un corazón que late tras el 11-S 2


11-s 11 septiembre otro Post Data Nueva York atentado 

Yo estaba en Nueva York pocos días antes de que se celebrara el primer aniversario del terrible atentado. La ciudad estaba rota, deshecha y el eco de la tragedia sonaba desde cualquier rincón.

 

No era mi intención ir a la Zona Cero o, al menos, no hacerlo tan pronto, pero iba en metro; no recuerdo de dónde a dónde y el tren pasó despacio por una de las estaciones cerradas tras los graves daños sufridos durante los atentados. Se creó un silencio dentro del vagón mientras mirábamos aquellos muros de los andenes sujetos con andamios en una espesa oscuridad.

 

Me dejó en el cuerpo la sensación de que pasásemos pos las mismísimas catacumbas del infierno y entonces, surgió el impulso y bajé en la siguiente estación. No sabía muy bien por qué y creo que esa especie de aturdimiento se dibujaba en mi cara de una forma tan clara que nada más poner un pie en la calle, flotando, dudando sobre qué hacer… un ejecutivo con traje y maletín me hizo un gesto de que fuera hacia la izquierda. Le miré extrañada y me contesto: “Para ir al Trade Center, vas al Trade Center“. Ni siquiera era una pregunta del todo y ahí, se me sumó al aturdimiento un enorme sentimiento de vergüenza, como si me hubiesen pillado fisgando en un cajón ajeno.

 
Lo que antaño fueran las torres más famosas del Skyline de Manhattan era ahora un solar con un vacío inmenso y frío y, quizá, no era allí donde se concentraba en el aire la tristeza… Fue al voltear en la esquina y descubrir la Capilla de St Paul, con las vallas totalmente recubiertas de fotos, flores, medallas, prendas, peluches… recuerdos a las víctimas.Un sinfín de oraciones, cartas de los familiares, murales confeccionados en cartulina con fotos sonrientes de bomberos contaban lo buen padre, esposo y hermano que era y luego, esos otros carteles todavía más dolorosos: los de los familiares que pedían que “por favor que alguien avise si tiene cualquier noticia de su hijo, hermana, esposa… porque desapareció el 11-S y no han vuelto a tener noticias”. Mensajes de quienes se aferraban a la esperanza de que aún estuviera dando tumbos por cualquier sitio sin memoria de lo sucedido. 
 

En improvisados kioscos en la acera se vendían souvenirs de la tragedia: miniaturas y postales de las torres; calendarios, platos y tazas destacando el valor de los trescientos cuarenta y tres bomberos y sesenta policías que perdieron la vida y muy cerca, grupos de turistas se hacían fotos posando exactamente igual a como lo harían frente a la Torre Eiffel.

 

El paso de gente ante aquel mausoleo era incesante. Personas en silencio que se estremecían ante una foto o una frase determinada y llenaban de plegarias la Capilla de St Paul. Este edificio; el más antiguo abierto al público en Manhattan ya había sobrevivido a otra desgracia en sus más de doscientos años de existencia. En el incendio que asoló la ciudad en 1835 gracias a los vecinos que incesantes fueron extinguiendo las llamas con cubos de agua durante toda la noche. Después, el 11 de septiembre del 2001, a pesar de encontrarse a escasos metros de las torres, apenas sufrió daños, convirtiéndose en un símbolo espiritual para quienes buscaban compartir sus sentimientos. Un alma colectiva que absorbía plegarias por otras 3000 almas. Como si fuera un corazón en medio de aquel cuerpo; roto pero latiendo.

 

¿Qué cambió ese día en la ciudad y en el mundo? Guerra en Afganistán, Guerra de Irak: “Guerra contra el Terrorismo”, Antrax… modificaron completamente nuestros hábitos a la hora de viajar en avión, lo cual no evitó que el miedo a volar llevase a la quiebra a unas cuantas compañías. Sin embargo, estas medidas no parecían calmar el miedo sino, acrecentarlo y la xenofobia y el miedo a lo desconocido fue extendiéndose entre la gente. En nombre de la justicia, los miles de muertos se iban sumando sin que estas otras muertes pudieran apagar el dolor de las primeras.

 

10 años después, Estados Unidos no ha encontrado la paz. Está, más que nunca, en alerta ante las amenazas “específicas y creíbles” según el departamento de Seguridad Interior de atentados con motivo del décimo aniversario y como odio añadido, para vengar la muerte de Osama Bin Laden en lo que Al Qaeda ha denominado en comunicado como “la tercera fase del Plan Cosecha del Bendito Bien”.

 

Sin embargo, si somos capaces de estar atentos allí y aquí, encontraremos motivos para asirnos a la esperanza. Necesitamos de estos episodios a los que abrazarnos para lograr sentirnos reconfortados cuando nos envuelve la incertidumbre. Necesitamos; es imprescindible comprobar que estamos rodeados de gente buena… A las pocas semanas del atentado se habían recaudado más de dos mil millones de euros como ayuda a los damnificados y por cada uno de los diecinueve terroristas (por favor, detengámonos un momento a analizar la definición de esta palabra) que estuvieron implicados en la masacre, hubo miles de voluntarios que donaron sangre, dinero, que ayudaron en las tareas de búsqueda o desencombro y brindaron asistencia a las víctimas. 

Otro de los lugares donde hubiéramos podido esperar ver el odio y la sed de venganza fue en el vuelo United 93 que se estrelló en Pensilvania antes de alcanzar su objetivo. Era el único caso en que las víctimas sabían perfectamente que iban a morir y, sin embargo, mientras algunos pasajeros se revelaron contra los terroristas, otros muchos llamaron a casa y dejaron mensajes. Entre aquellas llamadas, no se encontró un solo mensaje de odio. Las últimas palabras que pronunciaron estos pasajeros antes de morir eran de despedida o para decir “te quiero”. Algunos incluso, prestaron sus propios teléfonos para que otros pudieran despedirse.

 

Quizá el 11 de septiembre le mostrara al mundo (que buscaba reflejarse en Estados Unidos como en un espejo), que somos vulnerables y hasta puede que haya crecido en las personas la impotencia y la desesperanza tras tantos años sin respuesta a tantos y tantos porqués. Puede que nos cuestionemos más aún cuál es el valor de la vida, pero por encima de eso ha quedado latente (como un corazón en St Paul), que la solidaridad y el amor aparecen siempre entre lo más oscuro como una luz necesaria. Sería imposible que la humanidad se sostuviera si no nos ayudáramos los unos a los otros; en círculos pequeños a diario, pero extendiéndolos en un gran abrazo cuando es necesario y eso… Más que una cuestión romántica, es vital.

 

“El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor.”

Buda

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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2 Comentarios en “un corazón que late tras el 11-S

  • Rafa

    Es indudable que fue terrible lo sucedido ese fatídico día. Fue el principio de muchos de los acontecimientos que posteriormente hemos vivido. En todos los sentidos. Parece que solo existe la solidaridad cuando ocurre una desgracia como la ocurrida. Pero seguimos sin darnos cuenta de las desgracias que ocurren diariamente fuera del llamado mundo occidental.

    • Pilar Ruiz Costa Autor

      Antes, hace mucho tiempo, me parecía injusta la gente que dedicaba su energía, qué sé yo… A defender la caza de focas, mientras permanecía casi inmutable al vecino que busca en el contenedor.

      Hoy asistimos a un voraz movimiento de personas que se entregan a defender que acaben las corridas de toros, o a proteger perros y gatos y los califican, sin pestañear “mejores que muchas personas” y, ¿sabes? Que tengo una opinión: de corridas de toros, perros, gatos… pero es mía, privada en una parte muy pequeña, sin embargo la parte que es grande y pública, es que al menos defienden algo. La causa que, por el motivo que sea, sienten propia.

      Es terrible que unos muertos nos duelan más que otros. Los niños asesinados dejan siempre unos padres destrozados llorando un idioma común, pero… Por otro lado, es que creo que es un mecanismo de defensa porque también necesitamos respirar.

      Así, un atentado lo lamentas, sea donde sea, pero en otro… ¡Acudes, vas corriendo, te arremangas, donas sangre, recaudas fondos…! ¿Crees que eso nos hace peores personas, nos “deshumaniza”? Yo creo que en realidad, es lo que nos muestra más humanos.

      Demasiado dolor, demasiado dolor, ajeno, impotente… Nos mataría.

      No lo sé, de verdad, que no lo sé. Que “te” entiendo, pero también entiendo a quien vive por defender a las focas y a quien apaga el telediario porque ya no puede más.

      Un beso inmenso y gracias por leer y por compartir tu opinión.