El vals más triste del Titanic


Me he despertado esta mañana de un sobresalto, aún sin saber dónde estaba, sujetándome el brazo con la sensación nítida de que me habían vacunado. Si alguien está pensando «pues qué suerte», no, no, para nada. Será que soy buena persona —en vez de JEMAD, consejero, exconsejero, político, mujer de político…—, pero hasta que he comprobado que no había marca y todo había sido un sueño, qué disgusto, ¡qué disgusto!

Y ya está. No quedan dudas: esto es un barco que se hunde, pero qué caramba, que se salven los ancianos y los niños primero…

Hace unos años, en el 2012, visité Southampton, de cuyos muelles, hacía exactamente un siglo, zarpó el Titanic. En el East Park se encuentra el Titanic Memorial, un monumento a los tripulantes que «resistieron como hombres, y mostraron al resto su concepto del deber y el heroísmo, permaneciendo en sus puestos». Nótese el retintín en la dedicatoria: para ellos y no para los que abandonaron o descuidaron el puesto. Porque otros supusieron una mancha en el honor de aquel pueblo antaño orgulloso de sus marinos y que jamás pudo reponerse de la nebulosa de culpas sobre la responsabilidad real que tuvo la tripulación, especialmente el capitán, en la gestión del hundimiento. ¿Por qué se encontraba en una fiesta con los pasajeros de primera clase a pesar de los repetidos avisos de icebergs en el trayecto? ¿Por qué aquel hombre con 30 años de servicio no cambió el rumbo, ni aminoró la velocidad del crucero?

 


Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

otro Post Data, el blog de Pilar Ruiz Costa


Antes de suscribirte es importante que conozcas nuestra POLÍTICA DE PRIVACIDAD

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.