te necesito (qué suerte)


Pilar Ruiz Costa

Las palabras y yo tenemos una relación extraña. Las utilizo sólo si las conozco bien, si me gustan, si sé a qué atenerme con ellas… sino, prefiero dejarlas para contextos mejores.


Esta, en realidad, manía mía, me regala sorpresas porque no es rígida, sino que se adapta a los nuevos usos que de las palabras conozco y porque de tanto en tanto, yo misma investigo en alguna que se me queda clavada más especialmente, ¿qué querrá decir exactamente alma? O ¿cuál es la diferencia entre valor y valentía? Hoy me he despertado con una palabra clavada en el centro de la frente: necesitar. Esos «te necesito» que siempre me han provocado cierto repelús… Porque, a mi modo de entender las cosas (estos apenas cuarenta años, hasta esta mañana misma), la necesidad es una mala compañera. Vale, es el aviso de esa carencia de por ejemplo comida en el estómago que te pide que le pongas remedio ya o desfallecerás o, el «sal del agua, tonta que necesitas aire y vas a morir ahogada», pero ¿en nuestras relaciones… cabe la necesidad? Insisto en que es un largo debate que me ha acompañado en estos años… Tanto me han regalado un «te necesito», como me han reprochado que «no parece que me necesites» ¡y era cierto! Y para mí era el mejor regalo: si yo no necesito a una persona determinada y sin embargo estoy a su lado, mi unión es fruto de los afectos, ¿no es esa la base única que debiera ligarnos a todos? Mi respuesta era, por descontado, más insoportablemente extensa: «Necesito aire, necesito comida, agua, abrigo pero… ¿a ti? No, práctica y sinceramente, sin ti seguiría viviendo»

Y como cuando me suelto ¡doy un asco! Añadía la coletilla «No necesito a una persona en particular; a mis padres, a mis amigos, mis hijos… Claro que me dolería su ausencia pero también sé, que sin ellos seguiría viviendo así, que, seguro, seguro: no los necesito ¡pero los quiero, estoy con ellos porque sin necesitarlos los quiero!» Y claro, mientras para mí estaba haciendo la declaración de amor más honesta y pura, mi interlocutor impotente hacía las maletas y ya no escuchaba mis razonamientos de que «en realidad, si lo pensaba bien, él tampoco me necesitaba». Tela conmigo…
Cuando Agus, que es de las personas que, sin llegar a necesitarle, más quiero y más admiro, en ese punto (y siendo mi amigo más que nunca) en lugar de consolarme como hacían el resto y condenar al tonto de las maletas por dejarme (para volver luego, porque la misma necesidad de mí que lo sacaba, lo traía de vuelta), me dijo que le entendía perfectamente, me quedé perpleja. Su explicación aún más:

«Debe ser muy duro estar con alguien como tú, que si estás está bien pero si no también, que se va de viaje al fin del mundo y si la acompañas, bien y si no, se marcha igual. Sentir que en el fondo, no le necesitas». No es fácil que alguien tan querido, alto y guapo te diga eso y te deje indiferente y aunque yo hubiera seguido matizando tercamente, esas palabras de Agus se me clavaron en el mismo sitio exacto en que esta mañana me encontré la necesidad.

Y hoy, tanto tiempo después sí quiero necesitar. Ahora, que quiero ser cada día más lista y alta y hasta guapa (como Agus) sí tomo la decisión consciente y voluntaria de regalarme el necesitar, porque es un regalo que haces para otro, pero sobre todo, sobre todo… para ti mismo


No caigamos en los extremos, las relaciones de cualquier índole no pueden basarse en dependencias, especialmente si es uno el que demanda y demanda continuamente del otro y no hay algo parecido a un cincuenta por ciento, pero ¡es tan bonito sentir que quieres de una forma vital cosas buenas y alguien te las da a la carta! El mensaje de una amiga de madrugada de «me siento mal, te necesito«, el de un compañero de trabajo perdido entre tareas que se le hacen insoportables en este momento, el de alguien (quien sea) momentáneamente perdido y que tú, solo por un instante, sirvas de faro, ¡es un regalo precioso para ambos! Que si el otro no «lo necesitara de mí», yo no podría entregar nunca así que sí, quiero necesitar y que me necesiten, porque sé que puedo y contaré con quién me salve, me cuide y me quiera con hacer un simple gesto.
Visto así, la palabra necesidad clavada en mi frente no dolía en absoluto. Solo «necesitaba» que hablara de ella, ¡que nos reconciliáramos! Y no ha sido ni mucho menos en el diccionario de la Real Academia Española (donde casi me han dado motivos para no volver a «dirigirnos la palabra») con su fría definición de:
Necesitar; obligar a ejecutar algo. También tener precisión o necesidad de alguien o algo.
Sino, como me sucede con frecuencia, en la raíz, en la «necesidad» que hubo en el inicio de que esta palabra existiera y es tan hermosa en esta caso como:
Necesidad viene del latín necessitas que a su vez viene de necesse (inevitable). Necesse está formado por el prefijo ne (no) y el verbo cedere (parar). Es decir, es algo que no para y por eso, es inevitable. Pero, en necesse y en necessitascedere quiere decir algo más que pararse o detenerse, quiere decir «no alejarse, no distanciarse de aquello que se valora».
Ya sabéis; es esa distancia exacta de un mensaje, una llamada o un beso. Sabiéndolo, ahora mismo ¿no os dan ganas de necesitar a alguien?

 


Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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