hombres y cucarachas 2


hombres y cucarachas
Tengo una amiga voluptuosa (en el sentido más mayúsculo que se os pueda ocurrir). Es cualquier cosa menos discreta y a sabiendas, ha hecho del no pasar desapercibida (entre los miembros colgantes a la derecha del sexo masculino especialmente y entre algunas de las novias inseguras de los susodichos) todo un arte. 
No obstante, como también sangra si la cortan (y sobre todo: es mujer), nuestras tertulias acaban a menudo divagando sobre esas penurias que los varones nos hacen pasar ¡ay, hombres, hombres…! Ni contigo, ni sin ti. 
Sin embargo, tenemos otra curiosa conversación reincidente: LAS CUCARACHAS, por las que ella siente una profunda aversión.
Como yo, que soy así de más vieja y más viajada, ya pasé por ello y además, me la curé solita (ya os lo contaré en otro post porque fue precisamente en El Caribe donde el insecto en cuestión alcanza unos tamaños que te hacen desviar el coche para no atropellarlas por el riesgo a abollar el coche), me permito darle pautas; primero desde la información más práctica y objetiva y después, aún si cabe, desde el cariño hacia una especie con la que podríamos perfectamente convivir (esta parte es para avanzados y cuesta siquiera sacar el tema ante un fóbico practicante). 
Pues bien, hallábame yo cenando una noche de sábado con mi amiga despampanante (¡una minifalda…!) y entre risitas porque tal o cual la mira y tropieza, íbamos poniendo a caldo a fulanito, menganito, Juanito… A todos y cada uno de esos ex tan, pero que tan tontos, que pudiendo estar con nosotras del brazo… no están. Así que, entre curry tailandés y vino blanco, en un concurrido restaurante de moda, con pantalla de fútbol y todo, y aquellos hombres repartidos por las mesas; sacando lo más puro que hay en ellos, intercalaban miradas a una y otra (a mi amiga y la pantalla, quiero aclarar) y nosotras brindábamos por nosotras, por vosotras, por el presente, por el futuro e incluso, incluso (porque la fe es lo último que se pierde), por EL AMOR. Y una botellas y unos postres compartidos después, nos despedimos, con dos besos y muchos más buenos deseos, hasta el próximo encuentro. 
Pero, la parte importantísima de esa noche está aún al caer. Estaba ya en la camita contando ovejas a eso de las cuatro de la mañana cuando sonó el teléfono. No era un hombre enfermo de amor, diciendo que había abierto los ojos y quería pasar cada día de su vida junto a una mujer sabia y dicharachera como yo, no, sino la voluptuosa de la minifalda. Sin embargo, en esta ocasión no llamaba para ponerme los dientes largos porque ella había pillado y yo no, sino presa de un ataque de pánico. En su baño había una cucaracha y claro, me ofrecí a ir así en mini pijama porque su voz transmitía toda la emergencia del momento, pero me dijo que por favor, por favor, “solo no la colgara. Que la hablara, pero que sentía que tenía que hacerlo ella sola.” ¡Eso es madurez! ¡Esa es una mujer valiente, que se crece ante las adversidades (y todos los ex debieran verlo)! Así que traté de espabilarme, me acomodé la almohada y fui dando instrucciones telefónicas de cómo acorralar a una pobre cucaracha con el único fin de asesinarla con premeditación y alevosía (debo insistir: única opción válida para un fóbico practicante en pleno ataque de pánico). 

Primero hay que cerrar la puerta del baño, ¿lógico, no? Ella gritaba “¡No!” por el miedo a sentirse encerrada con el bicho, pero claro, en cuanto le explicas que si escapa en vez de por el baño va a tener que buscarla por toda la casa… recapacita. 

Luego viene salvar lo salvable antes de rociarla de insecticida (se había escondido detrás de los rollos de papel higiénico), y ojo, tras rociarla mucho, mucho, ya la advertí que se volvería loca y se movería como si tuviera como si tuviera un ataque epiléptico, pero todavía más y la guapa gritando y llorando por teléfono, pidiéndome por favor, que no me riera de ella. Le dije que por supuesto no en ese momento (somos amigas de verdad), pero que al día siguiente… se iba a enterar. 

Pues bien, ¿sabéis lo que hizo la cucaracha en cuanto ella empezó a rociar spray a ciegas? Escaló el váter y… se lanzó al agua. En otras palabras: se suicidó. Le dije que tirara de la cadena y que era la mujer más afortunada del mundo. Que el paso siguiente hubiera sido realmente el difícil: aplastarla y recogerla mientras patalea y sacude las antenas, aún con el cuerpo disperso en pedazos por las baldosas del baño y ella, oh, Diosa de la Fortuna, se lo había ahorrado. 

Luego tocaba salir de ese baño que sin duda debía estar sin capa de ozono. No penséis que ahí terminó la noche. No, no. A la media hora me volvió a llamar porque del miedo, veía a la cucaracha en todas partes y sentía que la rozaba en cualquier lugar del cuerpo, así que de nuevo, me pidió que le hablara, que le contara alguna de mis batallitas, ¡la que fuera! (¿Cómo no escribir un blog si mis propias amigas me hacen día a día, una profesional de contar historias?), pero no me hacía ni caso. Enseguida perdía el hilo y gritaba otra vez. Al día siguiente, con copa de vino en la mano y por supuesto en público, ya me pude burlar de ella como se merece y expliqué que ya imagino perfectamente cómo son sus orgasmos mientras la imitaba y repetía sus grititos y gemiditos. 

Y ahí, tras brindar por nosotras, por vosotras, por el presente, por el futuro e incluso, incluso… Por la difunta cucaracha, ya pudimos reírnos las dos… ¿NO ES MARAVILLOSO?
niño gritando en la ducha
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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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