Y me vine a Madrid 1


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Poco a poco fui sintiendo que mi etapa en Ibiza llegaba a su fin. Lo reconozco, ni un momento se me pasó que fuera algo más que “una etapa”, por más que sea mi isla, por más que sea de allí. Ibiza, mi querida Ibiza se me había quedado pequeña en el 92 y ahora no me había crecido en absoluto.

Do you want to wake up with me? otro Post Data

Viajaba tanto por trabajo y, era estar en Madrid y trabajar mucho, pero acababa la reunión, la jornada, la feria… lo que fuera, y miraba la agenda y volaba a un concierto, a alguna exposición y cuando llegaba el día de irme, mierda, siempre dejaba en el tintero algo que me encantaría hacer.

Entonces, aterrizaba en Ibiza. Si era verano, poco tengo que contaros, porque lo imagináis…. He llegado a tardar tres horas en encontrar aparcamiento y eso, en una isla de semejantes dimensiones, es mucho tiempo, es mucho estrés… Pero si era invierno, era aún peor. Aterrizaba, recuperaba mi coche aparcado en cualquier callejón del polígono cercano al aeropuerto y era conducir el trayecto desde allí a casa y no cruzarme un solo coche y me entraban ganas de llorar. Era domingo y caían cuatro gotas y salía a dar una vuelta y era ese no cruzarme un ser humano en todo el paseo y de nuevo, esas ganas inmensas de llorar. Y no es que quiera lío siempre, que no. Pero para estar tranquila me quedo en casa, pero cuando salgo quiero vida y, además, quiero música, quiero cultura. Lo reconozco. Soy así. Insoportable e irremediablemente así.

Y de ese modo simple, muy a pesar de toda la gente que quiero y de toda mi familia… Ibiza es el lugar al que quiero volver, pero no, desde luego no, en el que quiero estar.

Además, estaba exhausta de tanto trabajar. Hacía un trabajo que no podrían haber hecho tres o cuatro personas. Fueron más de tres años agotadores, de trabajar, pero también de viajar (con lo que me gusta viajar), de ir y venir. Estaba en un avión atolondrada de puro cansancio y anunciaban el aterrizaje y estaba atenta al nombre de la ciudad para que el piloto o algo me lo recordara, porque os juro que a ratos se me iba. En dos ocasiones compré billetes equivocados, porque invertí los trayectos. Me hice una experta en abrir un ojo a media noche en una habitación de hotel y en apenas nada, ya podía recordar la ubicación del baño y hasta de la ciudad. Y de tanto como trabajaba, no tenía tiempo ni de sentir y planificar qué era lo que quería de la vida. Pero eso ¡otra vez! Y a ese ritmo no era. Seguro.

Sin embargo, ese ritmo de trabajo era imprescindible porque esa vida desconocida mía ¡se me había complicado tanto! (otra vez) que estaba pagando tres vidas: una en Mallorca, donde tenía mi hipoteca y uno de mis hijos, una vida en Madrid, donde tenía un alquiler y un hijo estudiando una carrera de esas de un ojo de la cara y, para terminar, una vida en Ibiza. Como podéis comprobar… ciudades baratísimas las tres (es sarcasmo) y decidí plantarme, gritarme “basta” y cambiarlo todo desde la raíz y prescindir de dos; concentrar eso que llamamos “hogar” y que no son paredes, si no personas. Y curiosamente, la primera que vi prescindible fue la que nos estaba dando de comer. Dejé todos los proyectos aprovechando el cambio de legislatura, cumpliendo con creces todo a lo que me había comprometido, pero rechazando cualquier otro compromiso que implicara cuatro años más.

Hice una mudanza tremenda con todo en mi cochecito rumbo a Mallorca. Era el 30 de junio del 2015 y para colmo, el día de más calor del año. Para el 2 de octubre ya había vaciado también veinte años de vida en Palma, mía y de mis hijos. Cerraba otra etapa para volver a viajar con el coche cargado hasta arriba hacia Madrid. Era mi cuarenta y cinco cumpleaños. Para el 6 de noviembre, cambiaba mi mini apartamento de un dormitorio en el final de Malasaña por otro mini apartamento de dos dormitorios apenas a 2 calles, en el principio de Chueca. Es decir, mi tercera mudanza en cinco meses y, sin embargo, el cansancio ahora era muy distinto. Era cansancio con ilusión, ¿entendéis la diferencia, verdad?

Vine a Madrid con nada. Cambiaba todo lo “seguro” y todo lo “conocido” por “nada”, más que quizá una oferta para dirigir un proyecto en Ceuta y Melilla que finalmente quedó en el camino.

No tenía nada y sin embargo, ¡os juro que me sentía tan libre! Que por si alguno se lo pregunta, ya le contesto: no, no tuve un ápice de miedo en ningún momento. Ni lo tuve ni lo he tenido ni, casi podría asegurar, lo vaya a tener nunca.

Era exactamente la misma sensación de cuando vine por primera vez en el 2008, a un par de entrevistas de lo más raras, pero que yo sabía que significarían el final de una etapa y el principio de otra, de muchas otras. Es que, por alguna razón, Madrid me sienta bien y, caray, creo que yo también soy su tipo. Es que me gusta como base al menos, ahora, al menos, por el momento aunque, lo reconozco: soy nómada, pero no. Me cuesta quedarme ¡qué caray! Nunca me he quedado en un lugar y, sin embargo, arraigo en las personas que me importan. Ellas se convierten en el destino al que vuelvo una y otra vez.

Bueno, ya está bien por hoy, ¡que me hago pesadísima! Gracias por estar ahí (donde quiera que estés), gracias por leerme. Vuelvo pronto. Tú déjame una luz encendida que así, estés donde estés, te prometo que te encuentro.

Y me vine a Madrid, otro Post Data, Pilar Ruiz Costa


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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