Cariño, espero que te guste (o cómo romper tu pareja en dos San Valentines)


cuadro Jorge Pilar beso

Él le regala a ella, envuelto en papel verde lleno de logos de El Corte Inglés, una camiseta de su equipo de fútbol favorito («su» de él). No una de esas temibles camisetas inmensas sino, una nueva versión estilizada y además, la oficial de esta temporada por lo que le ha costado una pasta. Además, está nervioso por su reacción porque tenía la opción de que el número del dorsal fuera en rosa claro o rosa oscuro (no pretendas de un hombre que distinga el color fucsia, salmón o pastel) y espera adivinar en sus ojos («sus» de ella) si ha acertado con la elección.

Respira aliviado. Ella sonríe y le da las gracias y él le dice que «así ya tiene que ponerse cuando le acompañe al partido» y le da una cachetada en el culo. Lo que pasa es que a ella no le gusta el fútbol, le trae sin cuidado ese equipo en cuestión (su ex era del equipo rival) y nunca, nunca se pondría una camiseta semejante porque, para empezar, no tiene ni unos zapatos a juego y de todos modos, ambos saben que no le acompañará.
Ya en dos ocasiones a lo largo de ese tiempo ella ha intentado hacerlo, por «compartir» y él ha respondido con una mueca de que «es que si va, como tiene que estar pendiente de ella o, explicándole todo, no se divierte con sus amigos».
Llega el turno de ella, que le regala a él un paquete vaporosamente envuelto en papel satinado y terminado con un gran lazo (esta vez, sí, en color salmón que, chicos, es más que un pescado). Esconde una cesta que, entre virutas de papel en forma de corazones tiene perfectamente alojados tres frasquitos de cremas: una crema nutritiva reestructurante noche, un contorno de ojos y un minimizador de poros. Todos de una nueva línea masculina de una prestigiosa marca japonesa, con extracto de caviar y perla. El paquetito también transportaba en el fondo una pequeña nota, pero él no ha llegado a verla. Ya ha soltado el lote mientras sonríe y… también le da las gracias. Ella le besa y le dice que, «Como es tan guapo, quiere que empiece a cuidarse». Él lo intenta. De verdad que lo intenta. Abre la crema nutritiva y con cierto asco (porque, chicas, las cremas pringan) se la esparce por la nariz y los alrededores dos noches seguidas. Nunca abre el precinto del contorno de ojos y, del minimizador de poros, curiosamente, que solo abrió para olerlo y le pareció apreciar todas las gamas del caviar en estado de putrefacción, ha perdido el tapón y se ha ido formando una costra de crema que a él le magnifica la sensación de que huele «como a podrido».

Ambos han contado por separado los regalos que hicieron y claro, han ganado la admiración y el apoyo de sus congéneres (amigos de toooda la vida) y otros familiares próximos que no entienden cómo su propia pareja, puede conocerles tan poco…

 
Y sin embargo, el uno al otro, no se dirán nada. Es decir, sí; él le dirá a ella en una ocasión «¿Y la camiseta, no te la pones? Se va a acabar la temporada» y ella le dirá que sí, que el otro día se la puso para ir al gimnasio sin saber de qué temporada exactamente está hablando. La sacará de la funda y la lavará y la tenderá y la pondrá sobre la tabla de la plancha y se esforzará en darle unas cuantas vueltas por la casa para corroborar su coartada mientras le dirá a él «tienes los poros sucísimos y muy abiertos, ¿seguro que estás usando la crema» y él dirá que «sí, bueno, que esa mañana se ha olvidado pero que se nota la piel mucho mejor» mientras piensa que «si se cierran los poros la piel no podrá respirar, ¿no? O algo así les enseñaron en el colegio».
En una siguiente fase, él la hará a ella encargada de comprar los regalos de toda su familia («su» de él); sus padres, su hermano, su cuñada y sus dos sobrinas porque «esas cosas a las chicas se les dan mejor» y ella, aceptará encantada porque está convencida de que «esas cosas a las chicas se les dan mejor», pero un día; lunes, él llegará a casa con un perfume envuelto en un vaporoso paquete de cualquier color y al preguntarle ella, él contestará que «es para una compañera de trabajo, que mañana cumple años y que siempre se porta súper bien con él». Ella, tratando de aparentar naturalidad le preguntará qué perfume ha comprado y él, dirá con toda la inocencia del mundo, la casa que fabrica el perfume, la marca, pero también que se trata de una edición limitada de la botella diseñada por tal autor mientras ella, ya hace un esfuerzo para tragar una saliva que, no pasa, no pasa de la garganta chirriará a mode de respuesta un «Bueno, que espera que le guste porque en definitiva, los perfumes son algo muy personal…» pero él interrumpirá, tranquilo como él solo con un «que no se preocupe, que es el que le gusta a ella, bueno, para la noche y en verano, porque de día prefiere usar uno más ligero y afrutado como…» Ahí, su inocencia no le da para ignorar la mirada asesina de ella y se interrumpe defendiéndose con un «bueno, me lo ha contado ella… Cuando tomamos café».
La relación ha muerto irremediablemente. En ese preciso instante. Aunque tarden todavía unos meses en formalizar la defunción y los insultos. Aunque él vendrá con nuevos regalos «porque sí, porque te quiero»; el martes, el mismo perfume, pero envuelto en papel verde lleno de logos de El Corte Inglés y después, el jueves; flores.


La relación ha muerto y aunque pudiera parecer en este punto que él la ha matado, tengo que decir que los acontecimientos han querido mostrarle a él como culpable, pero fue puro azar. Si en lugar de abril hubiera sido mayo, ella podría haber llegado a casa con un simple sobre negro satinado que ocultaba dentro dos entradas para la final de un partido de fútbol para el cumpleaños de su ex y, al comentario de un él incrédulo, tratando de mantener los globos oculares dentro de sus fosas de «vaya, qué bien, a mí también me gustaría ir», ella contestaría «pero, ¿tú no eras de otro equipo?».
Así pues; quién es el culpable, si los regalos aparecieron como causa o síntoma en la autopsia, qué diferencia exacta hay entre el rosa y el rosa palo, para qué sirve el minimizador de poros y otras incógnitas de esta historia… ¡las dejo en vuestras manos! Que yo… Me marcho a El Corte Inglés a comprarle un regalo a mi churri. ¡Un saludo!Entradas relacionadas:
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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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