Patria y vida


Viví en Cuba en el 92, en aquellos días terribles que siguieron a la caída de la Unión Soviética y que en la isla supusieron perder el amparo que la sostenía.

Conocí las jineteras que se apostaban en las zonas turísticas vendiéndoles favores sexuales a ellos y comprando la compasión de ellas y también conocí a amas de casa que se acostaban abiertamente a cambio de pollo o de azúcar. ‘Resolver’, Cuba sobrevivía ‘resolviendo’.

Acabé con mis huesos en una comisaría en mitad de ningún sitio cuando me arrestaron por un exceso de velocidad absurdo en cualquier otro rincón del planeta y después en un hospital derruido por un dolor de muelas insoportable, donde a falta de cualquier tipo de instrumentación para averiguar el origen, me arrancaron dos piezas absolutamente distantes. Y a pelo.

Conocí las tiendas de las cartillas sin nada dentro junto a las tiendas obscenamente a rebosar de los turistas. Estos ojos vieron la manipulación de unas noticias que no eran tales, sino la propaganda del gobierno de turno que jamás pensé que vería en España y conocí las costas llenas de restos de gomas, palos y cuerdas que alguna vez pretendieron ser una barca que los llevara al otro lado del estrecho de la Florida, con aquel escalofrío de preguntarte qué habría sido de los tripulantes. Si se los llevaría el mar, los tiburones o las fuerzas de seguridad y acabaron presos por la Ley de Peligrosidad predelictiva.

Poco después llegó el ‘Maleconazo’, el único acto de protesta masivo que vimos hasta los de estos días. Porque en Cuba no se protestaba, no a falta de motivos, sino porque cualquier alzamiento era rápidamente contenido.

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Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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