“Lo que tú quieras; no, en serio, lo que quieras tú”


Yo estuve casada con un tipo estupendo. En serio, mi ex marido y yo fuimos pero que muy muy amigos antes de que la convivencia primero y el matrimonio después lo acabara destrozando. Cosas que pasan; apuestas que pierdes.

Desde la perspectiva del “después”, la verdad es que no teníamos mucho que ver… A él le pirraba el fútbol (forofo del Madrid a muerte) y hacer cualquier tipo de deporte. Yo, aunque me he puesto en materia alguna vez, la verdad… no acabo de entender el fútbol. Es un misterio para mí y bueno, lo del deporte… Soy mucho más de spas, de masajitos y esas cosas (que me muevan otros, vamos). A mí, en materia de hobbies, lo que me ha gustado siempre es escribir, pintar, recoger muebles de las basuras y restaurarlos… Otro tipo de cosas.

La cuestión es que quedamos atascados largo tiempo en esa etapa llena de síntomas inequívocos de que aquello no daba más de sí que cualquiera de los dos hubiera visto tan solo con haber querido mirar. Uno de estos síntomas lo denomino el “Lo que tú quieras, cariño. No, lo que quieras tú” que quiere decir en realidad “Siempre hacemos lo que TÚ quieres”.

Así, dentro del escaso tiempo libre que compartíamos; en aquellas contadas ocasiones en que podíamos por ejemplo salir, tenía lugar ese diálogo de merluzos:

   -Bueno, ¿y qué quieres hacer el sábado?

   -Lo que tú quieras.

   -A mí me da igual, hacemos lo que quieras tú.

   -No, en serio, que me da lo mismo. Hacemos lo que tú quieras.

Buena soy yo para hablar chorradas. Zanjé el asunto la segunda vez: si el día en cuestión caía en impar, decidía él sin poder preguntarme siquiera; si era par, decidía yo ¡mirad lo que puede dar de sí la institución del matrimonio!
Así que, un fin de semana impar fuimos, por ejemplo al cine a ver la peli que él quería y que no resultó todo lo bien que él esperaba y después, a cenar donde él quería y al final, tampoco resultó en absoluto lo que a él le hubiera gustado y, con esa sensación de insatisfacción… no quería volver a casa y me dijo:
   -Podríamos hacer algo más.
   -Vale, como quieras.
   -¿Qué te apetecería?
   -No sé, lo que tú quieras.
   -¿Qué quieres tú?
   -No, no, no… es impar. Elige tú.
   -Es que en serio, me da igual. Hemos hecho ya dos cosas que yo quería, hagamos algo que quieras tú.
Ahí se me encendió una luz:
   -Hombre… podríamos… No. Olvídalo.
   -Lo que quieras, en serio. Dime qué te gustaría hacer.
   -No, que nos conocemos, luego te mosquearás.
   -No, qué va, ¿qué te gustaría hacer?
   -Que no, que no… que te vas a mosquear. Además, es sábado, por la noche. Seguro que prefieres ir a tomar algo.
   -Que no, te lo prometo. Lo que tú quieras, ¿qué te apetece hacer?

   -Es que… hay un mueble que me gusta desde hace días en la calle y es una zona que de día no se puede aparcar, pero así, de noche… y entre los dos… ¡será un momentito!

Y aunque oí claramente cómo le rechinaban los dientes, tragó saliva y solo dijo el “vale” menos sincero que se puede pronunciar.

¡Y yo era tan feliz! Porque hacía como dos días que había descubierto abandonado en plena calle aquel tesoro de mueble: una cómoda bastante grande, con puertas y cajones. En mi imaginación ya la había decapado en blanco, la había encerado… Iba a ponerla en la entrada de casa ¡una preciosidad! Pero era demasiado voluminosa para moverla yo sola… Crucé los dedos para que el mueble siguiera todavía mientras, dando saltitos en el coche, le iba dando indicaciones al santo de mi futuro ex.
Aparcamos terriblemente sobre la acera nuestra maravillosa Pontiac Trans Sport y, qué casualidad; en la ventana de enfrente, abierta, se vislumbraba lo que parecía una fiesta de estudiantes con muchos jovencitos asomados fumando con música de fondo.
   -“Genial” –pensé yo- “Como no podamos levantarlo solos, les sonrío para que bajen.”
Porque el mueble en cuestión era muy grande. Debía medir como tres metros y eso, en madera maciza, es peso. Ahí estaba; en bastante buen estado a pesar de haber pasado a la intemperie aquellos días. Abrimos la portaza trasera de la Pontiac y mi molesto acompañante empezó a cargar de un lado. Encima, empezaba a llover y a pesar de las gotas de agua sonaba claramente su rechinar de dientes. Los jóvenes de la ventana se fueron multiplicando para ver qué hacían aquellos pirados del cochazo a esas horas de la noche y en este punto es cuando tengo que comentar que yo iba mona monísima. Con una blusa de seda bastante transparente en color rojo, tacones y una preciosa falda negra que se sujetaba sensualmente a mi cintura con un lacito a cada lado.
Por eso sucedió lo que tenía que suceder y, al levantar yo mi parte del mueble, se me enganchó la falda que cayó al suelo en un solo movimiento dejándome con el culo al aire porque el tanguita rojo, tapar, lo que se dice tapar… no tapaba. ¿Qué podía hacer yo en aquel momento? Por supuesto, solo una cosa: reír. Así que solté el mueble, traté de recuperar la falda enganchada debajo mientras me reía a carcajadas bajo la lluvia que ya caía riéndose sobre nosotros también. Mi marido gritaba que le ayudara, que pesaba y yo no podía ni hablar pero os juro que intentaba decirle que lo soltara, que se riera, que disfrutara porque “aquello” era divertido mientras, con una mano y la flojera que da la risa yo era incapaz de levantar un mueble.
Acabamos, no sé cómo, subiendo aquel muerto de cómoda al coche y después; ya de madrugada, los tres pisos sin ascensor de nuestro piso. Mi ex debía estar imaginando todo lo que alegaría en nuestro inminente divorcio. Soltamos el mueble exactamente donde yo lo quería y sin dirigirme la palabra, se fue a la ducha.

Cuando salió a los diez minutos, me encontró sentada en el suelo, mirando el mueble y aunque os juro que en aquel momento no habría cometido la osadía de hacer un solo comentario al respecto, mirad si son transparentes los remordimientos en mis ojos que él no pudo más que preguntarme:

   -¿Qué? ¿Qué? ¿Qué pasa ahora?

Tragando mucha saliba:
   -Que… no me gusta.
No hizo falta que pronunciáramos una palabra más. Agarramos cada uno por un lado y él limpito y yo con mi modelito sexy bajamos el mueble, esta vez a la acera de nuestra manzana. Cuando volvimos, se marchó a la cama sin hablarme y sin mirarme siquiera.
A la mañana siguiente, no pude sin embargo más que despertarle toda feliz.
   -¡No te puedes imaginar qué ha pasado! –Dando saltitos por la casa.
Él, aún enfadado conmigo:
   -¿Qué ha pasado?
   -¡El mueble no está! ¡Se ha ido! Todavía le han pasado más cosas esta noche, ¿te imaginas? Algún pirado ha pasado, lo ha visto… ¡y se lo ha llevado!
Y yo no podía parar de reír mientras él, al menos un poquitito… no podía parar de odiarme.
Dicen que siempre existen por lo menos tres versiones de una misma historia que aquí quedarían claramente definidas en: la mía, la de mi ex y la del mueble. Si alguien conoce la versión del mueble, por favor, que la cuente. Me interesa, me interesa…

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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