el color de los flamencos 8


 

el color de los flamencos

Mi cabeza es un bullir de historias. Se me acumulan los posts hasta un punto que no podéis imaginar, tanto que para cuando al fin me encuentro frente a frente al teclado, mis manos no saben para dónde tirar.

¿De qué escribo? ¿De las luces de las noches en París? ¿De las risas en una semana en Londres? ¿De la operación de Mario y que el puñetero cada vez me gana a más cosas? (Nunca jamás debí enseñarle a jugar al backgammon, ni al ajedrez ¡ni enseñarle a hablar!)

¿De Isa, que ha vuelto por unas semanas de paso para retomar su vagar por el mundo? ¿De la experiencia de navegar entre los bancos de atunes? O… ¿del color de los flamencos que he visto esta mañana? Y como sospecho que nunca jamás se irán de mi retina, de mi cuerpo, de mi alma… de dónde sea que quiera que almacene estos sentimientos y colores, empezaré por el final y os hablaré de los flamencos volando a mi alrededor.

Anoche llegué a Sant Carles de La Ràpita, un pequeño pueblo pesquero de la costa catalana y que abraza en su litoral una buena parte del Delta del Ebro.
Tal es la importancia del mar aquí, que el turismo es tan solo un recién llegado y el motor y centro de vida de este pueblo es la pesca por los mismos métodos tradicionales que han ido aprendiendo de padres a hijos.
También el cultivo a partes iguales de mejillones y ostras y de arroz, por lo que el paisaje es un collage de aguas de mar, de lagos, lagunas y arrozales lo que lo convierte desde el mirador en un espejo que hace que en La Ràpita, inevitablemente las nubes pasen siempre dos veces, pero… no quiero dispersarme.
Joan me propuso anoche llevarme en kayak, y como un poco ya le conocí, charlando en el hall vacío de un hotel una noche hasta las tantas y sé cuánto le importa a él el kayak (y os recuerdo que “importa” viene de importar: que aporta; traer de fuera a dentro). Y como los ojos le brillaban mucho, pero que mucho; ni siquiera protesté para fuera contestando una estupidez como que soy una flojucha (que lo soy). O para dentro diciendo que llega tarde la excursión en kayak, porque hace años que el coche de Uri pedía por favor, por favor, que alguien le pusiera un par de canoas arriba y le llenara las ruedas de arena, y a ratos… creo que si me concentrara lo suficiente aún sería capaz de oírlo.
Así que mi respuesta espontánea fue la que tuvo que ser y mientras Joan, a las tantas (porque este hombre de noche habla y habla sin parar), contaba con detalles (muchos de los que no me estaba enterando en absoluto), todo lo que había pensado para mí, yo contesté al brillo de sus ojos con una sonrisa y así, quedó zanjado el asunto.

Y esta mañana, sí, años después, un tipo feliz ha venido a buscarme con un coche feliz porque transportaba canoas mucho más grandes que él y también arena y salitre y vida… todas esas cosas que cualquier coche querría para sí.

Y me iba enseñando el paisaje hablando y hablando (porque este hombre de día resulta que también habla y habla sin parar), contándome sobre las antiguas rutas de transporte de mercancías, de mejillones e ibis y albatros y todas las aves que viven alrededor del arroz, hasta que hemos llegado al punto exacto del que zarpar (¿se dirá zarpar cuándo sales a navegar en canoa?).
Y así, primero mi kayak y después el suyo, que ya daban palmas felices sobre un coche feliz, hemos surcado uno de aquellos espejos que había visto al amanecer desde el mirador.
Ahí hemos entrado en un bucle, no de corrientes de agua ¡qué va! Porque el agua permanecía lisa e incluso las ondas de mis paladas torpes se deshacían enseguida, sino de felicidad.
Se sumaba a su felicidad cotidiana (porque este hombre es feliz y feliz sin parar), la de ver con qué facilidad había logrado hacerme entender el idioma que me contara semanas atrás en un hall vacío y me invitaba a alejarme por entre las aguas del Delta. Porque quería que viviera aquello de estar a solas conmigo y que todo, todo fuera naturaleza alrededor y nada más. Y él hacía entonces lo que cualquier buen observador de aves: mirarme desde donde no pudiera molestarme a través de su objetivo.
No puedo describiros nada más. No puedo y quizá es la primera vez en que soy consciente de que las palabras no me alcanzan.
Es que… era la textura del agua transparente sobre todo aquel lodazal verde, era el sonido de un ave o de ninguna; era ver que el horizonte no existía, porque el cielo se difuminaba con el mar; era ver aquel bosque de cuerdas colgando de las vigas de madera gastadas formando un bosque de árboles invertidos donde los frutos son racimos de mejillones…
Y entre todos aquellos colores grises, verdes y violetas, el rosa de los flamencos a lo lejos y al acercarme a ellos, aunque os juro que lo he hecho con cuidado, con todo el respeto del que soy capaz… han arrancado a volar, de adelante hacia atrás; primero uno y luego otro. Y aunque os juro que no era mi intención alborotarlos… ver todo aquel rosa del plumaje volando sobre mí, que ha dado paso al púrpura absoluto de sus alas batiendo y, será que ese nuevo color sumado a tantos otros se me ha antojado insoportable porque casi, casi me hace romper a llorar. Es que… era muy feliz.

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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