Mario va a ser director de cine 15


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Mario va a ser director de cine, otro Post DataDe vuelta a Palma, en esta nueva vida que nos mueve como un muelle impredecible de isla en isla. Mario se había marchado de Ibiza apenas unos días atrás y ya estoy aquí, de nuevo, no importa en qué cama o en qué sofá acariciándole ese revoltijo de pelo (a quién habrá salido este hombre) y él, que concentra de un modo perfecto toda la sabiduría y toda la inocencia en su mirada, no solo se deja querer, sino que busca estas caricias y las largas conversaciones que las acompañan.

 

Mario es un tesoro. Mario es un regalo. Ha crecido sabiéndolo y yo, se lo recuerdo continuamente. Mario debía haber muerto ya tres veces. Eso son, por lo menos, tres veces más que las arriesgadas catástrofes en las que se ven involucrados el resto de adolescentes.

Mario fue concebido sin querer, al menos, sin propósito de sus padres que andábamos inmersos en lo que culminaría en una ruptura. Tenía ya dos hijos que me ocupaban mucho tiempo. Óscar tenía solo dos años y trabajaba yo como Relaciones Públicas en el aeropuerto, pero también en el negocio familiar: un inmenso restaurante. Creedme que aún así, había sacado el tiempo para empezar una carrera: psicología y en ese momento, llegó el embarazo. Al principio Mario fue solamente eso: “el embarazo” y tardó mucho, mucho en llegar a ser el que es.

 

Mi matrimonio muerto se caracterizaba por muchas ausencias, pero una, importante fue siempre esta: yo iba sola a las revisiones, entre parejas que se tomaban de las manos y así, sola y probablemente mirando el reloj para calcular cuánto tiempo tardaría en terminar todo lo que tenía pendiente en tantas partes, fue cuando recibí la primera noticia.

 

De haber estado atenta, simplemente viviendo aquel presente (como todos los presentes: el momento más importante de nuestra vida), hubiera visto venir que algo no iba bien, que el llamar a otros médicos para pedir segundas opiniones en una simple ecografía (y caray, era mi tercer embarazo), no era normal.

Pero yo no estaba allí; estaba en todas partes: en la colada, en la papilla, en el turno del aeropuerto, en las reservas de las mesas, en la clase de la universidad… Toda yo estaba dispersa y solo mi cuerpo abandonado rígido y embarazado estaba en un lado de la mesa de la consulta. En el otro un médico, rodeado de demasiada gente me mostraba un gurruño en blanco y negro y me decía que el feto (ya ni embarazo, ahora era un “feto”), no estaba bien. Su corazón no funcionaba. No resistiría el embarazo y de hacerlo nunca resistiría el parto. No teníamos mucho tiempo porque estaba casi de 16 semanas que era el periodo que marcaba la ley y, alargándome un formulario, me dijo que podíamos programar la intervención para el día equis. Mario entonces ya no era ni siquiera un feto, sino una “intervención”.

 

No entendí una palabra de lo que me decía, no veía un corazón ni vislumbraba el peligro en aquellos gráficos, pero de repente eran demasiadas palabras juntas y le corté diciendo que  tenía que consultarlo con  mi familia. Me recalcó la urgencia y quedamos al día siguiente.

 

Llamé desde una cabina en el pasillo a mi marido y me dijo: “mejor saberlo ahora. Bueno, un problema menos” y a mi madre, sin saber pronunciar aquellas palabras que sin duda habrían sido muy distintas de tratarse de personas anónimas, me dijo: “yo creo que no tienes que traer un niño enfermo al mundo”.

De camino a casa, trataba de asimilar lo sucedido y eran tantos pensamientos agolpándose; tantos, que me salían pañales junto a clases y reservas de grupos y me escuché a mí misma diciendo: “Seguro que tienen razón. Bueno, ahora no tendré que dejar el trabajo que me gusta tanto. No tendré que dejar la carrera. Los niños me necesitan. Óscar es aún tan pequeño…” Y me interrumpieron mil lágrimas saliendo todas de golpe mientras conducía y dije aún más alto: “¡Y qué mierda me importan el trabajo y la carrera, ¿cómo voy a mirar a los niños cuando les vea en la cocina? ¿Y si hubieran sido ellos?” Y cuando llegué, sin un plan preconcebido, se lo expliqué a cada uno en su idioma y juntos decidimos seguir. Mi matrimonio sumó una piedra más al muro que nos estaba separando y al día siguiente volví, sola, para firmar una primera montaña de pliegos de descargo de responsabilidad porque asumía en primera persona todos los riesgos pero iba a continuar. Yo, solo sentía (y no sé porqué y además, no me importa porqué), que quería intentarlo.

 

Es muy duro decirlo en voz alta, pero en aquel momento fue cuando empecé a quererle. Hasta entonces, creo, que es que no tuve tiempo de tan ocupada como estaba. Claro que sabía que estaba embarazada y de algún modo me comportada como tal y comía sano y hacía todo lo que tenía que hacer, pero, cuando me paré a pensar, no me recordaba queriéndole. Si tengo que mirar atrás, es el único cambio significativo que encuentro.

 

Se sumaron muchas más pruebas que pasé sola. Cada una de ellas confirmaba siempre el diagnóstico, pero, ¿os digo la verdad? Me daba igual. Llegué a la conclusión de que hay gente azotada por la desgracia de que un niño que esperan sano, nazca enfermo, muera en el parto. Aquí buscábamos la suerte de que un niño enfermo, al que se le ha previsto la muerte, viva y aquel tiempo de intento, para mí, en aquel momento, era un regalo.

 

Resistió el embarazo hasta el punto de que se quedó seguro y cálido dentro de mí aún más tiempo del que tocaba. Se sumaron a todas aquellas pruebas en la soledad más absoluta las de control del líquido amniótico y esa absurda búsqueda en tantas ocasiones de querer provocar el parto. Allí las parejas de padres, se abrazan todavía más. Y mientras, yo, quería que él naciera cuando quisiera nacer.

 

Lo hizo, de improviso, pesando 4 kilos y provocándome un desgarro. Se lo llevaron a hacerle pruebas y más pruebas y después me lo devolvieron dentro de una incubadora desde la que me miraba con reproche. A su lado otra niña, había nacido faltándole parte del brazo y buscaban al equipo de psicólogos antes de permitir a los padres que la vieran. No se lo esperaban. Y yo no podía dejar de mirar a Mario.

 

Dos años de muchas pruebas después fue la casualidad lo que nos devolvió a la UCI. Una aparentemente simple infección que no curaba, mucha fiebre que no bajaba con nada y unas “pruebas para estar seguros”, una “noche en observación” se convirtieron en muchos días con la impotencia de no saber, de no encontrar, de que cada conclusión del equipo de diagnósticos resultara falsa, de verle entrar y salir en los túneles de TACS en los que siempre, siempre me permitieron estar porque era lo único que lo calmaba y acariciarle aquel pelo revuelto y cantarle una y otra vez, una y otra vez. Le tomaban pruebas y las enviaban a Madrid, a Valencia y a Barcelona.

 

No sé dónde descubrieron que era un virus que se encuentra en el pelo del gato (no teníamos animales) que forma una cápsula a su alrededor y se vuelve hermética e impermeable para cualquier antibiótico conocido. Nunca antes lo habían visto en un niño y además, qué casualidad, la infección le tocaba el corazón. Después de 4 horas de quirófano, por fin la noticia de que había quedado limpio, que iría a la UCI, pero que en una semana estaríamos en casa. A los dos días ante la impotencia del equipo que lo trataba, todo se había vuelto a reproducir.

 

Tenía tantas agujas clavadas que se quedó sin venas. Firmé montañas de nuevos pliegos de descargo para consentir que experimentaran, porque había tratamientos posibles, pero no se habían experimentado en niños. Podía quedar sordo y dejarle el hígado afectado. Eso era por dentro; por fuera sus venas se iban secando, se mostraban como costras alargadas y a su paso, la piel se iba escamando. Empezaron a buscarle vías en las venas de la cabeza porque no le quedaban huecos en los brazos y las piernas. Dormí 40 días en una silla  pegada a su cama, abrazándole y cantándole para que no se quitara ninguna aguja y no tuvieran que pincharlo más. Le compré un juego de médicos: un estetoscopio, un termómetro y, sobre todo, una inyección y cada vez que venían los médicos y las enfermeras, él los pinchaba y apretaba con mucha fuerza y ya entonces, se conformaba y se dejaba pinchar otra vez. No derramé una lágrima, lo juro.

 

Calmaba a mi madre en la distancia, que rezaba y sentía que podían habernos castigado por algo y pedía perdón por todos. Me marchaba una sola hora a casa para dar de comer a mis hijos y contarles cuentos y demostrarles que todo estaba bien. Dejé de pedir días en el trabajo para despedirme y no me lo consintieron, pero no lloré. Solo una vez, después de tantas semanas y tantas pruebas, tanto ver a mi hijo atado y tantas agujas, cuando se lo llevaron por enésima vez en aquella búsqueda imposible de un pedacito intacto de vena en la que yo lo sujetaba y lo besaba y lo cantaba en lugar de llorar y gritar y resistirse, como siempre, me miró con solo dos años y me dijo: “mamá, ayúdame. No puedo más” y pedí perdón y lo solté de golpe y salí para que no me viera llorar tantas lágrimas acumuladas. Mi hijo me pedía ayuda y no podía ayudarle.

 

Y sin embargo, es muy duro decirlo en voz alta, pero que muriera o viviera… daba un poco igual. No me parecía lo más importante. Pensaba en que tendría que haber muerto ya otras veces y lo había tenido dos años enteros. Pensaba que había personas que tenían que vivir 100 años y a lo mejor, él sólo viviría dos, pero, caray, habían sido dos años estupendos.

 

Todavía más grave: sentía que poder tener aquel tiempo a solas, en nuestra vida siempre llena, aunque fuera en un hospital, era un regalo. Y creo, que mirando atrás, es lo más significativo que sucedió en aquel tiempo…

Imaginad si vivió, que 4 meses después le dieron el alta. Para aquel entonces, el mundo había cambiado tanto, tanto en tan poco tiempo que dejamos todo y nos marchamos al otro lado del mundo: República Dominicana donde el cielo está mucho más cerca.

 

A los doce años le dieron el alta en cardiología y para entonces Mario ya sabía de memoria una frase que repitió ayer por última vez en el apartado de enfermedades de la entrevista con la jefa de estudios de su nuevo instituto: “tengo la válvula oval abierta, una arritmia y un soplo” y cuando ella la miró sin entender muy bien, él siguió sonriendo: “suena raro, pero básicamente es que no puedo bucear”.
 
Entonces empezamos a hablar de temas importantes de verdad: sus clases de este año incluyen prácticas en alguna televisión, alguna productora y es que, Mario, un tipo extraordinario donde los haya, va a ser director de cine. 

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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15 Comentarios en “Mario va a ser director de cine

  • Espiritudeibiza

    El conocer la historia no ha podido evitar (ni falta que hace por supuesto!!) que me emocione y conmueva.

    Por lo demás "está escrito" (Maktub) que:

    1.-Vas a publicar… no un libro sino decenas. Siempre lo he sabido cómo sabes esas cosas sobre las que no necesitas "verlas para creerlas" ni demostración científica alguna. Simplemente las sabes porque las sabes… Como todo lo mágico en la VIDA.Las sabes porque el Alma del Mundo de la que habla Coelho en sus libros EXISTE… y te sopla esas verdades… Lo sabes porque la realidad no circunscrita de la que habla Chopra en "Sincrodestino" también es REAL…

    2.- Mario va a ser director de cine… Y seguro que acaba llevando al cine una historia de su madre… Que tiemblen los Bardem o los Coppola…

    P.D: Y estaré allí para verlo… 🙂

    • admin Autor

      Jajaja, pues ahora que lo comenta Usted, Señor Espíritu de Ibiza, la verdad es que… el puñetero futuro director de cine (de películas friquis, seguro) ya ganó un concurso literario ¡matándome! Es decir… narrando mi funeral desde el punto de vista de mi nieto adulto y a partir de ahí, contando mi historia y como abandoné todo cuando fueron mayores (pasado mañana) para irme a India y mis muchas similitudes con Gandhi (nacimos el mismo día y resulta que moriremos el mismo día) 😉 Un campeón el hombrecito.

    • admin Autor

      Las claves son siempre fáciles y están a mano. Luego las complicamos, porque las complicamos, pero eso que dices es una verdad que merece la pena repetirse cada mañana: es de ley e inteligente dejar que el corazón guíe nuestras vidas.

      Gracias, Anónimo.

  • dolega

    Querida, no sabes cómo te entiendo. Seis meses sentada en una silla de playa en el hospital. Me has hecho recordar las vias en la cabeza de mi niña con cuatro meses, cuando ya no tenían dónde pincharle.
    Mis noches interminables en la UCI para aspirarla porque colapsaba.
    Mi calvario empezó al mes de nacer. Hoy cuando la vemos nos parece mentira.
    ¡Yo le pegué al jefe de pediatría del hospital! En una de las decenas de veces que me decían que tenía que aceptar que no viviría, que su destino era morir.
    ¡¡Cuantos recuerdos!!
    Un enoooorme beso al futuro director de cine y seguro que lo consigue, porque hay personas que tienen vivir como una maravillosa obligación.

  • Inmagina (Territorio sin dueño)

    Si es que eres una madre coraje, se te tiene que coger afecto en la distancia por fuerza, fíjate lo estúpido que hubiera sido tomar otra decisión.
    Me ha impactado mucho la frase de que entonces, cuándo te propusieron abortar fue cuando empezaste a quererlo, porque sin tanto dramatismo me ocurrió algo parecido, estaba creo de 19semanas, no recuerdo, sé que en el límite para poder abortar, y por una varicela que yo acababa de coger, oportuna que es una, me avisaron del riesgo de malformaciones y de la posibilidad de abortar.
    Yo que me quedé embarazada sin quererlo y había pasado los primeros meses un poco descentrada tratando de habituarme a lo que ocurría, de repente ante la posibilidad de abortar supe no solamente que yo quería un bebé, si no que el único bebé que quería en este mundo era el que llevaba dentro, en las condiciones que fueran, dos meses y medio después nació mi flor, prematura, pero perfectamente sana, un tanto descerebrada, pero creo que eso no tuvo que ver con mi varicela.
    Un beso, me apetecía compartirlo porque me he emocionao.

    • admin Autor

      Nunca achaques a la varicela lo que puedas justificar con la genética. Y eso, sin conocerte personalmente, pero esa criatura rara y rebelde y rara 😉 salió a su madre.

      Un beso.

      P.D. Me gusta que cuentes cosas porque te apetecen y también, que te emociones (tienes que estar más guapa emocionada).

    • Inmagina (Territorio sin dueño)

      Ja ja, es igualica que yo en muchas cosas, así nos va, sólo me gustaría que pusiera más interés en los estudios y menos en los niños y los pintauñas.
      Un beso Pilar

    • admin Autor

      Algunos, en realidad, pero siguen vagando de un lugar a otro sin publicarse y sin embargo, sí he leído uno tuyo. Un placer, como el saberte aquí leyéndome.

      GRACIAS.