Un hombre bueno y otro terrible, segunda parte 1


El hombre terrible:
Y como se debe hacer, cumplí mi promesa, pero dentro de aquel pacto entre Claudio y yo no había ninguna cláusula que me obligase el resto de los días y ya a la noche siguiente, volví a caminar sola.

Conocía aquel trayecto perfectamente. Después de separarme de mi marido hacíamos un reparto de nuestros hijos que llevaba añadido el apartamento en que ellos vivían.  Los días que yo me quedaba a dormir él se marchaba y los días que él estaba, yo iba a  mediodía y al terminar el trabajo a bañarles, darles la cena, prepararles la comida del día siguiente y sobre todo, sobre todo: leerles por la noche y contarles historias. De modo que era un camino que recorría varias veces al día; a mediodía, bajo el sol, tardaba unos cuarenta minutos, pero de noche, nunca más de treinta. Era un pequeño tramo por un camino hasta llegar a la carretera principal que conduce a los complejos hoteleros; una larga recta de unos dos Kilómetros y medio. No debía estar iluminada por más de diez farolas de modo que había tantos tramos de mínima luz como de oscuridad absoluta. Pasaba una plaza comercial y tres pequeños chiringuitos o “picapollos”, en los que se paraban algunos recolectores de caña de azúcar después de la jornada para comer un perrito, una mazorca o tomar una “fresca” (cerveza). Ningún turista se habría detenido en ellos nunca. Pertenecía a esos grandes temores que llevábamos casi todos genéticamente aprendidos: miedo a lo desconocido. Yo sabía de memoria cada hoyo del arcén de aquel camino pero también, creía, cada riesgo y el secreto radicaba en caminar sin perder el ritmo, ir cruzando la calle evitando aquellas concentraciones de  cerveza y hombres y nunca, nunca girarte a mirar a los que te dicen cualquier sandez; algunos con cierta simpatía, pero otros totalmente borrachos y sin la más mínima muestra de respeto. Alguna vez me había seguido alguno entre las risas de los compañeros dándome a gritos detalles de todo lo que me harían si yo me dejara “ay, mamita” pero acababan desistiendo al ver que no lograban alcanzarme ni arrancarme una palabra.
Aquella noche de trece de junio escuché los pasos que me seguían desde el primer chiringuito. Yo camino muy deprisa; no es tan fácil aguantar mi ritmo mucho tiempo, pero el tipo era tenaz. Resistió mi acelerado paso un chiringuito y otro y otro… hasta que, cuando llegamos a la plaza con el centro comercial dejé de escucharle a la altura de mi sombra. Tampoco entonces debía girarme o aún podría tomarlo como una invitación y regresar. Falsa alarma. Se había marchado. Respiré. Estaba entonces en el único tramo del camino donde la farola estaba fundida, el único tramo del camino en que estaba rota la alambrada que separaba aquella triste y solitaria carretera de la jungla.
De repente, me asieron fuerte del pecho. Fué tan simple como eso. Tu vida puede cambiar en milésimas de segundo… Sólo pude girarme un instante para verle la cara. Era un indio alto, de unos veinticinco años y cara de buena persona. No lo era. En sus ojos vi que quería comerme…
Me sujetó la mandíbula fuertemente y ya no pude mirarle más. Me tenía absolutamente sujeta con mi espalda pegada a su pecho y sentía todo el deseo en su cuerpo y en su respiración. Solo pronunció una palabra: VEN. Una sílaba, tres letras que me han despertado aún tantas veces…
Habrían pasado segundos y ya no caminaba hacia mi cómodo dormitorio del resort, sino que un desconocido me estaba arrastrando hacia la negra jungla. Curiosamente mi mente no paraba de buscar y analizar opciones. En ningún momento el miedo me paralizó como tan a menudo escuchamos. Me estaba clavando algo en el pecho, a la altura del corazón. Lo toqué como pude; era una especie de cuchillo muy grande, probablemente un machete de cortar caña. Me corté. Sentí nítidamente el corte, pero no dolor. Pensé: “No me ha tapado la boca; a ver si me deja gritar.” Grité, pedí socorro. Siempre había pensado que , como en las pesadillas, dado el caso, no me saldría la voz. Grité. Volví a gritar. Pensé: “Me está dejando gritar. Nadie sensato está de noche en esta carretera. Lo más probable es que quien venga con los gritos sea alguno de sus amigos, algún borracho o muchos y me violen todos.” No grité más. Continuaba arrastrándome. Me estaba sacando del arcén de tierra. No podía dejar que me llevara allí. Nadie se adentraría a buscar mi cadáver en la jungla. Pensé en mi madre, en lo que sufriría si no le entregaban mi cuerpo difunto. Me pasaron por la mente todos esos padres desesperados, aferrados a la poco probable ilusión de que sus hijos aún estén vivos porque nadie ha encontrado sus cuerpos. Incluso el cuerpo destrozado de un hijo puede resultar un alivio ante esa búsqueda infinita e inútil. Decidí que no me llevaría a la jungla. Allí no. Forcejeé.
Comencé a golpearle con el medio brazo que tenía libre la mano en la que empuñaba el machete. Yo, que juro que no tengo fuerza alguna, le estaba haciendo daño. En su respiración en mi oído se intercalaba la lujuria con el dolor. Estaba atenta interpretando cada sonido.
Cada vez buscaba más nervioso el apoyarme aquel machete entre mis costillas y me lo clavaba más fuerte para que no lo moviera. Sentía los pinchazos pero no dolor. No me bastaba golpearle con aquel medio brazo, él era mucho mayor que yo. Pensé: “¿y si le pego patadas?” Mis zapatitos eran mínimos, pero empecé a lanzarle patadas con el talón con todo el impulso que era capaz de alcanzar desde esa postura prisionera. Trataba de darle en el hueso, de alcanzar sus rodillas y hacerle de verdad daño para ver si por un momento aflojaba, me soltaba y podía zafarme pero, al quedarme apoyada sólo en uno de los pies ejercía menos fuerza agarrándome al suelo y él lograba levantarme y arrastrarme unos centímetros más fuera de la carretera. Calculé la distancia, para ver si estaría a mi favor o al suyo. Ni un solo coche… Incluso a una velocidad de centímetros le iba a dar tiempo a sacarme a aquella jungla espesa y desconocida. Dejé de patearle y me así al suelo. Me volví pesada como una roca.
No sé cuánto duró aquel forcejeo. Mi mente calculaba estrategias, pero había perdido completamente la noción del tiempo ¿quince minutos? ¿Una hora? Estábamos los dos exhaustos. Pensé: “Si me quisiera matar ya lo habría hecho, pero en uno de estos golpes al final acabará haciéndolo por error o harto si llego a hacerle daño de verdad.” De repente él sacó fuerza de algún sitio, me volteó y me estrelló contra el asfalto allí mismo. Mi cabeza hizo un tremendo sonido de cloc al chocar contra el suelo. Me explotó una luz delante de los ojos. No podía moverme, pero estaba consciente; mi mente seguía pensando, pero mi cuerpo no podía moverse. Él cayó sobre mí. Yo de algún modo le había sujetado en el instante en que me tiró tratando de amortiguar mi caída. Escuché el sonido de sus vaqueros al romperse. Me miró jadeante encima mía. Estaba agotado y le costaba respirar. Creo que en ese momento asumió que no podría violarme viva y también que no quería matarme.
Yo le veía sentado encima de mí, veía todo, pero no era capaz de mover un músculo. Me miraba, me miraba, pero no lograba descifrar lo que pasaba por su cabeza. Éramos como dos especies distintas de criaturas; una humana y la otra un gorila o un extraterrestre y nuestras formas de vida no podían ser tomadas como referencia. Me arrancó la pequeña mochila que llevaba. Pensé: “Tengo que evitarlo.” Y después, enseguida, en milésimas de segundo “¡da igual! Que se la quede, que se quede todo…” Siguió aún mirándome, sentado sobre mí vientre largo rato mientras yo estaba tumbada, inmóvil en medio de una carretera oscura. Después, simplemente, se apartó a un lado, a cinco metros de mí sin dejar de observarme; aún  había esa lujuria monstruosa en sus ojo, pero sobre todo ahora… curiosidad. Yo le miraba solo girando mis ojos. Mis ojos podían seguirle con la mirada, pero, no sé por qué, no podía mover la cabeza.
Pensé: “Si pasa un coche no me va a ver. Me matará. Moriré. No asesinada en la jungla sino atropellada en una carretera en Punta Cana ¡qué estupidez!” Y entonces saqué fuerzas, vete a saber de dónde y moví mi cuerpo. Me volteé hacia donde él estaba, mirándome. No dejaba de observarme. Pensé, hablando desde mi silencio al suyo: “Me vas a dejar ir.”
Me arrastré. Pasé por su lado dando tumbos con pies y manos y pasé de largo. No era solo por mi cabeza. Algo me dolía en las piernas. Miré con desprecio a un guachiman (vigilante de seguridad) de una finca que descubrí que había sido testigo de todo a escasos cincuenta metros armado con algo parecido a una metralleta. No solo no había acudido en mi ayuda; también él me miraba con descarada curiosidad…
Cojeé haciendo eses hasta la plaza del centro comercial donde los trabajadores y clientes se avalanzaron en mi ayuda. Solo al llegar a mi resort fui consciente del estado deplorable en que me encontraba; llena de magulladuras, sangrando y con la ropa rota. Continué con una frialdad desconocida. Antes que al hospital regresé con el capitán del ejército que era el gerente de nuestros servicios de vigilancia a rastrear la zona y a todos los prostíbulos y locales de mala muerte de los alrededores, buscándolo. Aún cancelé todas mis tarjetas de crédito, informé para que cambiaran todas las llaves de seguridad del resort que me habían robado; de la gerencia, de las cajas fuertes, de las cajas del resto de llaves…
Y en veinticuatro horas relaté fría la historia cien veces; en el consultorio médico donde me atendieron, con derrame craneal, con el brazo en cabestrillo, con dos dedos fuera de sitio y llena de arañazos y magulladuras. Después en la comisaría y delante de todos los compañeros queridos pero también de los curiosos en busca de la historia del día para contar en Radio Pasillo. Cien veces tuve que contar y escuchar lo mismo… No hace falta que explique la bronca que me dio mi jefe después de comprobar que aún tenía, aunque maltrechos, todos y cada uno de mis dedos y después del abrazo, por no utilizar la dichosa yipeta. La mayoría estaba de acuerdo en que yo era una especie de heroína que había luchado con valentía. Les contesté a todos con el mismo razonamiento con que había actuado en cada instante, lo equivocados que estaban; lo equivocada que yo misma había estado. Analizándolo fríamente, debí haberme dejado violar. Debería haber tratado de negociar con el violador. Salí viva de un ataque de un hombre armado pero casi lo fácil, lo probable hubiera sido que no. Una violación podía haberla superado más o menos con el tiempo, pero mi muerte habría sido difícil de superar por mis hijos. Soy madre. No, no debí luchar con un hombre armado…
Pero toda esta historia, tenía en realidad otro protagonista… Todos mis queridos compañeros y amigos mostraron su cariño y su preocupación por mí, pero Claudio, vino corriendo, cojeando en cuanto se enteró y no me preguntó absolutamente nada. Aquel día dejó atrás la timidez y rompió todas las barreras protocolarias. Se me abalanzó, me abrazó muy fuerte, llorando sin pudor delante de todos sus superiores y compañeros que le miraban atónitos mientras yo le acariciaba el pelo y le decía que estuviera tranquilo, que todo estaba bien.
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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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Un comentario en “Un hombre bueno y otro terrible, segunda parte

  • Espiritudeibiza

    Estremecedor… en algunos momentos nuestro ángel de la guarda interviene para salvarnos de un destino inminente que no es el nuestro… Ese espíritu guardián (a veces en plural: espiritus) interviene porque tenemos una misión que cumplir… El tuyo es escribir…

    Claudio merece ser inmortalizado en un cuento o incluso en una novela que trascienda a su existencia en este plano…

    Escribe, Escribe, Escribe, Escribe… No pares!!