la magia de las historias 8


 

La magia de las historias, otro Post Data

Niños imaginando historias en las calles de India

Siempre me ha gustado escribir. Siempre. Y mirad que soy poco de generalidades… uy, cada vez que alguien me viene con el “siempre, nunca, todo, nada…” Le escucho, pero con pinzas. En este caso es hasta con mayúsculas: SIEMPRE ME HA GUSTADO ESCRIBIR.

Creo que porque en realidad, de igual modo, siempre me han gustado las historias y a su vez, por este motivo, veo historias por todas partes y claro, ya el siguiente eslabón en esta escala de «escrito-demencia» es que las historias son las que te ven a ti: las oyes seseándote por la calle, diciendo “eh, eh… que estoy aquí, mírame; cuéntame luego”. Que donde otro pobre inocente iría por el súper con la lista de la compra repasando “tomates, sardinas, huevos, papel higiénico…” Yo veo “La increíble historia de las sardinas que huyendo de los tomates asesinos, un día le echaron huevos y jugaron el papel de su vida. Eso sí: un papel muy higiénico”.

 

Veo la cara de asco la cajera que bien podría llamarse Paloma y puedo imaginar todo lo que le ha pasado (y todo lo que esa noche NO le ha pasado) y por descontado, hago a su novio, que por ejemplo se llamará Miguel, absolutamente responsable; aunque ella podría espabilar, que es que siempre estamos igual… Puedo imaginar si se parecerá a su madre y casi seguro, hasta se llaman igual. Porque chicas: sí, nos parecemos MUCHO a nuestras madres. Rindámonos a la evidencia y hagamos de este conocimiento una herramienta para mejorar lo presente.

 

Y como de tanto mirar a estos “desconocidos” (y creedme, hasta entenderlos) me siento unida por una confianza que yo solita me cocino y me masco, pues les hablo sin reparo. Le digo a la tal Paloma: “mala noche ¿verdad?” o: “bonito pelo, me gusta cómo te lo has recogido”, y ahí arreglo un poco el estropicio que el tal Miguel ha dejado hecho. Y claro, no contenta con eso: luego llego a casa con los tomates y las sardinas, pero también con una historia.

 

También este “hablar por hablar, sin necesidad de saber siquiera cómo se llama el otro” es una deformación profesional y personal mía… Me habitué a esos otros lugares en los que ni España ni los españoles somos el ombligo de nada y me gustó, me gustó que otra gente se te acerque y te pregunte, o te cuente, o te pida permiso para tocarte la piel o el pelo ¡porque mi pelo, en otros lugares, es raro! “Sí, vale, puedes tocarme pero poco, eh” y luego vas y le dices “ahora me toca a mí tocarte un poco” y os reís los dos.

 

Cuando me marché a India la primera vez tuve una de las mejores ideas que habré tenido en mi vida (¿que cuántas puedo haber tenido en total: dos, tres… doce? Como mucho, veinticinco). La idea era llevar algo útil, pero que ocupara poco y llevé libros; cuentos infantiles obsoletos reciclados de mis hijos de cuando eran pequeños, y también una cámara Instantánea (Fuji Instax ¡menudo trasto!).

 

Recuerdo que mi precioso hijo Mario me decía “pero si no los van a entender; si están en español, si éste está en catalán” y yo le explicaba que no sabían leer, pero que los dibujos, las historias que se imaginasen de ellos, les harían muy felices; que son niños que no tienen absolutamente nada, y es cierto.

 

Los que habéis visitado India sabéis a qué me refiero y a los demás, os remito a Slumdog Millionaire. Todos esos niños que viven en la calle, mendigando, escarbando en las basuras esclavos de mafias o abandonados en medio de la calle durante los monzones existen y son niños como los nuestros; como los que yo había dejado en casa y escribía cartas contándoles historias de la India y de esos otros niños…

 

Un niño, que debía estar jugando, pero en lugar de eso, pasa todo el día convertido en una atracción para turistas. Su padre hoy, le va pasando las páginas del cuento entre cada canción.

 

Se acercaban a mí pidiéndome una rupia y yo en lugar de eso (no creo en absoluto en dar dinero a un mendigo, porque lo que haces es mantenerlo en la calle pidiendo), me ponía en cuclillas y les  daba un cuento. Lo abría  a la escasa altura de sus ojos y se lo leía una sola vez. No importaba el idioma. Sé que lo que tuvieran que entender, lo entendían. Luego, a veces, les señalaba y les decía: “tú eres éste: Simbad el Marino”, o “Merlín el Encantador”, o “Aladino en una alfombra mágica” y su rostro se iluminaba, creedme, como si de verdad, al menos por un momento, lo fueran.

 

¡Esa es la magia de las historias! Te permiten ponerte en el lugar de otro, sea real o no, y luego volver al tuyo “nuevo”, porque ya nunca más es el que era. Cada nueva historia nos cambia de un modo apenas imperceptible. Cada persona que se cruza en tu camino tiene exactamente ese poder, ese regalo que hacerte: cambiarte aunque sea muy muy poco, pero has de permitirte cambiar.

 

La magia de las historias, otro Post Data

NIños que debían ser Aladino, o Simbad el Marino, pero en lugar de eso, viven mendigando en las calles de India

Dejadme que os cuente, especialmente a los que penséis que esta magia solo opera en los niños, como eran las otras historias; las de la Instax.

 

En antiguas promociones de distintas marcas para las que trabajaba, regalábamos al cliente, la posibilidad de hacerle una foto ¿absurdo? ¡No! Una idea maravillosa porque en estos tiempos que corren, las fotos vuelan por las redes, de ordenador a ordenador; las tienes de fondo de pantalla y las enseñas mil veces desde el móvil pero, ¿una foto en papel? Y que además te recuerde un momento divertido, la conservas.

 

La cuestión es que de aquellas promociones antiguas tenía cartuchos de papel de fotos caducados (si no, habría resultado un capricho carísimo) y aunque ligeramente en color sepia, o manchadas, las fotos salían estupendamente. Así que, cuando eran los adultos los de acercarse a mí pidiendo rupias directamente, o con cualquier otro tipo de chanchullo: “soy tu guía”, “yo te encuentro dónde dormir”, “yo te consigo cosas bonitas para comprar”. “Que no, señor, que yo no quiero cosas”, al final, siempre, siempre, esperando de mí dinero… Una de las suertes más esperadas por ellos es que les hagas una foto. Cuánto más pintoresco el personaje, mejor, porque así seguro que les darás unas monedas en compensación por posar a su lado como si fuera Mickie Mouse en Disney World.

 

Entonces me pedían lo que fuera, una foto , y yo les decía que sí. Ahí estaban la mar de contentos y ya llegaban en oleada otros alrededor porque a las “primas con cara de euro (o de dólar) y cámara en mano” se las huele en la distancia.

 

Sacaba mi Instax (menudo trasto) y me miraban riéndose, porque no tendrán electricidad ni agua corriente, pero sí llevan los bastantes turistas en su haber como para distinguir que “aquello” no era una cámara de última generación. Entonces tomaba mi foto; la cámara hacía un ruido largo y escupía lentamente una hoja de papel cuadrado y al principio, todo negro, pero el espectáculo ya estaba asegurado.

 

Me miraban perplejos sin entender mientras me alargaban las manos pidiendo rupias. Yo entonces buscaba a cualquiera de estos individuos con bolsillo en la camisa y con un gesto respetuoso le avisaba de que iba a convertirle en mago.

Cada vez con más gente alrededor mirando a una loca con una enorme cámara de plástico y tras un minuto, hacía un gesto de varita mágica y sacaba con dos dedos del bolsillo aquel cuadrado de papel, ahora sí: convertido en fotografía y no podéis imaginar el brillo en aquellos ojos. Aquella gente que no tenía nada, absolutamente nada. Una nada que no podemos imaginar si no salimos de occidente: ni casa, ni ropa, ni jabón, ni comida, ni agua, ni un lápiz (que no saben usar) y verse frente a frente, por una vez en una fotografía.

Algunos lloraban de la emoción y también yo, qué bobada, acababa llorando pero no de «la tontería de una foto», sino de lo relativo que es todo y no nos damos cuenta.

 

Entonces, les decía señalándoles en la foto: “éste, eres tú” y “te la regalo”. No se lo podían creer, se iban corriendo en todas direcciones a enseñársela a todos; a sus  conocidos y no ¡a cualquiera que pasara por allí! Y les veía mientras la señalaban entusiasmados decir algo del tipo: «éste soy yo».

 

 

Y esta ha sido otra historia más, ¿me disculpáis, verdad? Es que… me gusta contar historias. Si yo sólo pasaba por aquí a desearos un feliz San Jorge. Espero que hoy os regalen u os regaléis un libro o al menos, el leer algo bonito.

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

otro Post Data, el blog de Pilar Ruiz Costa


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8 Comentarios en “la magia de las historias

  • Espiritudeibiza

    Me encanta los cambios que has hecho en la "front page" del Blog… Cada día te superas… Me gusta la gente que siempre está dispuesta a crecer y a evolucionar…

    Felicidades!!

  • Macondo

    De una historia más, nada. Una historia preciosa. A mí también se me han saltado las lágrimas. Has cumplido tu deseo de que hoy pudiera leer algo bonito. Gracias.

    • admin Autor

      Anda, ya, "exagerao", que eres un "exagerao" 😉 pero gracias, muchas gracias por la parte que me toca. Me alegro de haberte hecho un regalo 🙂

    • admin Autor

      ey ey ey, Señor Espíritu de Ibiza, no me presione, hombre… Llevo 3 posts en 24 horas, ¿en serio no puedo parar, aunque sea un poquito? Luego vuelvo y cuento alguna otra historia. Seguro. Será por historias… 😉

    • admin Autor

      ¡muchísimas gracias! La verdad es que, una vez más, "la cosa" se me ha ido de las manos. Yo empezaba toda dispuesta a hablar de eso, de las ganas de escribir y que una cosa lleva a lo otro y surgen locos (como tú y como yo) que acaban escribiendo blogs (porque entre nosotras, mira que es raro) y… para cuando quería darme cuenta me había ido a la India pero, como total, lo que quería era una especie de pequeño homenaje al día de Sant Jordi pues he pensado que tampoco estaba mal. Anda que no regalé libros y libros 😉

      Gracias por leer. Eres un encanto

    • patchworkdeideas

      je je, yo creo que no he conseguido hacer un post en el que escribiera sobre lo que era la idea original, las palabras y las ideas tienen vida propia y van por libre, y está bien que así sea