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crash
Esta mañana, en Chi Kung, hacíamos un ejercicio para poner a prueba el estado de nuestras cervicales: me he aprobado a mí misma con nota. Para los que penséis “pues qué tontería” os diré que hace tres años y medio me diagnosticaron cervicalgia crónica, pero me hice el regalo de desobedecer y en esta historia veréis que hay más, muchos más regalos y cada vez que la recuerdo, descubro todavía alguno más.
Hace cerca de cuatro años tuve un accidente de tráfico; bobo, pero necesario. Estaba a escasos metros de mi oficina donde las montañas de trabajo me esperaban. Ése fue el primer regalo de todos.

No sé vosotros, pero yo, con cuarenta y uno encima ya he vivido en mis carnes alguna que otra vez esas señales de “para”, “más despacio”, “que bajes el ritmo”, “que te relajes”, que la naturaleza te envía y cuando sigues haciendo oídos sordos, te envía un “crash” que ya no puedes evitar y claro: te paras. No te queda más remedio que parar y ver la vida de otro modo; de una perspectiva absolutamente nueva.Aquel crash de una furgoneta contra mi coche fue un regalo. Yo misma la veía venir. Tuve que frenar de golpe porque empezó una frenada en cadena que provocó vete a saber quién y desde el retrovisor vi el golpe inminente que me iba a dar aquella furgoneta que iba demasiado deprisa y además, no estaba atenta a lo que ocurría delante. Solo grité “¡cuidado!” Y aunque ambos íbamos sujetos por el cinturón de seguridad, me giré al asiento de atrás a sujetar a mi hijo. Eso se puede calificar de “instinto inevitable”, pero también fue un “error” en cuanto a lo que a seguridad vial se refiere. El otro, sin discusión alguna, fue mantener el pedal de freno pisado a fondo para evitar colisionar dos veces: la primera con la puñetera furgoneta que llevaba detrás y la segunda contra el pobre inocente coche que tenía delante. Pensaba que un golpe era mejor (o menos peor) que dos y me equivocaba. En realidad debí haber dejado el freno suelto y el impacto se habría repartido entre otros coches. Todos habríamos recibido un “poco” en lugar de recibirlo yo, a pesar de estar detenida y con el cinturón de seguridad puesto; por haber frenado y estar girada cuando llegó el latigazo. Esa sacudida violenta de la cabeza hacia delante y de lado produjo una hiperextensión del cuello y ésta, produjo el desgarro de las fibras musculares y nerviosas y eso fueron un par de nuevas palabras incorporadas a mi diccionario cotidiano: cervicalgia y dorsalgia.

¿Hace falta tener un accidente para parar? ¿Hace falta sufrir la desgracia de una pérdida para valorar lo que tenías? Pues me gustaría decir que no, pero la verdad es que a veces… pareciera que sí. A las pruebas me remito.
Lo que no he contado aún es que tener un accidente aquel día era la menor de mis desgracias; la mesa de mi despacho invadida en trabajo pendiente en plena temporada alta tampoco era (y mucho menos desde esta perspectiva de ahora) ni siquiera importante. El asunto importante era que mi pareja me acababa de dejar, por enésima vez (ambos perdimos la cuenta) y no por falta de amor ¡qué va! Si el amor lo inventamos nosotros, sino porque necesitaba sentirse importante para mí por encima de todos aquellos papeles, por encima de todo. Así que de tanto en tanto se marchaba y yo le dejaba a solas dos, tres días… y después puntualmente iba a buscarlo. No había tampoco entonces una crisis, ni una discusión siquiera. Solo un abrazo y ya estaba todo dicho. Ni él sabía bien porqué se iba pero sí que necesitaba que fuera a buscarlo, pero aquella vez; quizá la diez, la doce… decidí no ir. Atentos porque este punto es tan importante que el verlo; el darme cuenta fue otro regalo que me hice: no es que “no fuera a buscarlo”; es que “decidí no ir”. No fue porque se me acabó el amor. Pensaba por aquel entonces que sí la paciencia; sentía que sí las fuerzas, pero tampoco. Hubiera podido ir aún unas cuantas veces más… No lo hice y nos quedamos los dos llorando a solas, cada uno en su soledad y a mí la mía me regaló un accidente cuando estaba llegando a la puerta de la oficina en vez de a la que debía abrir.
Mi primer impulso tras el choque fue llamarle, ¿a quién más iba a llamar para decirle “he tenido un accidente”? Pero tampoco lo hice… Ese fue otro regalo: el de apreciar, el de poder ver con nitidez absoluta como sí sabía lo que tenía que hacer. Aunque no lo hiciera, aunque no escuchara a mi cuerpo ¿es necesario equivocarte para aprender? En serio, que me encantaría deciros que no, que cada vez somos más sabios, pero en mi caso, ya veis; con frecuencia… parece que sí.
No penséis que esto termina con el regalo de que fuimos felices y comimos perdices; al menos, del mismo plato, porque nunca jamás lo volví a ver.
Pasé los siguientes cuatro meses yendo a rehabilitación y allí tuve el regalo de conocer a Maikel, aquel enfermero precioso de veintipocos que negociaba turnos con sus compañeros para siempre, siempre, atenderme a mí y mantener así una conversación que duró más de cien días, pero sobre todo: el regalo de comparar inevitablemente mi vida y mi suerte a diario con la de otros lesionados; algunos supervivientes de verdaderas tragedias y otros que, además, habían perdido a sus acompañantes. A mí me dolía el corazón mucho más que el resto del cuerpo, pero tampoco entonces lo sabía… Sólo veía los mareos, los desmayos, la falta de la fuerza más básica para abrir una botella o llevar una bolsa de pan; a veces, para vestirme o desvestirme. Me caía. Necesitaba ayuda para las cosas más elementales y ése, fue otro regalo: tuve que dejarme ayudar.
He aparentado siempre una fortaleza que ni mucho menos tengo. Nadie puede con todo. No soy superwoman, pero ¡lo he parecido tanto tiempo! Yo no pedía ayuda porque no “necesitaba” ayuda. Mis cosas las resolvía yo que para algo eran mías y me rodeaba de los demás para compartir las cosas buenas, pero las malas, que existían (siempre existieron), me las comía solita. Daba instrucciones precisas, claras y justas a decenas de personas a la vez mientras retenía en mi cabeza todos los detalles necesarios para varias reuniones y eventos simultáneos. Cuando los demás estaban estresados en la inauguración, en la gala, en la presentación a los medios… yo mantenía la calma. Cuando los demás se volvían locos porque el tiempo obligaba a cancelar o cambiar radicalmente un evento; cuando el catering, el sonido, el invitado principal… no aparecía, yo buscaba soluciones alternativas a tal velocidad que pareciera que de mi bolso salieran siempre infinidades de planes “B”.
Paralelamente era la mejor amiga de mis amigos; capaz de albergar bajo mis alas a todo aquel que lo necesitara. Mis hijos comían legumbres y pescado dos veces por semana y mi manicura francesa estaba perfecta, pero todo esto: sin pedir ayuda. Si hacía falta no dormía, no comía, pasaba un verano entero sin pisar la playa o enviaba un mensaje a mi amado para cancelar nuestra cita romántica porque cualquier asunto “se me estaba complicando”. Qué asco de novia, ¿verdad? ¿Imagináis tener una novia, un novio que os pospone, que os quiere pero «como hay confianza y tú puedes entenderlo todo», te deja para luego? Yo ya no ¿De qué podría quejarme? ¿Qué excusa podría poner? ¿Que “no había comunicación”, tal vez? ¿Qué “no me lo había dicho alto y claro”? Se había marchado por lo menos diez veces y cada una de las veces, tan solo con que fuera a buscarlo, volvía, ¿veis cuántos y cuántos regalos?
Y ahora os diría algo del tipo que “en el camino fui cambiando mi escala de valores”, pero sería mentira… La verdad es que lo que sucedió es que recordé tal cual era esa escala de valores que en realidad siempre había tenido, pero que poco tenía que ver con mi estilo de vida.
El cambio fue tan grande, que creo que la mejor forma de describirlo sería diciendo que ahora hay más aire. En serio; miro alrededor y es como si mi campo de visión se hubiera ampliado: a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo… veo más, mucho más, pero sobre todo: el mundo ha aumentado su tamaño y todo tiene más aire. Respiro y todo ese aire puede entrar y salir dentro de mí, ¡cabe todo! Como si yo, al igual que el mundo, nos hubiéramos hecho a la vez infinitos.
Mirad si aprendí deprisa que aún guardo otro crash en esta historia: fue cuando meses después me dieron el alta en aquella mesa de despacho ajena; la del médico. Este buen hombre me diagnosticó que iba a tener dorsalgia y cervicalgia crónica; que el dolor sería leve pero crónico y pensé: no me da la gana ¡No me da la gana! Lo que tenía que aprender ya lo he aprendido. Quiero volver a India; no puedo marearme, no puedo cansarme de este modo: quiero cruzar Latinoamérica, quiero conocer mil lugares; quiero llevar una mochila, quiero aprender escalada, quiero tirarme en paracaídas… No me da la gana estar enferma.
Y tal cual sucedió y solo alguna mínima vez en que me olvido de aquella larga lista de regalos y me lanzo a trabajar y a hacer cosas y cosas sin parar, automáticamente los músculos se agarrotan y recibo una única punzada en las cervicales. “Mi aviso”. Apenas nada porque, os juro, que recuerdo automáticamente el significado y me detengo y simplemente, descanso y vuelvo a respirar el mundo.

Crash: choque, accidente, estruendo.
Choque: encuentro de dos o más elementos cuando al menos uno de ellos está en movimiento, en un mismo momento, en un mismo lugar.
Accidente: que sucede o surge de forma inesperada.
Estruendo: ruido grande, estrépito, alboroto.
Respirar: absorber el aire, tomar parte de sus sustancias y expulsarlo modificado.
Modificado: transformado, alterado en su forma anterior pero manteniendo su esencia.
Esencia: aquello invariable. Lo característico e IMPORTANTE de una cosa.
Importante: que importa. Del latín importas; que aporta al interior, llevar algo de fuera a adentro.

Porque las cosas que son raras y preciosas; las de valor, son las que deberíamos llevar con nosotros.

 

«Asumo el riesgo, te miro y planeo
una vida contigo cargada de sueños
y si no se cumplen, cuando despertemos,
con la luz del día ya veremos lo que hacemos…»
Ismael Serrano

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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