que te vayas a bailar 12


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que te vayas a bailar, otro Post DataOs debo un post. Bueno… medio, pero como por prescripción facultativa tengo que bailar, y yo considero que esto de escribir, sobre todo de temas divertidos ¡es un baile! Produce exactamente los mismos efectos beneficiosos que mi organismo necesita y ya en lo “del meneo”, pues tendré que pensar algo. Algo se me ocurrirá… pero, en fin, ¡estoy adelantando acontecimientos! Paso a paso:

Mi cuerpo de vez en cuando protesta. No sé si al principio lo hace con educación, pidiéndome descanso con modales. No sé, la verdad, ¡porque como no lo escucho! Entonces, mi cuerpo, flaco pero tozudo pasa a un plan B, que suele ser romperse por algún sitio.

 

Mis lectores más asiduos ya habéis tenido algún ejemplo y a los nuevos, a esos que entraréis por aquí por pura casualidad, por buscar en Google “pasos de baile” o cualquier otra cosa que NO encontraréis en estas letras, os invito a leer algunas de mis calamidades aquí, o aquí, o aquí (pero hay muchas más). La cuestión es que ya tuve un amago de tendinitis que solucioné con un par de caricias y mi cuerpo se reía “sí, sí, caricias a mí. Yo lo que quiero son vacaciones en un balneario” porque servidora en absoluto, pero mi cuerpo sí ha resultado de caprichitos caros.

 

Entonces, me agarró otra tendinitis distinta, no sólo en otro dedo ¡sino en otra mano! De modo que más lejos no podían estar. ¿Qué hice yo entonces? ¿Llevar a mi cuerpecito flaco a un balneario? ¿A un spa? ¿Un par de días de descanso aunque fuera? ¡Ay, qué ilusos! Le aumenté el ritmo de trabajo todavía más: escribía, escribía (no en este post, como veis sino en aquellos lugares que pagarán la universidad de mis hijos algún día) y, tratando de despistarlo, le puse una especie de muñequera que sujetaba el pulgar. Uy, lo que se reía mi cuerpo de mí entonces… Empezó a extenderse el dolor: a ratos en la palma de la mano que, sujeta y todo, se me abría. Al principio sólo la mano, luego saltaba descaradamente al antebrazo (que, vale, entraba en lo previsible) y luego eran carcajadas de mi cuerpo en forma de calambres en un pie; luego en el otro; contracturas de la parte superior de la espalda…

 

Que no es que tuviera estrés, no ¡es que el estrés me tenía a mí! Y yo negociaba con mi cuerpo diciéndole medias mentiras del tipo “sólo un poquito más, anda. Termino esto y descanso”, pero como “esto” eran muchas cosas encadenadas, mi cuerpo me mandó a la… ¡ups, casi digo a la mierda!

 

En fin. Que daba asquito verme, hasta el punto de que un amigo santo y mártir, viéndome tan floja, se encargó solito de buscarme un pedazo de masajista y para que no le viniera también a él con excusas, hasta de pagarlo. De todos es sabido que “a masajista regalado no se le mira el dentado” y ayer, domingo, fui.

 

Me recibió el buen hombre en su casita y tras un par de frases de presentación (ya sabéis que yo soy facilona), ya me tenía totalmente desnuda sobre el catre.

 

Entonces sucedió eso con lo que soñamos todas las mujeres (bueno, junto con una noche con George Clooney, una de las dos cosas con las que soñamos todas las mujeres), que es que me dice ahí; magreándome, a plena luz del día y sin maquillaje “¡qué buen cuerpo tienes!”.

Yo, ni corta ni perezosa le dije mi contestación más megafavorita: “ajá” (que en este contexto es “qué sí, qué sí, pero tú sigue tocándome” y él prosiguió “En serio, trato a muchas mujeres y anda que no querrían tu cuerpo. Pagarían lo que fuera por tenerlo”. En ese punto, claro, casi le pregunto que cuánto y que si hay algún servicio de casquería porque yo tengo alguna deuda pendiente y si pudiera vender un riñón o algo que no use mucho, pues igual lo vendía… Resulta que no iba por ahí. Siguió el hombre que me magreaba: “la espalda, la columna, los músculos, la textura…” ¡ay, lo que me dijo! Con lo que me gusta a mí la textura… Pero que del culo o las tetas, ni mención, oiga. En fin, por lo menos sé que tengo una textura de los músculos de la espalda que lo flipáis. Un día, os mando una foto para que veáis que perlas mis vértebras. Una pasada.

 

Entonces, el masajista de las estrellas (esto va en serio, cuando no me magrea a mí, no veáis que nivel de famosas magrea), me dijo: no tienes contracturas. Lo tienes todo en la cabeza. Yo le di totalmente la razón y mi cabeza, parte inequívoca de mi cuerpo asentía y todo. Le hablé así en dos líneas, a modo resumen (porque los masajistas mantienen como los curas y los abogados: juramento hipocrático) de las cuatro cosillas de nada que me traen por la calle de la amargura y de mi tendencia poco natural a trabajar como una loca y después caer desmayada o, sufrir pequeñitos ataques de ansiedad, que es que no escarmiento pero que él, mientras, siguiera, siguiera tocándome.

 

Mi cuerpo decía “¡eso, eso!” porque para aquel entonces; requetesobadito y bien untado en aceite se sentía el dueño de todo y me preguntó el buen hombre que qué hago para divertirme. Contesté con un “bueeeno…” que ya me delataba ¡es que era una pregunta trampa! Salté rápida con mis medio verdades que eran “pues hacía Chi Kung hasta que me mudé a Ibiza, medito de tanto en tanto…” Y me dijo que ya puedo ver que no me basta. Que sí, que meditar está muy bien, pero que tengo que bailar. Me preguntó cuándo fue la última vez que fui a bailar y me dio la risa, porque efectivamente: no me acuerdo. Entonces, desnuda y untada en aceite, me di cuenta de  cuánta verdad había en aquella simple pregunta. Me di cuenta de lo que sabemos, pero se nos olvida: que hemos de encontrar el momento (y el motivo) para brindar, reír y bailar porque en esos momentos está la materia prima que nos cura de todo lo demás.

 

Me dijo que me había dado un masaje muy fuerte como tratamiento de choque, porque mi cuerpo necesitaba un meneo (sin comentarios) pero que también necesitaba bailar, bailar, bailar y se puso a bailar el guapetón masajista mientras imitaba a lo que yo debía convertirme: “¡Qué te vayas a bailar, vuélvete un poco loca! No hace falta que bailes doce horas, pero sí una y si te cansas, descansa ¡y luego vete a bailar!”.

Así, que chicos, chicas, todos muy queridos míos: me marcho a bailar, por prescripción facultativa, lo que sospecho que, de paso, aumenta proporcionalmente la posibilidad de que te den un meneo, a juzgar por cómo se han reídos las traidoras que tengo de compañeras de piso.

 

Repasando vocabulario:

 

Juramento hipocrático: juramento ético que realizan algunas profesiones y, que entre otros compromisos encierra el de guardar secreto profesional: “todo lo que viere u oyere en mi profesión o fuera de ella, lo guardare con sumo sigilo”.
 

Bailar: mover el cuerpo con más o menos acierto, al compás de la música.

 
Meneo: Acción o efecto de menear. También contonear, agitar, sacudir, vapulear. 
 
Un buen meneo: Un buen contoneo, agite, sacudida o vapuleada. También (y ahí mi acepción favorita) un polvazo.

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

otro Post Data, el blog de Pilar Ruiz Costa


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12 Comentarios en “que te vayas a bailar

  • Anónimo

    Totalmente de acuerdo Pilar con tu masajista. Bailar nos sale de dentro hacia afuera, sintonizas con las vibraciones de la música, te expresas tal como lo hacían nuestros ante ante antepasados, desaparece la mente racional y aparece la energía esencial que permanecía escondida. Estás en la isla del baile. A bailar Pilar¡¡¡

    • admin Autor

      Totalmente de acuerdo con que estés totalmente de acuerdo, pero además, yo que lo contaba casi como un chiste, tú lo argumentas de maravilla.

      ¡Gracias! Un beso,