Un hombre bueno y otro terrible, el miedo


No creáis que tengo el cuerpo muy para miedos, qué va. Pero parece la respuesta imprescindible a “¿qué vino después?” Sin embargo, no nos equivoquemos. Cada vez que alguien te haga esa misma pregunta, no importa a qué se esté refiriendo, la respuesta siempre siempre es: «Yo soy lo que vino después.» Pero vamos con aquel después en República Dominicana…

Pasaron los días tan deprisa y mis quehaceres laborales no se pausaban, sino que se les habían ido sumando aquellos otros, nuevos e inesperados: visitas al centro médico para comprobar cómo evolucionaban mis lesiones, reponer todo lo robado; mi documentación en el país, pero también cambiar cerraduras en las puertas de seguridad, de los despachos, también la de mi habitación que al estar identificadas nos dejaban en una posición bastante vulnerable.

Mi jefe me puso algo parecido a un guardaespaldas. No me dejó rechistar y yo había perdido toda credibilidad para hacerlo. Ahí tenía a aquel hombre, a corta distancia al anochecer, velando mi sueño. En realidad todo aquel esfuerzo se debía a que son las compañías hoteleras las que pagaban los puestos de policía en las zonas turísticas. También daban por descontado que si el mundo es un pañuelo, Playa Bávaro más y el agresor tendría cuanto menos una colección de parientes o conocidos trabajando dentro del mismo resort.

 

Vino un comisario a conocer y analizar toda mi rutina y también asistí a ruedas de reconocimiento, pero olvidaos de esos cristales oscuros de las películas en los que tú ves a los sospechosos pero ellos no ven quién hay detrás. Nada que ver. Allí me los traían a la mesa, a un palmo de mí. Todos tenían pinta de asesinos en serie y además, por alguna extraña razón, todos eran oscuros, oscurísimos, por más que insistía en mi descripción de un indio alto, de piel clara y hasta atractivo. No penséis que era síndrome de Estocolmo, sino justicia. Eran ganas de ayudar a que lo encontraran y lo encerraran. Era muy alto para ser dominicano, joven, rondando los veinticinco, delgado, bien parecido y con la piel clara, pero aquellos policías se empeñaban e incluso me trataban de convencer de que podría ser tal o cual de las cientos de fotos que me hacían mirar una y otra vez. Mucho mayores, mucho más feos y sobre todo (mira qué casualidad), todos negros como el tizón.

 

Y de tanto contarlo todo una y otra vez, una y otra vez, no era consciente, pero no tenía tiempo ni para pensar; no tenía tiempo ni para sentir… miedo. Entonces, quizá a la semana, con aquel guardaespaldas siguiéndome del restaurante a la habitación, sucedió algo. En la puerta, rodeada de exuberante vegetación, había un ramo de flores. No uno comprado en una de las floristerías de la zona (allí se estila mucho que te regalen flores para darte las gracias o para invitarte a cenar) sino un manojo de flores arrancadas de algún punto del jardín que rodeaba mi cuarto. No sé quién fue pero sí sé quién no fue: nadie que conociera. Ningún empleado se arriesgaría jamás a perder su trabajo. Entonces sentí que era él. Él o alguien de su entorno. Aquellas flores no decían “gracias por ayudarme en tal tarea” o “esperando que el sábado me concedas el placer de tu compañía”, sino que sabían dónde estoy. Eso al menos es lo que sentí y ahí llegó, rodeando a las flores, el miedo.

 

Esa noche no pude dormir. Ahí, sí, de golpe, me llegaron todos y cada uno de los recuerdos y de las sensaciones del ataque. Qué curioso porque apenas había podido evitar hablar en todos aquellos días de otra cosa, pero ¿quedarme a solas con mis pensamientos? Era la primera vez. Veía su cara, de indio con rasgos proporcionados, pero su cara daba miedo. Oía su voz repitiéndome una y otra vez “Ven” y sentía su presencia en cada rincón de mi dormitorio. Encendía la luz y pensaba que entonces podría verme desde fuera, desde el jardín oscuro y la apagaba. Llamé a mi querido amigo Alberto y se quedó hablándome, al otro lado del teléfono, toda la noche. Ninguno de los dos durmió pero el miedo no se pasó a la mañana siguiente. Empecé a verle incluso a la luz del día, en otras caras aunque no fueran tan altos o tan jóvenes. El cuerpo se me estremecía y sentía vívido el terror que, leed atentos; ni siquiera me permití sentir en aquel momento en que lo prioritario era sobrevivir.

 

Yo no quería tener miedo. No me considero nada tonta y sé que el miedo es un mal compañero, pero incluso meses después, cuando había dejado atrás el resort y el país; ya en la «civilizada” Mallorca, una noche saliendo de una de las jornadas de un evento en el Colegio de Arquitectos, en el casco antiguo palmesano, me di cuenta de que se me había hecho tarde. Era de noche cerrada y como siempre, preparando todo para el día siguiente me había quedado la última y sola y al salir en las calles vacías alguien empezó a seguirme. Entonces me di cuenta de que el miedo había venido conmigo a otro continente. Quería correr, quería gritar… quería no sentir miedo.

 

Fue sólo la primera vez, pero a partir de ahí, pasó más veces. Por aquel entonces más que nunca trabajaba de noche, organizando todo tipo de fiestas y ahí estaba yo con mis rutinas, con mi aparente seguridad intocable hasta que de repente otra noche, después de acompañar a todas “mis chicas” que tenía trabajando conmigo, me daba cuenta de que me había quedado la última y sola. Sola y de noche y ¡es tan fácil que algún imbécil te siga! Que alguien que ha bebido de más te suelte una ordinariez ¡esperando llevarte a la cama! ¿En serio esas cosas alguna vez funcionan? Y ahí estaba, latente, regurgitando, el miedo.

 

Hablaba conmigo misma: «¿cómo puede ser? ¡Con todo lo que has vivido!» Y claro que lo sé… seguramente, precisamente por todo lo vivido.

 

Y me planté. Fue tan simple como eso. Me negué en rotundo a tener miedo (que es lo mismo que decir que el miedo me tuviera).

 

Y pongamos que ahora soy como una yonqui. Sabes que está ahí esa «necesidad», ese «hábito» (en mi caso de temer) y cuando llega ruidoso e incontrolado no te pilla del todo por sorpresa pero lo desmontas en cuanto razonas. Sin argumentos que lo sostengan el miedo desaparece. No es malo en absoluto el miedo,  no tengas miedo del miedo. Es una alerta que se enciende sobre ti, que te dice: «cuidado, peligro» y eres tú quien ha de sopesar si es un peligro real y presente o no. Lo más probable es que sea, como en este caso, solo un fantasma del pasado y ésos son un lastre inútil de llevar…

   Miedo: según nuestra amiga RAE el miedo es la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

   Temor: pasión del ánimo (qué bonito esto de «pasión del ánimo), que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso. También presunción o sospecha, recelo de un daño futuro.

   Terror: miedo muy intenso.

   Terrorismo: dominación por el terror. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.

   Terrible: que causa terror.

“Quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir.”
Anónimo

“Para quien tiene miedo, todo son ruidos.” 
Sófocles

“Hay gente que no cree en nada pero que tiene miedo de todo.”
Hebbel

“El miedo no mueve montañas, es el que las hace.” 
Alejandro Gándara

“La curiosidad vence al miedo más fácilmente que el valor.”
James Stephens

“Ten audacia y fe en ti mismo ¡Ay de ti si tienes miedo!”
Friedrich Nietzsche

 

“Siente el miedo, pero hazlo.”
Susan Jeffers

El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente, el miedo ahuyenta el amor. El miedo no solo expulsa el amor, también la inteligencia, la bondad y todo pensamiento de belleza y verdad, de modo que al final sólo queda la desesperación muda. El miedo llega incluso a expulsar del hombre la humanidad misma.»
Aldous Huxley

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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