El bosque robado


Crecí en San Antonio que, por aquel entonces, no era Sant Antoni de Portmany sino San Antonio. Crecí en San Antonio, pero en el campo. Es decir, que claro que había guiris borrachos, pero menos que en las calles de lo que ahora es el West End. De vez en cuando topabas con alguno, desmayado, que había sido incapaz de encontrar el camino de vuelta al hotel, pero nos decían: «No lo toques» y no lo tocábamos. Pasábamos de largo. Los guiris inconscientes no eran asunto nuestro.

Vivíamos en el campo y, como jugar dentro de las casas estaba prohibido, teníamos lugares comunes donde sin necesidad de grupos de WhatsApp o eventos de Facebook, caíamos todos, a la vez, abandonadas las mochilas del colegio y con los bocadillos de la merienda en la mano.

Aquellos espacios nuestros, absolutamente nuestros, eran: un descampado donde jugábamos a fútbol y cuando te sangraban las rodillas, sacudías alguna broza de un soplido y continuabas el partido. Después, un torrente seco por el que atajábamos el camino a la escuela cuatro veces al día. Bicicleta abajo a toda velocidad, para poder tomar impulso y subirlo de una, sin tocar con el pie en el suelo, que eso era de cobardes. O de niños pequeños. Y, por último, el bosque. 

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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