claro que me acuerdo de ti


me gusta

Entiendo que haya detractores de facebooks, myspaces, tuentis, twitters y demás. Por supuesto, pero tienen más de miedo a lo desconocido, que de argumento lógico. Es igual de peligroso temerle al teléfono (y no me refiero solamente al móvil).

Uno proporciona de sí la información que quiere. Ni un dato más.

Nos dan una facilidades tremendas para inventarnos qué personaje queremos ser: cómo “me llamo”, cuándo “he nacido”, a qué sexo pertenezco, mi profesión, etc en un gran juego virtual… Si quiero, solo si quiero.

Por supuesto que nadie tiene un millón de amigos, pero ¿realmente alguien se lo cree? Se acabará cambiando la definición de amigo como se ha ido cambiando la de “fan” por un “me gusta”, mucho menos comprometida para nuestro idioma. Será… ¡qué sé yo! “Conectado”, “enredado” ¿Os imagináis? “Sí, me he liado con fulanito en Facebook” ¡Qué va, con “fulanito”! ¿Qué tal “llevo tiempo enredada con Brad Pitt en Facebook y George Clooney en myspace”? Así, por poner un par de ejemplos. Suena estupendamente…

Me pierdo… Retomemos el tema. Ya hemos aprendido la lección (y muchos en nuestras carnes) de que estas relaciones virtuales pueden estar muy bien, ser enriquecedoras, pero no pueden jamás sustituir a las de nuestro entorno. Necesitamos “conectar” pero también insustituiblemente necesitamos tocar, abrazar y besar.

Así pues, el personaje que te inventes tendrá una caducidad, pero en lugar de resignarte a ser quien eres, tienes más opciones: ser notablemente sincero (que no es publicar todo del tipo “ahora estoy yendo al trabajo”, “ahora pillo un atasco”, “ay va, qué retortijón”) o, la mejor a mi parecer: podemos usarlo como excusa, como catapulta para ser quien quieres ser. El camino más corto para cambiar, para saber lo que queremos, suele pasar por encontrarnos frente a frente en el espejo con todo lo que no queremos.

Esta publicidad de tantas y tantas vidas nos permite observar (insisto, lo que cada uno muestra de sí mismo) y comprobar cómo hay infinidad de sujetos que se construyen y reconstruyen a sí mismos una y otra vez.

Vemos proyectos que empiezan y terminan, vemos que les envían mensajes alegres, les quieren, les valoran, van a fiestas y viajes y… ¡sonríen! Etiquetados en cientos de fotografías, ¿es todo mentira? No, claro que no. Ese argumento sería igual de injusto que temer a las redes sociales, pero… ¿Cómo es la vida que muestro? ¿Se parece a mi vida? ¿Y cómo es mi vida?
Ése es el propósito de las redes: estar conectado ¡con quien quieras! Con quien quiera (como debiera ser en la vida) estar conectado contigo. Compartir información, fotos, música, opiniones… experiencia.
E independientemente de toda la gente buena que puedas toparte en cualquier ciudad de cualquier país de cualquier continente, con el único requisito de que tenga acceso a internet, también regresa a tu vida gente del pasado. Antiguos compañeros de escuela, de infancia, del sitio en que naciste, de la calle en que te criaste, parientes perdidos en el tiempo y es maravilloso poder tener una opción que antes nos estaba vetada como no contrataras a un detective.

Todo empieza más o menos así: ves por casualidad que un amigo es amigo de un amigo que, mira tú por dónde, tiene de amigo a aquel o aquella y, le escribes, (¿por qué no hacerlo?) Y el otro/a contesta unas palabras que pueden alegrarte el día: “claro que me acuerdo de ti”.

De hecho, mi prima (sí, sí, lo sé, siempre acabo hablando de mi prima pero, ¡es tan bonita ella! Uy, si la vierais…) ha quedado esta semana con un tipo con el que salía hace dos décadas. Se encontraron por las redes. Él le pidió tomar un café, pero luego lo pensó mejor y le dijo de ir a cenar. Así, sin haberse visto ni hablado en muchos años. Habrá que recuperar el tiempo perdido y ponerse al día, ¿no? Y espera a que vea lo estupenda que está, ¡no volverá a perderle la pista!
Yo por mi parte, me marché a vivir a otra ciudad lejos de mis orígenes, pero por ejemplo, he tenido el privilegio de la visita de un antiguo compañero de colegio al que no veía desde hacía veinticinco años.
Nos encontramos hace un año en la cena de reencuentro de viejos alumnos y aunque las ganas que mostramos todos eran las de continuar en contacto, parece que sólo él y yo hemos sobrevivido a la desidia de nuestras rutinas que acaba matando (si las dejas) cualquier buena intención.
Nos hemos visto tres veces en un año así que queda mucho aún por ponernos al día, pero como somos valientes y no nos asustan las tecnologías; como sabemos que no son el enemigo sino herramientas que están de nuestra parte y como sabemos que “la distancia” es algo que vivieron generaciones pasadas pero este concepto apenas existe ahora, tiramos de mensajes y así estamos “conectados”.
En uno de sus e-mails me escribía que “ahora que volvemos a estar en contacto, le daba rabia llevar veinticinco años sin hablar conmigo” y yo, que tengo su edad pero soy muchísimo más vieja le contesté con toda la sabiduría que la vejez otorga que no sintiera rabia, que se alegrara de poder estar haciéndolo ahora.

¿Os dais cuenta? La distancia es algo que vivieron y padecieron generaciones pasadas pero este concepto apenas existe ahora.

Tengo muy pocos “amigos” virtuales y sin embargo hablo casi a diario con Nueva York, Miami, Colombia o República Dominicana ¡Isa compartió con nosotros la Nochevieja desde su webcam en Nueva Zelanda! Y caray, qué morena y qué guapa está. Daban ganas de tocarle una pierna, llenarla de abrazos y besos, pero eso, online… aún no está inventado.
Tal como éramos hace treintaytantos

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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