un hombre bueno y otro terrible, primera parte 1


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un hombre bueno y otro terrible, otro Post DataEl hombre bueno:

Claudio era uno de los ayudantes aprendices en uno de los departamentos del resort en que yo trabajaba en República Dominicana. Allí los rangos laborables están absolutamente jerarquizados lo cual nos colocaba a distancias abismales; por nuestros puestos respectivos, por nuestras nacionalidades, por nuestros colores de piel pero también por nuestras edades.

El  muchachito rondaba la veintena, pero se sonrojaba cada vez que me veía llegar, de esa forma en que no lo das a entender de palabra, pero tus ojos te delatan cada vez que entras o sales. Jamás hubo ni habría nada irrespetuoso por su parte. El temor a perder su empleo le habría detenido si no le refrenaran su timidez y sus modales.

 

Claudio no tenía piernas; las perdió a causa de una mala vacuna cuando tenía solo un año y se las amputaron por encima de la rodilla. No imagino cuánto se tuvo que endeudar aquella familia para poder ir pagándole piernas nuevas a medida que iba creciendo. Noticias como esas siempre llegan de contrabando, en las grandes agencias de noticias de “Radio Pasillo” que te cuentan TODO sobre un interesado cuando éste no está ¡vete a saber! Él jamás hizo un solo comentario a nadie de sus piernas. No sé si, ingenuamente pensaba que no se sabría o, simplemente evitaba hablar del tema.

 

Pero yo le pedía que bailara bachata conmigo cada vez que le veía moviendo la cabeza al ritmo de la música de la radio o darse palmadas sobre una de sus rodillas y se sonrojaba de nuevo y agachaba la cara tanto, que costaba ver cómo se reía.

Siempre me decía que sí pero sólo en mi fiesta de despedida, cuando abandoné el resort y el país bailó conmigo.

 

No tuvimos grandes ocasiones para charlar como a mí me habría gustado, porque de verdad se veía un joven inteligente, educado y tremendamente dulce. Quizá nuestra conversación más larga fue el doce de junio, en una de aquellas fiestas de embarazadas que tanto se celebran allí.

 

No concibo mi recuerdo hacia ese país sin esa mezcla de todo lo que trabajábamos durante el día y todo lo que bailábamos durante la noche. Cualquier acontecimiento era una excusa para una celebración al ritmo del merengue y la bachata.

Ese día, una de las jefas de recepción se marchaba de permiso por maternidad y antes se le celebraba una supuesta fiesta sorpresa que jamás era sorpresa al coincidir con su última noche en el resort. A pesar del rango de jefa de recepción no vivía en un bungalow como yo. Es una de esas injusticias que me costaba comprender sobre todo al principio pero, sobre la que tampoco quise sembrar cizaña y que con el tiempo simplemente observaba con curiosidad ya que ciertamente parecían aceptarla.

 

Los bloques de habitaciones estaban divididos por rangos y aunque no llegué a visitar ninguno inferior a los de los jefes departamentales, me asustaba pensar cómo serían por dentro. Los de éstos eran pequeñas habitaciones dobles, con un diminuto baño con ducha; un pequeño armario y nada, nada más. Allí vivían años, años, años. Y por las colas de gente en recursos humanos deseando que los contrataran, deduzco que no era una mala forma de vida. Sé que las diferencias básicas en las categorías inferiores consistían en ir aumentando el número de camas y reduciendo el número de baños, hasta llegar a un número aproximado de doce personas por habitación y baño.

 

Otra cosa que me costaba entender desde mi mente española eran la vida de los matrimonios. Por supuesto, estas habitaciones no eran mixtas y celebrábamos de igual modo las despedidas por bodas. Se marchaban unos días (pocos) de permiso a casa de los padres de algunos de ellos y después regresaban para dormir cada uno en su bloque e incluso comer en comedores distintos, porque también estaban diferenciados por rangos y a los ocho meses, ya teníamos asegurada una fiesta de despedida por permiso de maternidad. Pasado este permiso, el bebé se quedaba con uno de los abuelos y los padres lo visitaban dos días cada dos semanas aunque, rara vez ambos progenitores a la vez y estas coincidencias, a menudo, venían acompañadas de un nuevo embarazo.

 

Debo decir que era todo un honor asistir a estas fiestas de despedidas Baby Party porque hasta la fecha, no invitaban a extranjeros, muy probablemente a sabiendas de que habrían utilizado cualquier pretexto para no asistir… En defensa de mis compatriotas diré que no tanto por rechazo como por la incomodidad de enfrentarse a estas realidades de nuestras culturas.

El primer gran reto era organizar el habitáculo para que entrasen cuarenta personas y creedme que jamás lo logramos. Por más que se subía una cama sobre la otra ¡de costado! Y se apilaban contra la pared, pero sí conseguíamos hacer una pista de baile junto a un pequeño aparato de música y ya habíamos logrado lo más importante. Luego venía la comida que consistía en unos pucheros de los que he ido olvidando el nombre, pero que llevaban absolutamente de todo: arroz, pasta, legumbres, carne…  todo mezclado y formaba el menú junto a la comida del buffet que alguno de los empleados de cocina nos sisaba y los canapés que yo cuidadosamente preparaba porque para mí, una fiesta de esa categoría siempre implica canapés. Lo importante era estar bien provistos de ron, cariñosamente conocido entre nosotros como “viagra dominicana”.

 

Y mientras algunos bailaban, el resto se sentaba por cualquier sitio (literalmente); por los pasillos, por las barandas… los más expertos se traían su propia silla del dormitorio y yo bailaba todo lo que podía para después acabar siempre rendida charlando, en los peldaños de la escalera, entre visitas de compañeras que me mimaban sobremanera y me iban llenando el plato y sobre todo, el vaso. Y allí charlaba con Almánzar que era otro de los jefes departamentales que llevaba unas lentillas de color azul que le daban un aspecto algo tenebroso, pero él decía que se parecía a vete a saber qué actor y que también llevaba las uñas eternamente pintadas con brillo.

 

Le encantaba presumir de que él me había enseñado a bailar y la verdad es que a menudo lo hacíamos incluso en la recepción del resort. Andaba yo liada con mis labores y para cuando me quería dar cuenta una mano con brillo en las uñas me agarraba haciendo volar papeles, lápices y hasta el teléfono y bailábamos entre los mínimos pasillos que formaban las mesas del despacho. Mi jefe nos descubrió alguna vez y creo que le hubiera gustado hacerme algún reproche, pero en lugar de eso, se moría de risa y salía huyendo porque yo siempre amenazaba con sacarle a bailar para escarmiento público.

 

Y con Almánzar en la escalera, estaban un par de compañeros más pero a mi lado, disimulando, se sentaba Claudio que poco a poco me hablaba con la soltura que va dando el ron. Ejercían entonces ellos de corresponsales en Radio Pasillo y me ponían al día de cotilleos y viejas anécdotas de los que no estaban en la conversación y me hacían grandes imitaciones de los personajes más conocidos de entre aquellos más de mil empleados.

 

Realmente éramos una pequeña ciudad; un pequeño país y aquel peldaño de una escalera a las puertas de una Baby Party era el Consulado de Paz.

De tanto como reíamos, las horas pasaban volando y enseguida se hicieron cerca de las once. Me despedí de todos y solo Claudio, atento a todos mis movimientos, en lugar de rogarme que me quede “un bailesito más”, me preguntó cómo me marchaba a esas horas. Sonreí sin contestar porque sabía que no le iba a gustar mi respuesta, pero aquel muchachito dulce no se conformó y se levantó para preguntarme de nuevo.

 

-No se preocupe.- Le respondí pero, sus ojos ya me reprochaban. –Sí, me marcho caminando pero es solo un paseo, ¿quién se va atrever a meterse conmigo?

 

Sus ojos reflejaban toda la preocupación de un padre.

 

-¡Ay, por favor, Señorita Pilar! No me diga eso ¿sabe lo peligrosa que es la calle fuera? Yo la acompaño.

 

Claudio, sin piernas, me habría acompañado los cerca de tres kilómetros que yo pensaba recorrer, hasta el apartamento donde estaban mis hijos porque no fuera sola. Cedí.

 

-Muchas gracias, Claudio pero, no es necesario. Tomaré un taxi.

-¿Me lo promete, señorita Pilar? ¿Me lo promete?

Asentí e hice un esfuerzo para no colocarle un beso en la mejilla de tan tierno como me miraba.

Y recorrí los veinte minutos de calles entre maravillosos jardines que separaban aquellas habitaciones, totalmente ocultas a los ojos de los turistas por frondosa vegetación, hacia la puerta principal del resort. Saludé como siempre al guachiman (término adoptado al dominicano del inglés watchman; vigilante) de la barrera principal y allí dudé, pero fue solo un segundo… Realmente podría utilizar la yipeta (4×4) de mi jefe que estaba afónico de insistir en que la pidiese siempre que la necesitase, pero siempre he preferido no andar pidiendo nada si no es absolutamente necesario y por otra parte mis pies me parecen un gran medio de transporte y disfruto de pasear de noche ¿cómo no hacerlo teniendo la oportunidad, en el Caribe?

 

Pero una promesa era una promesa y aquella noche de doce de junio tomé un taxi en lugar de ir paseando.

 

Continúa… un hombre bueno y otro terrible, segunda parte

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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