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Nací en Ibiza en los 70. No se me ocurre un mejor lugar ni una mejor época para haber nacido.

La isla era mucho más que aperturas y cierres de discotecas de renombre y hogar de veraneo de famosos varios.

La Ibiza que conocí tenía color a playa, a casas encaladas, a caminos de tierra entre pinos y sabinas y los guiris, eran un espécimen que observábamos con curiosidad, torrándose al sol con aquella ropa tan colorida.

No es fácil encontrar ibicencos fuera de su hábitat. De algún modo, la isla nos absorbe y despotricando de tanto en tanto, entrando ysaliendo, pero nos quedamos.

Hace unos meses tuve un claro ejemplo de ello. Organizaron una cena reencuentro para nuestros antiguos compañeros de escuela tras veinticinco años de graduarnos. Claro que entraba dentro de lo esperado ser la única soltera («single» mola mucho más) y la única abuela del evento, pero me sorprendió saber que también era la única que vivía fuera. Ese diminuto porcentaje sirve muy bien de ejemplo para definir los pocos ibicencos en el exterior del territorio pitiuso. Los ibicencos salen, estudian, viajan, pero regresan.

En Ibiza conservo a mis padres, a mis hermanos, todos mis tíos, primos (excepto el popular y atractivo presentador de Balears pel Mon que ejerce de nómada en lo personal y en lo profesional), amistades y cariños en los que el tiempo y la distancia no hace mella y también, como todos: fantasmas. Cada visita a la isla me sorprende con los unos y los otros. A veces a partes iguales, otras, prevaleciendo cualquiera pero siempre, siempre, con la necesidad de un silencio tras el viaje que me ayude a reubicarme a dondequiera que pertenezco.

La posición de ibicenca fuera de Ibiza me permite notar más los cambios que se van produciendo. La mayoría, espantosos: masificación de edificaciones sin orden ni concierto, aparcar en la city es imposible y me pierdo entre autovías y rotondas absurdas que acomodan muy poco la vida de los locales y sin embargo logran que muchos paisajes duelan en los ojos.
Sin embargo, hay algo entre los coches y el asfalto que reconozco. Hay partículas en el aire que hablan un idioma que entiendo. Hay olores que son míos y quien realmente me conoce, lo sabe.
Tengo que encontrarme. ¿Soy de ninguna parte, o quizá…? ¡Soy de todas! Me vinculo con facilidad a los lugares y sin embargo, no arraigo en ninguno.
Recuerdo cuando con no más de diez años le decía a mi madre: «Creo que debo ser de otro sitio porque no me siento ibicenca.» Y sin embargo fuera, me siento de Ibiza y lo grito dondequiera que vaya (que hay que ver que popular es la isla de las discos en el mundo entero).

¿Será que de algún modo, el corazón se te va repartiendo por los lugares que has querido y sobre todo, en los que has sido querido? Será, será, pero este corazón en concreto, repleto de sellos de pasaporte y de cariños con distintos gentilicios, es «made in Ibiza».


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

otro Post Data, el blog de Pilar Ruiz Costa


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Un comentario en “made in Ibiza

  • Laura

    Hola! He leído tu post y me ha gustado mucho. No soy de Ibiza, sólo he estado allí algunas vacaciones, a través de un alquiler casa ibiza. Pero me siento totalmente de acuerdo con lo que comentas, o al menos puedo sentirme así porque por las pocas veces que he estado en la isla he notado esta atmósfera especial 🙂
    Laura