cómo me echaron de la cárcel por «normal» 12


 

cómo me echaron de la cárcel por normal

Tengo un primo en la cárcel. Lleva en ella prácticamente toda la vida. No le conozco. Bueno, le vi una vez (o recuerdo haberle visto una vez) en la boda de una prima común cuando yo era una niña y él andaba por la adolescencia.

De hecho, hice con él el único simpa* de mi vida. Mmm, mentira… hice otro después, una vez trabajando en Menorca con una compañera de trabajo.

Hacíamos tiempo paseando por el puerto y tomamos un helado. Había un cartel para que nos sirviéramos nosotras mismas, y luego había que pagar en la barra donde los dos camareros estaban discutiendo vistosamente ignorando completamente al montón de personas que se acumulaban en la barra.
Mi amiga ya se había comido el helado, pero yo, tan educadita, aún esperaba mientras se me iba derritiendo en la mano, para mostrarles cuál tenían que cobrarme.
Después de mucho rato y muchos gritos, mi amiga me sacó a tirones de allí mientras los mandaba a la mierda, e hizo muy bien. Espero que el resto tuvieran algún comensal igual de echao p’alante.
En el simpa con mi primo, recién conocidos, me pidió irnos a tomar algo a un bar en la playa mientras esperábamos a que los novios volvieran de su sesión de fotos o algo por el estilo.
No recuerdo que edad tenía yo, pero os garantizo que edad suficiente como para tener que pedir permiso. Nos marchamos en moto hasta una cafetería abierta en la playa de Ses Salines y pedimos dos coca colas mientras hablábamos.
Al rato miró la hora y dijo que teníamos que irnos y también que había olvidado el dinero y me preguntó si yo tenía ¡qué iba a tener dinero, si no tenía ni permiso! Y entonces, me dijo que estuviera tranquila, que fuera hacia el baño que estaba detrás del bar, que él iría después y que de allí me marchara a la moto.
Casi me da un infarto, pero lo hice y volvimos a la boda como si nada hubiera pasado.

Él siguió adelante en aquello de los simpas, pero por lo que tengo entendido, es más un peligro para sí mismo que para el resto, aunque cochina la gracia que le debe hacer a toda aquella gente a la que les ha ido robando.

Cada vez que preguntaba de pequeña por qué estaba en la cárcel, la respuesta era unísona: “por tonto”, o al menos, por ser el más tonto de las pandas en las que se ha ido juntando en sus breves estancias fuera del trullo.

Mi abuela (mi preciosa abuela) iba a visitarlo. Le llevaba tabaco algún domingo después de misa.
De modo que, cuando de pura casualidad me encontré a mi tía, con la que tampoco tengo un gran contacto, porque es una rama de la familia que siempre estuvo aparte del resto y me contó que estaba por Mallorca, porque acababan de enviar a su hijo a la cárcel allí, me quedé pensando sobre el asunto.
Meses después, un día, sin ningún tipo de plan preconcebido, mientras pasaba por delante de la cárcel en vía de cintura, ni sé porqué, pero tomé la siguiente salida y tuve que dar una vuelta de aupa, porque ni siquiera sabía bien por dónde se entraba.
La cárcel de Palma es bastante reciente. Recuerdo la polémica porque, igual a como pasa con los cementerios, nadie la quería cerca y porque además, los periódicos se hartaron de contar los lujos que tenía: piscina, solarium, pistas de deporte… un derroche, vamos. “Mejor que un hotel”, se oía por ahí.
La cuestión es que de cerca, no me parecía en absoluto un resort de Marina d’Or. Me parecía una cárcel

¿Recordáis todas las veces que os he dicho aquello de “escucha a tu cuerpo”? Pues el mío no quería bajar del coche. Bajó, qué caray, porque ya me encargué yo de bajarlo, pero protestaba poniéndose tenso y me costaba arrastrar una nube negra cada vez más densa a medida que me acercaba.

Muy pocos coches en el parking y gente con un aspecto horrible caminando por el arcén.
En la entrada había una especie de mostrador de Atención al Cliente, como si de un parque temático se tratara, pero no había nadie.
Había un cristal de por lo menos cuatro capas y el hueco para que se te escuchara (y se te viera porque el cristal estaba opaco de arañazos), estaba terriblemente bajo, de modo que tenías que agacharte para comprobar si había alguien en algún lugar y tú mismo te sentías como si estuvieras haciendo algo malo, fisgando por ventanas ajenas.
La barrera estaba abierta, de modo que pasé a un hall redondo, inmenso pero oscuro.
Las altas paredes de ladrillos rojos no dejaban pasar la luz natural. Un kiosko de prensa cerrado y bancos de hierro, puertas metálicas y rejas y más rejas.

Había gente haciendo cola ante una ventanilla: algunos extranjeros, una gitana de unos quince años con un bebé colgando de la cadera, una embarazada y algunos más mayores con aspecto de padres o esposas que llevan toda la vida sufriendo.

Me puse detrás de la gitana y tenía que hacer un esfuerzo para que las manos no se me fueran a levantarle al niño que se le iba escurriendo por la pierna y luego izaba de un salto hasta volver a colocarlo en la cadera.
Entró un travesti muy alto, vestido como una puta barata, y se me acercó y me preguntó con acento brasileño que si también venía al vis a vis. Se me acercaba tan innecesariamente que me rozaba continuamente, así que sé sin lugar a dudas que no estaba operado.
La gente se iba acumulando y la nube negra era cada vez más pesada. El funcionario les hablaba a los gritos (no me extraña con semejantes cristales) y con la confianza de un profesor que regaña a los niños de parvulario después de haberles pillado en mil trastadas.
Les iba dando instrucciones y cuando llegué con mi “hola, quería información, es que tengo un primo…” ni me dejó terminar, me dijo que sólo las mujeres casadas legalmente, con el libro de familia podían ir al vis a vis, que el resto tienen que pedir permiso.
Me puse coloradísima y le dije que no venía por el vis a vis, que sólo quería informarme porque tenía un primo, para ver si podía ir a verle alguna vez. De nuevo me cortó para decirme que si no venía por lo del vis a vis, que esperase a que terminase con toda esta gente y después estaba conmigo. Me sentí aliviada fuera de la cola en general, pero también muy especialmente fuera del alcance de la cola del travesti brasileño.
Me alejé y empecé a leer los carteles colgados por las paredes. Había cartas del director de la cárcel, como si fuera un profe más regañando nuevamente al parvulario. Les informaba de que había muerto otro recluso más, por sobredosis y que la droga únicamente llega de fuera, que si de verdad quieren ayudar a sus parientes, que no cedan a chantajes y que no les lleven nada.
Que por mucho que les cuenten que no es para ellos y que es para venderla, que si no seguían intentando colar drogas, estas cosas y las peleas, la violencia, dejará de suceder. ¿”otro muerto”? ¿Es que había habido más? ¿Y por qué esas cosas no las leía en el periódico y sí que tenían piscina?
Se abrió una puerta al fondo y dentro había un arco de metales. Salieron otro par de funcionarios dando instrucciones a los gritos, recordando que iban a cachear por un lado a hombres y por otro a mujeres, que no se podía pasar comida y en concreto a la gitana, le dijeron que más le valía que esta vez no le encontraran nada al pañal o no iba a volver por allí y “que cogiera bien al niño, hombre”.
El lugar me parecía cada vez más horrible. Cerraron aquella pesada puerta del arco y el funcionario volvió a su ventana haciéndome un gesto de que ya podía ir.
Volví a empezar con aquello de “Hola, buenas tardes… Verá, es que tengo un primo, es de Ibiza, pero lo han trasladado a Palma…” y me interrumpió para preguntarme cuánto tiempo hacía que no le veía y yo le contesté que lo había visto una vez, cuando éramos niños (y omití el detalle del simpa).
Entonces me dijo que sólo pueden visitar a los reclusos las mujeres y los padres, que el resto tienen que escribir una carta al director, que éste la autoriza o no, y que después tiene que autorizarla el interesado, que el proceso no tarda menos de un mes.
Me preguntó que para qué quería verlo si no nos conocemos, y le dije que era porque no tenía familia aquí y yo, a fin de cuentas, sí vivía allí y que qué sé yo… que pensé que podría verlo, llevarle tabaco…. Y me dijo que no tenía ninguna obligación, que si él estaba solo, y en la cárcel, algo habría hecho. Y que si a mí me había dicho lo contrario, que ni le creyera, que todos dicen lo mismo. Yo le respondí enseguida con que él no me había dicho nada en absoluto, que no nos conocíamos, que nos vimos una vez, y me dijo que para empezar, no se podía traer tabaco, que lo único que podía hacer era mandarle dinero.
Que ellos funcionan dentro con unas tarjetas de crédito para evitar que manejen metálico, que las cantidades estaban domiciliadas y estipuladas y aunque ahora no recuerdo cuánto, se me escapaba totalmente a lo que yo tenía pensado.
Me dijo que le permitiera un consejo. Que me fuera, que nadie iba a juzgarme por no visitar a mi primo, ni mis padres podían hacerlo, ni los suyos… y yo le contesté que a su padre no le he visto jamás y a mi tía, la veo poco, pero en absoluto me había pedido que fuera.
Él me insistió: “pues por eso. Vete. Tú eres una persona normal”. Eso no me gustó, porque aunque eso de la normalidad es subjetivo, aunque repasando… vaya colección de ejemplares había en la cola del vis a vis, me pareció que un funcionario por quemado que esté, tiene que mantener un respeto.
Desde luego este hombre tenía muchas más tablas que yo en aquello.
Hizo como que me preguntaba, pero eran todo respuestas: “trabajas, tienes familia, amigos, hipoteca, alquiler… esas cosas, ¿a qué sí? como todo el mundo.” Asentí y me insistió: “Lo veo, eres normal, una persona normal. Vete de aquí. No se te ha perdido nada. Créeme que una cárcel es horrible.”
Asentí de nuevo, pero no me movía. Le dije que quería intentar pedir un permiso y visitarle, quizá, si él quería algún domingo. ¡Uy, cuándo dije la palabra «domingo»! Me dijo que si hoy me había parecido horrible, que en realidad los días de vis a vis son los más tranquilos. Que los domingos daban mucho miedo. Que muchos de los que vienen son aún más peligrosos que los que están dentro.

Me pasó un impreso que tenía que rellenar con mis datos y me insistió en que mejor no lo hiciera, pero que si quería, ahí tenía.

Me arrastré hasta un banco de hierro y antes de que terminara de sentarme, él salió y se sentó a mi lado. Me dijo que “De verdad, que alguien como yo no pintaba nada, que me fuera.
Que escribiría al director, que él me aceptaría, que mi primo me aceptaría y me pediría cosas. Me pediría dinero. Alguien le cogería las cartas y lo chantajearía. Le amenazarían con cualquier cosa porque sabrían que tendría alguien fuera a quien podría pedir dinero y que él me diría esas cosas y yo ya no podría saber si eran o no verdad. Que me sacarían lo que quisieran.”

Este hombre, con toda la mejor intención, pero de verdad me estaba asustando. Me arrancó el papel de la mano y me dijo a modo de despedida: “que no, en serio, que no me da la gana, que no pintas nada aquí. Mírate: eres una persona normal y -añadió- como yo. Anda, vete de aquí y no vuelvas nunca.”

Y me marché. No me sentí mal, sino (lo siento, lo siento mucho…) todo lo contrario. Pensaba en mi abuela, tan menuda, tan bonita y en que quizá, quizá, aquella diminuta y blanca cárcel de Ibiza a la que ella iba a llevar tabaco era muy distinta, pero desde luego, ella era una mujer mucho más valiente que yo. Me marché y todas mis tensiones, toda aquella nube negra… desaparecieron al momento.

Repasando vocabulario:

*Simpa: Conjunción abreviada de sin pagar. Dícese de marcharse después de haber consumido en algún local sin abonar la cuenta correspondiente.
Cárcel, trullo: Edificio destinado a la reclusión de los presos.
Preso: que está en la cárcel, o privado de libertad. También dominado por una pasión o un sentimiento.
Vis a vis: locución francesa que significa cara a cara. También los encuentros íntimos de los presos con un visitante, generalmente su pareja.
Pena: sentimiento de dolor o tormento. también castigo.

Normal: que no produce extrañeza por ser o suceder dentro de lo habitual. que actúa dentro del canon natural o que se asusta a las reglas preestablecidas.


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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12 Comentarios en “cómo me echaron de la cárcel por «normal»

    • admin Autor

      Te debo un premio en forma de beso por mejilla. En cuanto tenga un rato, escribo esas "7 cosas sobre mí". Lo de los premiados por mi parte, lo tengo más que claro…

      ¡GRACIAS! Y por muchas más cosas que este precioso reconocimiento.

  • Anónimo

    Siempre he pensado que el delincuente tiene una mente por ordenar.No me da la impresión que la sociedad esté por la labor de armonizar mentes.Encarcelar es una medida aislante, de cierre; la mente sufre un choque y a algunos les provoca la reflexión constructiva que debería hacer la sociedad desde un inicio con los jóvenes.
    Tema complicado como todo lo humano.
    Gracias Pilar.

    • admin Autor

      ¿Te has fijado en el inicio totalmente a propósito del post? Un simpa, en el que participé sin querer, pero participé. No le volví a ver, pero él siguió por ese camino. Cuando restas importancia a una cosa así y luego quizá a otra un poco mayor, y después a otra… vas como a tientas buscando por la vida algún límite. Creo que esos "límites" son imprescindibles y no malos en absoluto. Un abrazo es un límite que te recoge, una norma en casa, en la escuela, para con tus mayores… te ayuda no sólo a conocer que todos "esos otros" merecen un respeto, sino a exigir el mismo para ti. Sólo aprendiendo a dar valor a los demás, conocemos nuestro propio valor y es, de hecho, cuando más valiosos somos.
      Tienes razón. Hay algo por ordenar y además, mi optimismo me mantiene en la creencia de que siempre se está a tiempo. No sé si alguna cárcel ayude a eso; esta, por lo poquísimo que vi, no, pero a fin de cuentas, esa ayuda nunca jamás ha de estar en lugar alguno fuera de ti mismo.
      Tema maravilloso como todo lo humano.
      Gracias a ti, muchas gracias, por leer y por escribir. Vuelve cuando quieras: esta es tu casa.

  • dolega

    Las cárceles son terribles. Un sub mundo especial. Quizás el funcionario, quería mantenerte alejada de algo que, cómo él decía, cuando entras es complicado salir.
    Besazo

    • admin Autor

      Has definido mejor en 2 líneas lo que yo quería contar en 80: una cárcel es un mundo terrible. Puede haber alguna ligera diferencia entre una u otra, pero obviamente esta no es de las peores… Y cuando después tuve la oportunidad de ver la antigua cárcel bien por dentro: las celdas tan… ¡nada! Tan frías, tan duras http://www.otropostdata.com/que-es-y-para-que-sirve-el-micro-teatro/, créeme, que cuando ahora veo algunos de nuestros políticos (esos poquísimos que sí están condenados por lo que sea), tan ladrones, pero tan puestos ellos y me dan un poquitito de pena. Se me escapa de la boca un "no sabes dónde te metes. No importa los contactos que tengas. Las vas a pasar canutas". De verdad que si se pasaran un fin de semana dentro antes de presentarse a candidatos a lo que fuera, muchos lo harían de otro modo.
      Pero desde luego, creo que las cárceles son un lugar de reclusión. Punto. No de reinserción, aunque ese… es otro debate.

      Un beso y gracias por leerme,

    • admin Autor

      Jajajaja, ¿tú crees? ¿Crees que si le firmo la carta al director con un enlace al post, me deja pasar tabaco? Yo, pobre desgraciada, que andaba pensando de camino… "¿y qué marca de tabaco le compro?" Casi me presento allí con un cartón, jajaja. Si es que a veces, algunas veces pareceré listilla, ¡pero soy de un iluso! 😉

      MUCHÍSIMAS GRACIAS, BOMBÓN,

  • Inmagina (Territorio sin dueño)

    No tienes que sentirte mal por sentirte bien al largarte de allí, queremos a veces ir de tolerantes y de chachis y de comprensivos, pero cada uno tiene su mundo y el funcionario aquel tenía razón ¿que pintabas tu allí? si hubiera sido tu hijo o alguien a quien ti quisieras, por supuesto, lo que haga falta y más…no sé, lo digo y también me siento cruel, pero a mí ni se me hubiera ocurrido acercarme

    • admin Autor

      Supongo que de nuevo andaba yo queriendo imposibles: No es que quiera aguantar cualquier cosa que me echen. Si me siento mal en un lugar, clarísimo tengo que lo que he de hacer es largarme en dirección opuesta, pero… lo que yo quería era que aquel lugar fuera distinto. Un lugar tan hermético a que entre "gente normal" (aunque sea por protegerlos), lo convierte en un lugar de donde nunca o casi nunca puedes salir normalizado. Tuve un ejemplo en una hora allí… Puedes entrar por un error grave, pero un error que tendría enmienda, pero… ¿cuándo entras en esa espiral de la cárcel, cómo sales? De verdad. Espero que nadie se sienta ofendido por mis palabras porque guardo un profundo respeto por reclusos, familias, putas y funcionarios… pero es un sistema que me da a mí, que no puede dar como resultado que una "manzana podrida", sane. Como mucho, como mucho… sobreviva.

      ¡Cómo somos, Inma! Que lo mismo escribimos recetas de cócteles o de macizos en cualquier lugar que de las miserias más míseras que este mundo encierra. Un beso, cariño mío,