mierda mierda mierda


Tendrá que ver con aquello de hacerse mayor pero, de un tiempo a esta parte, yo, que he sido Doña Corrección, cada vez con más frecuencia, no atisbo a expresar bien lo que quiero sin poder colocar un “joder” al principio de la frase, o un “mierda” a la mitad o, incluso, terminar con un buen “hasta los cojones” (que os juro que no va por mí; que es una frase hecha y que soy una mujer entera de los pies a la cabeza). Pues eso, que será la edad o la vida, que en realidad no son dos cosas tan distintas.


Quién me ha visto y quién me ve. Si llegué a ser popular porque un día que debí pillarme un dedo con un martillo o que algo no me funcionaba ni a la de tres, o alguna otra desgracia equivalente, lancé toda mi frustración en un grito de “¡es una soberana porquería!”. Lo juro. Preguntad, preguntad a los pocos afortunados que estuvieron presentes en tal anécdota y que se dedican a cuidar que no caiga en el olvido… 

Creo que con el tiempo cada vez caigo menos en el error (ciertamente poco cometido) de buscar sinónimos, sino de fiarme de mi intención primera suene tal cual suene, que es lo mismo que decir que escribes con el estómago mucho más que con las manos; que hablas con el corazón muchísimo más que con la cabeza.
Quién me ha visto y quién me ve. ¡Si Jorge levantara la cabeza! Con la de discusiones que tuvimos por los desproporcionados adjetivos que utilizaba cada vez que él se encontraba en “esos días del mes”. O Jaime, el gracioso psicólogo (y después amigo pero ambas cosas a la vez no se pueden) que nos sometió a aquella terapia de parejas intentando, no salvarnos; sino que si nos teníamos que romper (el uno al otro y esa nueva formación que éramos los dos juntos), lo hiciéramos deprisa. Que si nos teníamos que ir (o mandar) a la mierda, lo hiciéramos y nos sometió a ese ejercicio de plantarme frente a mi amado, cronómetro en mano, sin que él pudiera alegar absolutamente nada para gritarle e insultarle (ay, quién pillase esa situación de tanto en tanto, ¿verdad?) y yo ¡ingenua de mí! ¡Inocente de mí! Solo sabía decirle cómo me sentía y sobre todo, sobre todo… como añoraba cómo me había sentido tiempo atrás. No sé si gané o perdí, pero acabé mandándoles a la mierda a los tres: a mi amado, mi terapeuta y a la terapia, pero con tacto y sin mencionar el feo destino. Toda esa tortura del psicólogo tenía el único propósito de “sacar la verdulera que tengo dentro” aunque después se disculpó diciendo que «había sido un error, que dentro de mí no hay ninguna verdulera». ¡Que resulta que sí la hay, Jaime, la veo asomarse! Solo era cuestión de tener paciencia… Era cuestión de tiempo o de que se sumaran los años, por ejemplo, a las crisis, al ver cómo el mundo que nos rodea se va (o lo mandan) a la mierda, o bastaba con ver como los derechos más fundamentales, ésos que sientes ciertos como el aire, se van robando impunemente entre el silencio de otros y claro, a mí, por pura solidaridad se me acumulan las palabrotas, ¡alguien tendrá que maldecir en voz alta! Será, será algo o mucho de eso pero ¿sabéis? Creo que por encima de todo, es que cada vez amo más el lenguaje. 
“De la mierda no se habla. Pero ningún objeto, ni siquiera el sexo, ha dado tanto que hablar, y esto ha ocurrido siempre» 
Dominique Laporte, Historia de la Mierda
Repasando entre la mierda… 
Mierda; del latín merda. En sentido estricto es el resultado del proceso digestivo, y se refiere a los deshechos fecales de un organismo vivo normalmente expulsados por el ano. En el lenguaje coloquial es una expresión generalmente malsonante usada para denotar enfado o contrariedad. Se utiliza también para indicar que algo no te importa nada o que te parece de mala calidad. Se puede sustituir la palabra por un eufemismo, que es la interjección «miércoles» pero, ¡qué caray! Ya que te pones, te pones. 
Mandar a la mierda; mostrar desprecio ante alguien o expresar deseo de tener a esa persona lejos.  
Estar de mierda hasta el cuello; describe a una persona en situación comprometida o embarazosa.
Oler a mierda; indica que una situación es sospechosa, turbia o poco clara 
Comer mierda; describe una situación difícil, donde la persona debe pasar por muchos obstáculos o es una persona a la que se le ha asignado una tarea o responsabilidad de forma poco ecuánime.
No confundir con:
Comemierda; persona despreciable, arrogante, con aire de superioridad, que goza de hacer sufrir a otros, o que es egoísta. Muy utilizado por ejemplo, para referirse a políticos.
Mucha mierda; Muy popular en el teatro, quizá por aquello de que por superstición se cree que hay que desear lo contrario de lo que uno desea que ocurra o, quizá esté su origen en que antiguamente en París, únicamente las personas de la clase pudiente, podían ir al teatro y acudían al mismo en coche de caballo. Entonces, si en la puerta del teatro había gran cantidad de mierda, significaba que el teatro estaría lleno, o lo que puede suponer mucho éxito.
Pisar mierda; No he encontrado el origen de tan bonita superstición pero no andará por senderos muy distintos al de desear lo contrario; es decir, si te ha sucedido algo terrible como pisar una mierda, por compensación, te espera algo muy bueno así que, corre a comprar un boleto de lotería pero, recuerda: si la has pisado sin intención. Tomar carrerilla para saltar encima invalida la acción mala suerte, buena suerte.
Fuente de inspiración de tanta mierd… digo… sabiduría: Wikipedia
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¡Ninguna! ¿Pero qué os habéis pensado? Este es un blog decente… No obstante os invito a curiosear entre:

 


Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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