la ex de mi ex 2


ex
Si bien el trance de conocer al ex de tu pareja suele dar lugar a situaciones bastante desagradables, puedo presumir (y presumo) de que en mi caso, fue verdaderamente incómodo, pero como estoy convencida de no ser la ganadora mundial de semejante concurso, os dejo ¡os invito! A que compartáis vuestras anécdotas al respecto. Va mientras, en anticipo, la terrible historia de cómo conocí a la ex de mi ex:

Tras un repentino e intenso flechazo, nos hallábamos un tipo alto y guapo y yo manteniendo una profunda conversación para conocernos el uno al otro. Pongamos que me preguntara mi situación sentimental y yo contestara algo del tipo: “Pues divorciada, pero sólo dos veces. Ah, y tengo tres hijos” y después, quizá por romper el hielo, comentara algo del estilo “qué buena que estás”. Pues claro, ahí me puso a huevo el contestarte “Uy, no creas. Es todo fachada. Por dentro, estoy hecha una pena… Con contarte que en unas semanas me operan de una lesión cancerígena en el útero…”. Porque una estará hecha un asco pero es ética y bajo ninguna circunstancia permitiría que un tipo se enamore de mí sin conocer todos mis entresijos aunque, como estrategia de marketing pueda considerarse un suicidio. Entonces él pudo contestar, ¡qué sé yo…! Por ejemplo: “ah, pues yo ronco” a lo que yo tal vez respondiera “pues entonces estamos en paz”.

Y hasta aquí, todo esto que cuento es bastante impreciso, pero lo que sí es real es que, en ese instante exacto sucedió algo… Él (esto me lo contó meses más tarde) me miró y pensó “uf, es demasiado para mí”, pero fue sólo unas décimas de segundo porque, como además de alto y guapo, mi ex era un valiente, me volvió a mirar y se dijo “No, no es demasiado” y ahí ya extendió sus armas tratando de conquistarme ¡ay, si supiera que me tenía conquistada con sólo existir!

Hasta ahí una romántica historia de esas de fueron felices y comieron perdices… hasta que se acabaron las perdices, pero no; prometí que entraba su ex en juego y aquí llega:


Resulta que mi ex tenía una ex que era ginecóloga, ¡cachis en la mar! Y precisamente trabajando en el hospital en que yo iba a ser intervenida en breve (no, no fue ella ¡tened paciencia!) Así que los días que restaban para la operación, nuestro amor fue creciendo a la par que la confianza y tal y tal y aquel día de la operación, él ya me acompañaba en calidad de amada pareja mía.
Además de alto y guapo, mi ex resultó la mar de popular por aquellos lúgubres pasillos de hospital y mientras él solo tenía ojos para mí, las otras ginecólogas y enfermeras parecían tener ojos solo para él con lo que yo ya empezaba a temer “por tu culpa van a liarla. Ya verás tú como me extirpan los ojos, la lengua ¡qué sé yo! Algo útil aprovechando que me tienen anestesiada”, pero cuando mi ex me sonreía y me miraba con aquellos preciosos ojos suyos, incluso ese riesgo… parecía valer la pena. 
Yo que pensaba que el oficio de ginecólogo no sería lo que se dice muy «vocacional», al menos entre mujeres, me equivocaba. Chicas, ¡hay montones! Es como cuando destapas un hormiguero, salen y salen por todas partes. Estábamos mi amado y yo intrigadísimos, ¿cuál de todas aquellas amigas de su ex me pondría la mano encima y… dentro? Entonces llegó una bruja ¡digo…! Una ginecóloga más que resultó ser, esta sí, la íntima de la ex de mi ex y me dio la espalda en lugar de apoyo y andaba tratando de sonsacarle información mientras claramente nos interrumpía nuestro «hacer manitas» a la espera de que me llevaran a quirófano. Entonces mi ex, que además de alto y guapo era un amor de hombre, me besó con tanta ternura que de verdad, ¡ya estaba curada de todo mal y cualquier intervención era innecesaria!

Y luego, pues ya sabéis como funciona la “cosa esa del quirófano”: te desvistes, se presentan, te cuentan (dices que sí con la cabeza, pero los nervios no te permiten oír nada), te anestesian y para cuando quise darme cuenta ahí estaba yo, tumbada, más abierta de piernas de lo que es humanamente posible, con una luz cegadora que dan ganas de confesar cualquier cosa, tratando de encontrar un argumento para cumplir la orden ésa de “ahora relájate” que les contestarías “Si no es que no quiera ¡es que no me dejáis!” Pero no se lo dices… Asientes, respiras y finges que te relajas. 

No sé cuánta gente tenía alrededor. Entre que estás medio drogada y todos van de verde, es un lío, pero calculo que la ginecóloga que pincha y corta, otra de ¿apoyo? Y un par de enfermeras. Demasiada gente, se mire como se mire, para estar alrededor de una vagina que para colmo, es mía y suelo reservar para situaciones mucho más íntimas, pero ahí seguía fingiendo estar relajada mientras poco a poco iba perdiendo el conocimiento. Fue entonces cuando entró, como Pedro por su casa, aquella bruja… ¡digo…! ginecóloga íntima de la ex de mi ex. Como digo, como por si andara por su casa; tomó la carpeta con mi expediente, se fue a una esquina del quirófano en el que estábamos tranquilamente ocupados los demás tratando de operarme y la muy bruja (no, no, ahora “ginecóloga no cabe en este contexto”) sacó un teléfono y empezó a leer medio a escondidas cada uno de los detalles de mi informe mientras me miraba de reojo cual si fuera a vender una trucha en la lonja de pescado. No solo mi nombre o la enfermedad que me tenía abierta de patas mirando al techo sino hasta mi peso y la dirección de mi casa. El resto estaban tan pendientes de mí (que creo que era lo que procedía en aquel momento), que no parecían percatarse o no le dieron ninguna importancia al asunto pero a mí, menos acostumbrada al “Radio Patio” de quirófano, la verdad es que me pareció un asunto absolutamente poco ético… Vamos, que le faltó acercarse para tomarme una foto y enviarla a Facebook. Si no me llega a pillar inmovilizada por el potro y la anestesia me incorporo y le grito, o le lanzo un bisturí.
La bruja se marchó tal cual había entrado, el resto del equipo acabó la faena y me trasladaron a la sala de recuperación. En aquel punto, una dulcísima mujer que aunque vestía del mismo color, nada tenía que ver con “la otra” me dijo aquello de “voy a buscar a su acompañante para decirle que todo ha salido bien y puede entrar a verla” y al entreabrir la puerta donde mi amado, alto y guapo y además muy paciente esperaba dando vueltas pasillo arriba, pasillo abajo, fue cuando pude ver, de reojo, a la protagonista de esta historia: la ex de mi ex, que llegaba corriendo, con la lengua fuera, pero con mechas, hasta el punto exacto en que él se encontraba y al frenar en seco y casi sin aliento dijo algo del tipo “ah, pero qué coincidencia…” (en realidad lo dijo con las vocales mucho más laaargaaas porque como he dicho, estaba sin respiración de todo lo que había corrido para llegar. Y siguió, disimulando mucho peor que yo en el quirófano (y lo mío es más que excusable, porque, ¡caray! Me estaban operando) con “¿Y eso…? ¿Y tú por aquí?” Y algunas memeces más mientras la imagino metiendo barriga, buscando posturas que hagan algo más favorecedor ese feo uniforme médico y otros etcéteras que siempre, siempre, les presuponemos a los ex de nuestras parejas.
Ahí mi amado algo le contestó, porque además de alto y guapo era un tipo muy educado, pero como la enfermera dulcísima les interrumpió para decirle aquella preciosa frase de que ya podía verme, entonces él la dejó que recuperara el aire solita y vino raudo y veloz y precioso, absolutamente precioso a besarme en la frente y tomarme la mano.
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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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