para mi madre (y para la tuya) 4


I love mamá
Decía mi madre que “madre” era la palabra más bonita del mundo, pero claro, no era objetiva y yo, que ya era cabezona desde mis inicios le decía “pues depende, ¿hablamos del significado o del sonido de la palabra?” Y en cualquiera de los casos, yo tenía otras varias palabras favoritas. También decía mi madre que “fíjate, que si a la palabra más bonita del mundo que es ‘madre’, le añades ‘política’ ya la conviertes en la más fea”*, pero insisto: es que no tenía credibilidad alguna en el asunto. Así como se anulan ciertas declaraciones por estar bajo los efectos de sustancias estupefacientes, mi madre, hablaba bajo el prisma de verse como la inmodesta madre estupenda de cuatro hijos tirando a regulares, que nos llevábamos del primero al último exactamente cuatro años y cuatro días. Medalla de mérito que deberían haberle dado… También hay que reconocerle que ella tenía siempre, como espejo en el que mirarse, a su propia madre: mi abuela; una persona excepcional donde las haya. Con deciros que lleva una década muerta y aún así viene a verme de tanto en tanto… pero ése, será otro post.

El de hoy es este pequeño homenaje a todas esas señoras, madres que se cansaron (mentira, esas madres no se cansan nunca) de “sufrir” por nosotros, “¡de todos esos disgustos que les dábamos!” La mía ha llegado a decirme en mis narices cuando me ha atacado una desgracia “que lo pasa peor ella que yo”. Hala, y se queda tan ancha… Esas madres “patidores” (sufridoras) que conocí a lo largo y ancho de Mallorca, que hacen de ese sufrimiento público todo un arte y un orgullo. Imaginaos que la expresión con la que reciben al hijo al volver a casa es “m’has fet passar una penaaadaaa” y lo siento, para “penaaadaaa” no existe traducción. Viene de “pena” que es exactamente igual en castellano, pero sí os digo que cuanto más pene esa mujer (pene de pena, no de manubrio que os veo venir), mejor madre se siente que es.
Esas frases estelares con las que crecimos; que si “¿dónde vas con esa pinta o, con la camisa sin planchar o, con eso roto, o tan corta, o con esos pelos?”, que si “abrígate, no vayas a coger frío”, o ese “¿No te vas a terminar lo del plato? Pero si lo he hecho para ti.” “Que vengas que ya están las lentejas”, “No sé que le has visto a ese chico (o esa chica), con lo que tú eres,”, “Ya sabes a lo que va y cuando lo consiga…. No, si yo lo digo por ti”, “Ay, qué disgusto”, “Ay, cómo se entere tu padre”, “Ay, si tu abuela levantara la cabeza…” Pues si llevara tiempo muerta, vaya un susto (excepto cuando hablamos de la mía que la levanta, vaya si la levanta, pero ya he dicho que ese es otro post, no insistáis más).
Y ahora, vamos con mis citas maternales favoritas: “Ya te lo había dicho yo” o su otra versión de “si ya lo sabía yo”; aquel “¿te habrás cambiado de bragas? Por si tienes un accidente” a gritos cuando ya estás en el portal y justo está entrando ese vecinito que tanto te gusta y el clásico: “¿y qué van a pensar?” Al que saltas de los nervios con otra pregunta rebote “¿quiénes, mamá? ¿Qué van a pensar, quiénes?” Y ellas, las madres, contestan con ese gesto de total sabiduría: “la gente.” Hala, y vuelven a quedarse tan anchas y como haya otra vecina (también madre) encima va y les da la razón.
Esas madres incomprensibles que son las más duras críticas contigo pero luego presumen delante de las amigas exactamente de lo mismo que te reprocha a ti “Vaya una letra en el examen. Te han puesto un 7 no sé porqué porque con esa letra…” y las escuchas atónita decirle a la vecina “Pues hoy mi Juanita otro sobresaliente que le han puesto. No, si esta niña será médico o cajera del súper o algo… Bueno, claro está, que yo la ayudo con los deberes…”
Esas madres nuestras siempre perfectas, que te recuerdan a la par, todas tus imperfecciones; ésas en las que saliste a tu padre (o a tu abuela paterna). Esas madres que siempre se levantan antes que tú y para cuando te arrastras con legañas camino del baño ya tienen la casa limpia, la lavadora tendida y los garbanzos hirviendo, pero no de esos de conservas, no; las madres madres, ponen los garbanzos en remojo la noche anterior. Esas madres que zurcen calcetines y te hacen punto y te llaman inútil a la cara porque tú no sabes y aún te lo llaman más alto cuando vienen  tus amigas de instituto a casa con esa cara de modosita que siempre ponemos delante de las madres de nuestras amigas y qué mejor momento que esas visitas para ponerte en evidencia sacando fotos de tu comunión, con las manos juntas tal que si rezaras y mirando al cielo de medio lado. Natural como la vida misma… o esas primeras fotos cambiándote el pañal o desnuda por la playa y sueltan “¿veis que gordita que estaba? Mirad qué jamoncitos…” O esas narraciones de los partos con todo lujo de detalles “Con todo lo que me hiciste pasar, que mira que venías bien y te me atravesaste. Si eras vaga hasta antes de nacer.” Y ese “ya engordarás, ya, ¿qué te crees? Yo cuando tenía tu edad era igualita que tú” y sientes como se te forma un nudo en la garganta.
Esas madres que te recriminan que no les ayudas a limpiar nada y cuando te pones te dicen “quita, quita, que no sabes hacerlo”, que rehacen la cama porque “no sabes estirarla “así” por las esquinas” y cuando les sueltas el “si total la voy a deshacer” te largan una colleja.
Esas madres maravillosas de peluquería y permanente; que huelen a Nivea y a bizcocho, a aceite de oliva y a jabón Lagarto. 
Hay una escena de una película fantástica “El amor tiene dos caras” (The mirror has two faces) en el que una maravillosa Lauren Bacall conversa con su hija Barbra Streisand en la cocina y le dice “ningún padre quisiera jamás ser un mal padre” y estoy, a pesar del tono extremadamente irónico del post, totalmente de acuerdo. También en que hasta que no eres padre (o madre en este caso), cuesta ponerse en el lugar de la propia. Es más, a partir de entonces y en picado te sorprendes repitiendo con más o menos asiduidad algunas de aquellas pautas que detestabas: si tú tienes frío, al niño le falta ropa; si no te gusta el novio de turno de tu hija, no te gusta y sientes un “noséqué” que te recorre la espalda y por mucho que te cuente tu retoña que es “el que más mola del insti”, no te fías y como hemos leído mucho, le dices a tus cachorros que “¡muy bien!” Cada vez que hacen la cama pero en cuanto salen del cuarto, estiras el edredón por las esquinas que es como tu madre te enseñó a hacerlo. No hay mejores lentejas que las de tu madre, eso está científicamente probado y también que, aunque les moleste y mucho lo que “la gente” vaya a decir de ti, cuando hace falta te defienden con uñas y dientes.
En realidad, este post no ha sido pensando en la mía (que no, Conchita, que tú eres estupenda y tus hijos no te conocemos ni un defecto), o al menos; no sólo en la mía. Pensaba en estas otras madres a las que los reveses de la vida las hacen doblemente madres. Las que son madres y padres y las de ahora, que son las que de verdad sacan el país adelante mucho más que los políticos. Todas esas madres, que debieran estar viviendo ahora esa etapa necesaria del nido vacío** y se encuentran, por la crisis con los hijos de vuelta a casa o haciendo unos sacrificios que a estas alturas ya no les corresponderían para repartir lo que tienen con los hijos, que deberían ser independientes y por las circunstancias, no pueden serlo. 
Con mucho cariño para ellas. Os merecéis mucho más que una postal hortera, un perfume o unas flores, creedme: os merecéis el más sentido de los besos. 
*Madre política: suegra.
**Se conoce como síndrome del nido vacío al conjunto de síntomas de tristeza, soledad, preocupación, de que “se les cae la casa encima” que aparecen en algunos padres, pero sobre todo madres, cuando sus hijos se van de casa. Suele venir acompañado de un profundo análisis del sentido de su vida y sobre todo, de la búsqueda de un nuevo sentido a esa etapa que comienza.
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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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