Kilómetro cero


Acabo de despertar en mi cama de Madrid y como cada vez que vuelvo tras un tiempo fuera, las primeras mañanas vienen acompañadas de sequedad en la nariz.

Esta nariz no es madrileña y lo sabe. Esta nariz no es madrileña y se le nota.

Sin embargo, estas largas piernas ibicencas traen de la isla, como cada vez que voy en verano, decenas de picaduras de mosquitos. Literalmente decenas.

No puede ser que todas las huellas de mi paso en bikini por playas y discotecas se cuenten en picotazos en los muslos en vez de chupones en el cuello. Algo estoy haciendo fatal en esta vida.

Ya no elucubro más con mis amigas autóctonas sobre los motivos por los que a mí me pican y a ellas no. Desisto de crear éxceles imaginarios comparando nuestros grupos sanguíneos, tonos de piel, las bases de nuestra alimentación o a qué huelen las nubes, o lo que es lo mismo; acabo de desarrollar otra teoría —que durará probablemente lo que dure el verano— y es que nos pican por igual, a locales y foráneas, pero mi cuerpo de visita percibe la saliva de mosquito hembra —sí, aquí no hay lenguaje inclusivo que valga: nos pican ellas— como una terrible amenaza para mi flaco sistema inmunitario generando histamina como si no hubiera un mañana, pero debido más que nada a la falta de costumbre. Que son mosquitos nuevos.

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Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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