo una curiosa línea entre los topicazos y los guiños a todos sus amigos. Lo han hecho como quien juega. Se han divertido haciéndolo y se les nota. Nunca jamás, los he visto más felices, ¿suena a lógico? Es mucho más: es real, es absoluto. Ayer fue probablemente, el día que más se quisieron.

Hay sentimientos encontrados en las bodas; montañas de ellos, pero quizá en esta, más. Por la parte que me tocaba, pero también entre una buena proporción de los invitados, Jaime era además de su amigo, su psicólogo, y siempre, siempre, el proceso había sucedido en el orden inverso.

 

Yo lo conocí hace cerca de seis años en calidad de algo que jamás imaginé que tendría: mi terapeuta de pareja. Fue Jor en solitario (y con esto quiero decir que ni siquiera estábamos juntos), el que sintió que algo le dolía de un modo que se le escapaba y buscó ayuda, primero en el más típico psicólogo argentino que podáis imaginar y después en el irreverente, sarcástico y fumador empedernido Jaime. Ambos le dijeron que sus problemas no podía solucionarlos a solas y siendo oficialmente su ex pareja en tantas ocasiones, me llamaron y así, sus visitas a solas se alternaron con las nuestras.

 

El insulso psicólogo argentino quedó en el camino, pero Jaime se abrió un hueco tan fácilmente en nuestras vidas que pareciera que fuéramos pirados profesionales que siempre hubieran estado esperándolo. Fue totalmente sin querer, lo juro, porque a mí se me hacía irremediablemente raro que alguien contara con tanta información sobre mí misma; mucha más que la que yo pudiera tener, porque se sumaban decenas de horas y de folios llenos de palabras de quien conociéndote tanto te describe visceralmente con todos los reproches que te ha hecho a gritos, pero también con los que por el motivo que sea, se ha callado.

 

Una vez Jaime nos hizo a modo de chiste un cálculo de los folios que recopilaban esas largas cartas que iba leyendo en sus vuelos de Palma a Santiago. Ni recuerdo cuántas, pero un escalofrío constante me recorría la espalda, ¿cuánto sabría ese hombre que apagaba y encendía cigarrillos del modo en que me levanto, de mi humor en mis menstruaciones, de mis primeras tantas veces, de mis hábitos (o improvisaciones) sexuales y de los escasos momentos de mi vida en que perdía los papeles?

 

Fuera como fuera, Jaime (a pesar de, o quizá por todo ello) empezó a quererme. Se le notó enseguida. Anoche lo noté de nuevo, claramente en cada abrazo. Yo a él, por lo menos lo mismo.

 

Ayer tendría que haberle pegado una colleja y reprocharle:” ¿Mi relación se fue a la mierda y tú te casas? Macho, devuélveme mi dinero”, pero en realidad esa demostración de amor de todo el conjunto de su boda fue tan coherente, que no podía más que dar las gracias por el privilegio de estar presente.

Si fui yo la que más tiró la toalla, ¡qué tirar la toalla! La que mandó literalmente y a gritos a la mierda a Jor, a Jaime y su consulta, pero en realidad solo quería acabar de una vez con aquella terrible terapia y acabar de una vez, borrar, que no existiera ningún conflicto entre nosotros, pero… existían. A saber cuánto se pueden intentar las cosas. Nos lo habremos preguntado todos tantas veces… No depende solamente de las ganas, ni (os lo digo desde la experiencia), de los sentimientos: la vida te ha de pillar también con fuerzas o todo, todo se puede ir a la mierda y si no, mandarlo tú cuando en otras circunstancias habrías tenido la paciencia de poner la mejilla montones de veces más.

 

Cuando Jor se marchó en aquella que empezamos a llamar “la definitiva” (y tampoco fue tal), la mayoría del tiempo yo podía parecer normal (esa frialdad que tanto me reprochaba), pero de repente en un semáforo cualquiera camino de la oficina, empezaba a llorar y podía estar horas sin parar. No era yo, lo juro, que eran mis ojos solos. Otras, en una reunión en la que daba los datos exactos y planteaba opciones variadas y perfectas, pareciera que estaba ahí, profesional y absolutamente inmersa en mi discurso, pero al despedirnos dándonos la mano y dar media vuelta en dirección a la salida, antes incluso de abandonar el edificio, de repente ahí estaba otra vez un llanto incontenible.

 

Había probado el Prozac que me había aconsejado mucho una de las chicas de mi oficina impotente ante mis lloros ¡Y funcionaba! Evitaba las incómodas lágrimas, pero la tristeza seguía haciéndose notar justo ahí, en el pecho, en el alma y entonces lloraba en seco. Pensé ir a la farmacia a por más, pensé ir al médico a que me diera un chute de algo aún más fuerte; algo del estilo Prozac Quita Penus Complex. Pensé irme junto al mar a gritarle a las olas hasta quedar sin voz o bañarme vestida hasta haberme limpiado de toda la pena que tenía dentro. ¿A quién iba a engañar? Los médicos como los fármacos sólo podían disimular los síntomas de una enfermedad que desconocían y que solo un exceso de coherencia, o tal vez el tiempo, o… tal vez Jaime, pudiera curar. “Al menos él, sería el que menos preguntas me hará”. Me dije y claro, me equivoqué completamente…

 

Llorando aún en el coche llegué frente a su consulta y desde su propia puerta le llamé.

 

-¿Lloras sin motivo? -Me preguntó el desgraciado.

 

-No, caray, tengo montones de motivos. Lloro porque estoy muy triste.

 

-¿Y vas a resolver lo que te tiene triste?

 

-No.

 

-Muy bien. Pues llora. -soltó y se quedó tan ancho el supuesto doctor.

 

Después, para ganarse aún un motivo más de que lo atropellen a la salida me preguntó cuánto tiempo llevaba llorando y le contesté que 3 meses. “Muy bien. Pues sólo te quedan 21 meses más para llegar a los 2 años del proceso natural de un duelo”.

 

En lugar de atropellarlo como hubiera querido, fuimos a tomar algo y, como mira que conozco gente rara, acabó acompañándome a una exhibición de batucada africana y, como la vida quiere reírse mucho de mí, además nos sacaron de voluntarios a bailar dando saltos y giros. Como primera cita no estuvo mal. Como terapia de choque, no tenía precio.

 

Curiosamente anoche, muchos de los que fui conociendo enseguida me atribuían el parentesco de psicóloga y no el de paciente (esa frialdad mía que Jor me reprochaba, en la que siempre se me ve tan segura y sin posibilidad de que otro alguna vez pueda obtener el regalo de ayudarme o de cuidarme). Entre vinos, podíamos presentarnos como la panda de ex-locos o aún-locos que éramos:

 

“Hola, soy fulanito; fobia social”. “Hola, soy menganito: alternándolo con psiquiatra”. “Cuando me casé con ‘éste’, pasamos una crisis importante y Jaime nos salvó”. Era tan extraño oír ese “Jaime nos salvó”, que volví a sentir el arrebato de darle una colleja con su chaqué y todo por no haberme salvado a mí, pero está claro que fueron todas estas personas y todas estas parejas las que se salvaron a sí mismas y Jaime, se limitó a extendernos sobre la mesa verdades desnudas. No sólo las horribles ¡no! También esa verdad maravillosa que perdemos de vista cuando surge un problema: el amor.

A Jaime lo he conocido soltero, enamorado, enamoradísimo y con el corazón roto. Exactamente igual a como él me ha conocido a mí. Es tan inteligente, tan hábil en el uso de la dialéctica (tendríais que escucharlo en una conferencia, cómo sabe ganarse al público), que debatir con él cualquier cosa es un inmenso placer. Lo he tenido de ayudante avanzado haciendo mojitos y daiquiris en esas fiestas siempre plagadas de locos y después llegó Maggie, también con el corazón roto y el firme propósito de no volver a caer y antes de que nos diéramos cuenta, eran ya dos los de venir a las fiestas en mi casa. Pronto, estoy segura, serán tres.

 

De modo que había en esta boda (más que en otras, seguro) locos de amor y amores locos: llenos de tiritas, compuestos y recompuestos por encima de los motivos, que siempre encuentras si buscas, para mandarlo todo a la mierda. Había personas frágiles y otras, que simplemente parecen fuertes cuando no las conoces del todo. Había quienes lloraban duelos, soledades y también envidias sanísimas y las miraba y a todas, a todas ellas ¡las entendía tanto! Y en el centro, como si fuera lo más normal del mundo, un loquero y una periodista se comían a besos.

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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10 Comentarios en “locos de amor

  • Marilin C.

    Precioso post, Pilar. Otro ejemplo más de que hay millones de historias felices en el mundo. Y la de psicólogo, una de las profesiones más difíciles que existen, porque si una se rompe una pierna, se ve, pero si lo que se te ha roto es el corazón o el alma, a ver cómo narices se lo explicas a otro. Ya te pediré sus señas para cuando necesite su ayuda … 🙂

    • admin Autor

      Uish, Marilin, querida mía ¡qué no te había contestado!!! Mil perdones. Si tú te mereces más que todas las respuestas del mundo. Te mereces que el alma y el corazón se te respondan inmediatamente, así por regeneración espontánea.

      Cuando quieras, te lo presento. Un tipo estupendo Jaime. Os llevaríais bien…

  • dolega

    La gente que está junto a uno en los momentos duros es aquella que se hace un sitito en nuestros corazones. Pero que conste que creo que sí que te salvó. Te acompañó a aceptar la realidad.
    Besazo

    • admin Autor

      El loquero me ha escrito en privado para decirme que por cada vez que él me "curó" yo le curé a él mil veces.
      Ni caso. Ya se sabe que estos psicólogos inventan tanto como hablan.
      Besazos,

    • admin Autor

      ¡Cuentasentires!!! Cómo le mola a una Cuenta Historias que le digas que escribe cuentasentires. Eres el mejor Inventador de Palabras que existe, sí, señor.
      Besos,

  • Espiritudeibiza

    Un precioso y especial post que me transporta en el tiempo a hace un año … y una boda muy emotiva a la altura de las mejores comedias de Woody Allen …

    • admin Autor

      Muy emotiva. Pasaron muchas más cosas, pero ya tengo esa tendencia natural a enrollarme e irme por las ramas que me hace dejar los post demasiado laaaaaaargooooos. Tranquilos, me lo estoy tratando también.