Las palabras que no escribo


La primera vez tendría unos cinco años. Cuidaba de mí mi vecina que tendría algunos más. Jugábamos al escondite en los apartamentos, vacíos en invierno, que cuidaban sus padres. Estaba ella con la cara contra la pared, contando, cuando su hermano, ya un adolescente, me susurró que él me escondía. Me llevó de la mano hasta los baños de una planta más arriba y echó el cerrojo. Me colocó abierta en el suelo y me quitó la ropa interior. Me sujetaba mientras se tocaba frente a mí. Yo miraba la puerta esperando que me encontraran ya. Me dijo que no podía contarle nada nunca a nadie o mis padres me pegarían y a su hermana también. Sin embargo, desobedecí. En cuanto abrió aquella puerta corrí a mi casa a decírselo a mi madre en la cocina. Me respondió que me lavara las manos, que casi estaba la cena. Hemos llorado las dos, años después, porque por supuesto ella no recuerda nada de aquello y yo, os juro que jamás se lo he tenido en cuenta, y en lugar de eso he pensado cuántas veces oímos a nuestros hijos sin escucharlos. No volví a jugar a casa de la vecina. Su madre vino a preguntar si su hija me había hecho algo y, por supuesto, dije que no. Pero ya no dije nada más. Mi madre lo zanjó con una aspirina convencida de que algo estaba incubando.

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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