Madrid, aquel lugar lleno de luces


Prólogo: Un simpático lector me ha escrito diciendo que ha leído todos mis posts en este blog ¡todos! Y que quiere que cuente cómo me detuvieron en Cuba (una anecdotilla sin importancia que comento en Mis muelas en Cuba como recurso literario, por aquello de crear interés) ¡Me encanta que me pidas que “cuente más”! Pero si realmente has leído TODO sabrás el riesgo que entraña “despertar a la bestia” y sospecharás que como me tires de la lengua, puedo no parar…
Va pues para todos mis anónimos lectores en general (todos guapos y buena gente) y para este en particular, cómo me detuvieron en Cuba:
Allá por el 92 (muchos de vosotros no habíais casi nacido) llevaba yo un tiempo viviendo en Varadero con el que después sería mi marido y ex marido, pero por aquel entonces, la vida nos sonreía y el sol cubano… mucho más. Tanto, que nos íbamos a pasar un día de playa en uno de los muchos coches rusos que conducíamos los extranjeros residentes mientras los viejos coches americanos que tanto se ven en las fotos, permanecían aparcados a las puertas de las cabañas.
Los propietarios los lavaban con mimo, una y otra vez para retomar la tarea en cuanto la habían terminado. El contraste de los coloridos coches y las coloridas casas daba lugar a combinaciones preciosas. Por qué circulaba nuestro coche mientras todos aquellos nos miraban con recelo también tiene que ver con el color: el de nuestras pieles y el de nuestros billetes.
Al igual que yo podía ir a comprar al supermercado por la mañana cuanto se me antojara y, volver con las bolsas de la compra camino a casa pasando por delante de las cubanas (poco distintas a mí en las cosas que importan) que hacían cola con sus cupones en la mano ante unos colmados con las estanterías vacías. Recuerdo entrar en una de sus farmacias y comprobar que sólo tenía pantalones vaqueros en su estantería inferior. Qué curan los vaqueros es un misterio que no logré averiguar, pero reconozcamos que este detalle da más credibilidad al otro post que antes os he comentado.
Pues sí, nuestro medio de intercambio por cosas; el dinero, servía para comprar gasolina y en cambio para los que sólo optaban a cupones, al igual que el pollo, la leche o el azúcar… no quedaba. Así que, con un bikini puesto (y nada más porque el sol sonreía y mucho) nos íbamos nosotros, blancos privilegiados, a descubrir alguna playa apartada de las zonas turísticas.
Quién nos descubrió fue un policía desde una garita que a mí, ya me pareció que nos pitaba con su silbato. No estaba segura y no veía razón alguna así que, aunque se lo comenté a mi acompañante, continuamos nuestra ruta.
No fue hasta casi llegar a la playa cuando vimos que algo pasaba. Coches de policía con sirenas a toda velocidad así que nos apartamos para dejarlos pasar. Qué sorpresa, que no pasaban… ¡que iban a por nosotros! Uno se cruzó derrapando delante para bloquearnos el paso y otro se nos pegó completamente por detrás y bajaron unos cuantos hombres armados corriendo como si tuvieran que perseguir a alguien que fuera a escapar.
Mi acompañante, mi amigo y mi futuro marido es un tipo bueno como hay pocos pero las situaciones tensas digamos que… le pueden y a partir de este punto, no recuerdo muy bien qué pasó con él. Estar estaba, claro que sí, pero creo que enmudeció porque no soy capaz de recordar una palabra suya.
Nos hicieron salir y nos pusieron contra el coche donde nos cachearon… Bueno, lo mío fue un amago porque os recuerdo que yo iba en bikini.
Nos llevaron a las afueras pero no a una playa sino, montaña arriba, montaña abajo, camino de tierra va y viene. Habían ido desapareciendo los edificios y hasta las cabañas y en medio de la jungla apareció una rudimentaria oficina de policía con 48 grados a la sombra. Nos sentaron junto a unas prostitutas con aspecto lamentable y allí nos tuvieron sin una explicación lo que a mí me parecieron muchas horas pero quizá fueran 2 ó 3. Aquello era una estrategia para asustarnos (y de verdad que a mi acompañante no le hacía falta) porque actividad, lo que se dice actividad… no se apreciaba dentro. Policías grises vestidos de gris y con los uniformes descoloridos de puro viejo, con el único color común de los cercos de sudor en los sobacos, nos vigilaban sin disimular en absoluto que no les caíamos bien. Las prostitutas y yo, en cambio, sí que nos caíamos bien y en la mirada se notaba que estábamos del mismo lado. Para colmo ¡yo iba menos vestida que ellas! Y esas cosas en un cuartel perdido en la jungla, imponen… Quizá fue la primera vez que escuché esa voz dentro de mí que después me ha hablado en otros sitios perdidos de la mano de Dios: “Como te maten aquí, nunca encontrarán el cadáver y tu madre se morirá del disgusto”. Eso me dijo la voz y ¡carai que tenía razón! Porque no es que quiera en este post poner tierra encima de todos los que son o han sido parientes míos pero mi madre es muy aprensiva y “sufre” las cosas y cada vez que me he ido le entra esa angustia y repite “qué se te habrá perdido por allá con las playas tan bonitas que tenemos en Ibiza y todos los de allí están deseando venir aquí” y cosas por el estilo.
Por fin nos llevaron ante lo que debía ser el comisario mientras otro agente se disponía a tomar nota de nuestra declaración. Resulta que nuestro delito era haber sobrepasado las 20 millas hora que se permitían en todo Varadero, cosa que sí, habitualmente hacíamos pero que yo juro por lo más sagrado que no volveré a hacer nunca nunca nunca. Nos preguntaba aquel hombre gris con gesto rancio por nuestra profesión, nuestro lugar de trabajo, nuestra dirección allí, de dónde éramos y yo, iba haciendo equilibrios tratando de mostrar mucho interés por el paisaje cubano y tratando de parecer todo lo pobre y miserable que me era posible, pero a la vez, con las suficientes influencias como para que nos echaran mucho de menos si nuestros cuerpos desaparecieran misteriosamente e indagaran, hasta el punto de tener un conflicto internacional: yo era pobre pero valiosa (casi imprescindible) para el Gobierno de mi país.
El hombre hacía muchas pausas, buscando entre mis gestos exactamente igual que yo entre los suyos. Rodeado de apenas nada excepto, por supuesto, aquellas imágenes de orgullo a Castro y el comunismo y frente a frente; el capitalismo en bikini, derrochando gasolina y velocidad como una burla al sistema. Entonces tomó aire e hizo la primera pregunta trampa; si pensábamos quedarnos a vivir allí y yo exclamé con pasión “¡Nos encantaría! El paisaje, la gente tan cálida, tan acogedora. Ojalá pudiéramos disfrutar de todo esto por siempre”. Sonrió muy poco, pero… ya casi lo tenía. Dudó y me preguntó si Ibiza estaba cerca de Madrid y contesté que no “que era una isla bonita, muy bonita aunque no tanto como Cuba”. Se echó un poco para atrás en su silla y tomó aire para lanzar la última pregunta. Yo me sentía a punto de ganar aquel concurso pero debía estar atenta… Entonces comentó que un amigo suyo había estado una vez en Madrid y volvió contando que estaba lleno de luces a lo que confirmé con la mirada más triste que guardo dentro:  “Demasiadas. No entiendo para qué tantas” y ahí ese hombre ya sin tensión en los músculos de la cara, sonrió con satisfacción y nos dio muchos consejos para que nunca nos volvieran a detener. Por supuesto lo hicieron pero en otros países y es que, mira que conducirse por el extranjero es complicado…
Señores imperialistas

 


Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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