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Me duele el corazón. No. No es una frase hecha ni tampoco una expresión romántica. Es geográfica. Me duele el costado izquierdo, justo encima del pecho y a ratos, también siento un pinchazo en ambos lados de la caja torácica. Indistintamente, sin preferencias claras sobre uno u otro. Al principio era solo por las noches, al terminar la larga jornada y sentarme por fin. Hace un tiempo que es a diario. Me duele, básicamente… al respirar.

Cuando alguna de mis chicas/ángeles me ve con ese gesto de anciana asiéndome con la palma abierta la mitad del pecho, el comentario es inmediato: “Ve al médico”. Y mi respuesta automática: “No, que me dará ansiolíticos y tengo que conducir y trabajar”. No debería estar así. Debería escuchar a mi cuerpo.

Es demasiado trabajo, es cansancio, es estrés, son un par de cosas que no salen como esperas, acorde con las ganas invertidas y te vas abajo. No hay nada que no se cure con un poco de tiempo y un mucho de descanso… Pronto, muy pronto “esto también pasará” y brillare todo lo que sé, puedo y quiero.

¡Pero no escribo para quejarme o para dar pena! Qué va. En realidad es para fardar de un superpoder que me he descubierto estos días: SOY TRANSPARENTE

Salvando algún inconveniente como lucir intestinos y otras vísceras desagradables… ¡es tan hermoso saber que quien te quiere te ve el corazón! Me da igual si lo hace a través de los ojos (que no hay rimmel ni lágrimas que puedan tapar como estás si alguien se asoma de veras) y estos días, estas semanas en que estoy, como todos alguna vez en nuestro viaje en ruleta rusa, vulnerable y frágil, confirmo lo que todos sospechamos, pero descubrimos con cuenta gotas: ¡ME QUIEREN!

Solo por poner un ejemplo: el domingo después de haber trabajado el sábado hasta las tantas (tanto yo como el resto de implicados en esta historia), escuché que llamaban a la puerta. Aquello rallaba la madrugada y como no esperaba ninguna visita, no abrí. Probablemente sería alguna adolescente buscando a mi hijo adolescente que, de todos modos, no estaba ya en casa así que, me di otra vuelta en la cama y me enrosqué en mis maravillosas sábanas de nube. Pero, pesadito quien fuera, no se iba y el dedo se le había quedado pegado al timbre así que me calcé esa maravillosa bata masculina de seda con un enorme dragón bordado en la espalda que años ha, me regalara Jesús cuando le ocupé su casa en Nueva York y con los pelos en cualquier posición me dirigí a echar a la quinceañera de turno. Eran dos rubias y una pelirroja, muy queridas mías y ángeles en realidad, que me costó un poco divisar porque venían tras un inmenso ramo de flores. Primero dijeron que venían a desayunar. Aunque era cierto, su segundo pretexto encajaba mucho más con la visita. Dijeron que me querían. También traían pasteles. Cuando empezaba a montar la mesa para el desayuno de cuatro, volvieron a llamar a la puerta. Más mujeres, más flores y más pasteles. Hicieron falta otra remesa más de ramo y dulces para que llegara un hombre (¡por fin, un ángel en forma de hombre guapo!) y claro, después llegaron más, ¿era mi cumpleaños y no lo recordaba? No. Todos fueron diciendo cualquier frase en primer lugar pero el beso, el abrazo, el “te quiero” era el culpable de que nadie durmiera a esas horas. ¡No tenía donde alojar tantas flores! Fue imposible terminarse tantos pasteles.
He dicho que era solo un ejemplo y es cierto. He tenido llamadas (hasta de Jesús diciendo “ven a Nueva York. Ven a Nueva York. Ven a Nueva York…”) inesperadas y maravillosas. Mails, invitaciones a cenar, a comer que han conllevado unos mensajes de fondo preciosos. Uno de ellos, presente siempre, es que me quieren ¡Y muchos no se conocen entre ellos! No ha habido posibilidad de acuerdo así que, basándome en los datos que tenemos; afirmo y confirmo que me he vuelto transparente. Ven que me duele el corazón y me traen tiritas y cariños.
Así que ahora que mi madre, me acaba de llamar y me ha dicho llorando que de un tiempo a esta parte me siente mal le he dicho (por teléfono, ella desde allí no alcanza a verme el corazón) que sí, pero que no se preocupe, que me cuidan mucho.
Como dijo mi hijo adolescente cuando por fin volvió a casa después de estar con otros adolescentes y vio todas las flores:
-¿Y eso?
-No sé.
-¿Cómo que no sabes? Algo habrás hecho para que te regalen tantas flores.
Ahí me eché a reír.
-¡Seguro que sí! “Algo” habré hecho.

Sirva este post para daros las gracias y para deciros que os quiero mogollón. No de aquí a Nueva York, ¡Qué va! De aquí a la luna y volver… Y os debo muchas, muchas, muchas flores.

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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