tan simple como un día de playa


El viernes por la noche, con agujetas en músculos desconocidos después de dos días muy intensos de actividad, Netti volvía a explicarle a Celie en la pantalla de mi televisor:
   -Creo que Dios se enfada si pasas ante el color púrpura sin fijarte en él.
   -¿Quieres decir que hay que amar a todo, como dice La Biblia?
Le preguntaba su hermana mayor.
   -Sí, Celie, todo quiere ser amado.
Y acurrucada en el sofá, viendo a Isa igual de cansada y brillando de preciosidad no pude más que constatarlo.
Sin embargo, nos acostumbramos a pasar por las mismas calles mirando sistemáticamente a lo que hay delante y no levantando la cabeza buscando rincones nuevos en las alturas de los edificios o, peor aún: sin valorar siquiera la belleza en el conocido paisaje que tenemos enfrente.

No es que la belleza se encuentre en las cosas simples, como si las otras estuvieran desprovistas… ¡es que de no hacer el ejercicio consciente de valorar lo que tenemos, corremos el riesgo de acabar perdiendo la capacidad de encontrar la belleza! A todos nos pasa de tanto en tanto…
El año en que monté la empresa lo recuerdo como una vorágine de trabajo; trabajo, trabajo y esa respuesta constante en la boca de “no puedo; tengo que hacer…”. Para cuando quise darme cuenta el verano había pasado y no había ido ni un solo día a la playa. Ni uno solo. Lo peor fue reconocer que no era algo que solamente yo me hubiera perdido. A la vez, había hecho que mis hijos o mi pareja no pudieran pasar ni un día de playa conmigo. ¡Ni uno solo! Ahí me di cuenta (como muchas veces más a lo largo de la vida), que no eran cosas que yo me perdía sino que era yo misma, en particular y con el dedo del Universo señalándome a la cara, la que se estaba perdiendo. Las prioridades debieran estar siempre por encima de las excusas y ni siquiera arrancar un negocio valía el precio de no encontrar un día libre y entero que disfrutar con quienes más quiero en los lugares que más me gustan.
Sin embargo, perderse esconde el placer de retomar el camino o, si eres afortunado, encontrar uno nuevo e inesperado que te lleva a un sitio increíble.
El viernes, por ejemplo, sucedió eso dentro de una gruta bajo tierra…
De cómo he aprendido de viejos errores y de las múltiples ventajas de improvisar, escuchar propuestas y sopesarlas muy poco (pero que muy poco) para decir “¡pues vale!” ya os he hablado mucho. A mi propia hija le preocupa que me venda como una persona tan fácil, pero ¡es que lo soy! Cada día un poco más: fácil, simple… Así que, ni sé bien quién o dónde propuso pasar veinticuatro horas en la playa. Probablemente no fuera una idea propiedad de una única persona, sino una de esas que andan persiguiéndonos por la calle, por los bares, por la casa mientras andamos demasiado ocupados en otras cosas y no les prestamos atención (como a los altos de los edificios). Las buenas ideas, como el amor, están en el aire envolviéndonos todo el tiempo esperando a que nos demos la vuelta y les sonriamos. Y eso hicimos al unísono; sonreír a una gran idea pronunciada en voz alta y en poco más aparcamos quehaceres y los cambiamos por mochila, saco de dormir, gafas de buceo, comida, mucha agua… Tan simple como un día en la playa.
Incluso la hora de camino con Cristina en moto fue reconfortante con los cambios de temperatura de Palma a la Mallorca profunda, envueltas en risas y ganas, muchas ganas de llegar a Cala Varques. Un picnic en la playa en la noche cerrada rodeada de amigos y otros sujetos con los que probablemente solo compartiéramos ganas de vivir. Cenar y jugar bajo un manto de estrellas (que Isa definió muy bien como “sal derramada en un mantel azul”). Comprobar que siguen intactas en el cielo, las miles de estrellas que recordaba del tejado de mi casa en Ibiza cuando era niña y mirarlas con la misma curiosidad exacta de entonces. Volver a ver la Vía Láctea con la alegría de amigos que no ves desde hace tiempo. Dormir así, panza arriba y sin la intención de cerrar los ojos entre risas y más risas ¡por cualquier cosa! La sensación del rocío condensado, cayéndote como gotas sorpresa en la cara. Ver amanecer. Ver el cielo oscurísimo tornarse rosa, naranja, púrpura e ir aclarando hasta que el sol arde de nuevo y la playa se llena. Desayunar entre pinos y sabinas e irnos a recorrer una gruta descubriendo todo lo que esconde una montaña. En la oscuridad más absoluta, adonde fuera que alumbraras con la linterna veías estalactitas apiladas creando formas: esculturas arquitectónicas a veces; fálicas otras. Frío, con olor a mar, pero también a lluvia y a azufre y al final, un premio escondido: un lago interior de agua helada. ¡Nos perdimos! Es tan maravilloso saber que hay tantos sitios en los que aún puedes perderte. Y es tan reconfortante encontrar el camino…
Nadar mucho muchísimo, tomar una caipirinha dentro del agua, reír, hablar, reír todavía más, recorrer la montaña por arriba, bordear la montaña, irnos hasta otra cueva, esta vez dentro del agua. Tesoros al alcance de la mano…
Y cuando parece que todo ha terminado, te das cuenta de que nada termina. Siempre estás en el camino hacia algo. La ruta de vuelta; esa hora que te separa de casa coincidió con una puesta de sol de frente que se nos regalaba una y otra vez. Con el cielo de nuevo encendido en rosa, naranja y púrpura (y fijarnos y maravillarnos como Celie y Netti ante el color) envueltas en el olor intenso de tierra mojada de los campos arados.
Tan simple como un día en la playa, como una buena comida, como una charla con amigos, como explorar un sitio conocido y descubrir que esconde todavía algo nuevo. Tan simple como una puesta de sol o, como disfrutar el olor del camino.
Y a veces ¡nos complicamos tanto! Buscamos la felicidad tan lejos cuando la tenemos ahí, a borbotones (como las ideas buenas, como el amor), esperando a que nos paremos, nos demos la vuelta y sonriamos.
Para cuando tengamos tanta prisa que creamos que no podemos permitirnos tener un tiempo para nosotros, nos conviene recordar las palabras de Buda cuando le preguntaron qué es lo que más le sorprendía de la humanidad:
“Los hombres, que pierden la salud para juntar dinero, y luego pierden el dinero para recuperar la salud y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma que acaban por no vivir ni el presente ni el futuro, viven como si nunca fuesen a morir para acabar sintiéndose al morir como si nunca hubiesen vivido”

 


Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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