¿Te quieres casar conmigo?


 

sigue a tu corazón, te quieres casar conmigo

Me ha llamado la atención un artículo: “Con la crisis los divorcios han disminuido y además, son más conflictivos”.

Toca narices. No es que sea más fácil encontrar consuelo y comprensión en brazos de tu cónyuge cuando todo lo demás parece venirse abajo. No. Es que las parejas no pueden permitirse los gastos de un divorcio, sostener a solas una hipoteca ni pagar la parte correspondiente de la casa al cónyuge copropietario.

Es más, en época de crisis aumentan las luchas de los progenitores por tener la custodia de los hijos y con ello, el uso y disfrute de la casa. Preferimos comer bajo el mismo techo antes que correr el riesgo de pasar hambre o dejar que la pasen nuestros hijos aunque eso conlleve dormir en un mismo colchón y criar a unos niños en un ambiente falto del afecto más básico.

 

Con todo y con ello, 2 de cada 3 matrimonios en España termina en divorcio. La media de duración es de 15 años en primeras nupcias (sí, sí porque, ¡reincidimos!) y aumenta a 18 en segundas nupcias. ¿Qué sucede luego? Pues los hay que repiten, lo que es en realidad, una opción mucho más sana a la resignación. La edad de mayor riesgo de que el matrimonio se vaya al traste es 41 años para las féminas y 44 para los hombres. Otro dato harto interesante es que son los hombres los que se casan más en segundas nupcias. El doble que las mujeres en realidad. Pasado un período de 4 años, como la mujer no haya encontrado un buen candidato, es difícil que lo haga. En cambio, los varones bajan el listón y anteponen la compañía a la posibilidad de una vida a solas.

 

Si observáis, aún no he nombrado la palabra AMOR y, para esos inteligentes y atractivos lectores míos, sabéis que es un ingrediente que abunda entre mis letras. Paciencia. Llegará…

Si la función primitiva del matrimonio era crear un vínculo social entre dos personas y sus familias con el fin de que pudieran tener legítima descendencia; matris (matriz, lugar donde se gestan los hijos) monium; (en calidad de), que liga estupendamente con patrimonio; patris (padre) monium (en calidad de), es decir “proveedor de todo lo necesario para el sustento de los hijos nacidos de la esposa” en la definición latina y (aún más directa), en la árabe akd nikah (contrato de penetración) y esta necesidad ya no existe, puesto que podemos unirnos para convivir y hasta para realizar una penetración pactada sin más burocracias e incluso podemos tener hijos sólo utilizando este sistema.
 
Si sabemos que tenemos un 66% de posibilidades de acabar divorciándonos con todo el estrés que supone, a pesar de que ya tengamos hijos e incluso, sabiendo que no queremos tener más ¿por qué entonces seguimos casándonos? La insensatez, el interés, son un margen muy pequeño.

Precisamente cuantas más circunstancias lógicas para no hacerlo se plantean… Más claro queda que nos casamos POR AMOR.

Huye del que te dé como explicación “es que es más fácil por los papeles, los niños, la hipoteca…” Sal corriendo (como Julia Roberts en Novia a la fuga) y quédate con quien se encoja de hombros y simplemente conteste “porque quiero”.

En mi infancia no existían Barbie y Kent, pero sí, las niñas soñábamos con casarnos con vestidos blancos y hombres muy guapos y muy buenos; aventureros (quizá exploradores), tan enamorados que solo encuentran sentido en sus vidas si estamos en ellas. Un hombre valiente que nos rescatará siempre.

Y las expectativas de los hombres son bastante parecidas y ¿sabéis que sucede al crecer? ¡Qué no dejamos de creerlo! Y eso no nos lleva a la decepción, qué va. Lo que nos lleva a la decepción es el miedo; miedo a qué no exista esa persona, a que pase el tiempo y no la encontremos y nos quedemos solos o, peor aún: a encontrarla y precisamente por ser maravillosa no la merezcamos y nos cambie por otra mucho mejor.

Parece lógico pensar que solo puede funcionar bien una historia de amor que empieza antes amándonos a nosotros mismos porque, lo opuesto al amor no es el odio, sino el miedo y lo opuesto al miedo es el amor. Decía Aldous Huxley que:

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente, el miedo ahuyenta el amor. El miedo no solo expulsa el amor, también la inteligencia, la bondad y todo pensamiento de belleza y verdad, de modo que al final sólo queda la desesperación muda. El miedo llega incluso a expulsar del hombre la humanidad misma.”

Confiad en la naturaleza. Es tan sabia que nuestros cuerpos emiten unos gritos que nuestras lógicas no alcanzan a escuchar, pero sí nuestros corazones, conocedores de que una vida llena de amor es en realidad más vida.

Todos hemos escuchado hablar de esos estudios que dicen que las mujeres y sobre todo los hombres casados viven más y mejor. Pues bien, ese mayor índice de longevidad se da en “los hombres casados con mujeres inteligentes”, ¡y tiene lógica! “Las mujeres bien educadas son mejores para entender los estilos de vida saludables y aconsejar a los que están a su alrededor sobre la mejor forma de alimentarse.

La vigilancia sobre el colesterol, los constantes consejos sobre hacer ejercicio, no salir a la calle en temperaturas frías con el pelo mojado o usando ropa ligera también son parte importante para que los hombres se mantengan saludables y eviten accidentes.”

Según las conclusiones, sin una mujer inteligente en la casa los hombres seguramente se enfermarían más o tendrían más accidentes. Además, una mujer inteligente es menos dada a montar trifulcas o sufrir celos con el estrés que estas actitudes conllevan a los maridos. Pero algo hace también que las mujeres inteligentes quieran estar casadas con hombres a los que cuidar, ¿no?

Lástima que ellos sigan priorizando el aspecto físico en lugar del intelecto… ¡Chicas listas (y solteras) del mundo, difundid estos conocimientos! Que todos los solteros atractivos se iluminen y nos hagan esa maravillosa pregunta que nos deja temblando de emoción: “¿Te quieres casar conmigo?”

¡Yo quiero vivir esa sensación en el fondo del estómago, en el centro del pecho de “me ha pedido casarse conmigo”! Sí, me lo han pedido, he estado casada dos veces así que de algún modo tuvimos que zanjar la transacción. Es más, con “mis respectivos”, ni recuerdo muy bien como sucedió.

Sí recuerdo otros. Esos “otros hombres de mi vida” a los que dije no (uf, qué terrible momento para ambos…). Por ejemplo, una vez en Nochevieja por teléfono y yo tratando de calmar al enamorado diciendo que las decisiones que se toman en fechas significativas no suelen ser las correctas (tela conmigo) y claro, no se dio por aludido y se presentó en casa días después para repetirla en directo para ver si me dejaba sin excusas. Ahora no me dirige la palabra.

En otras dos ocasiones, la petición más que romántica, ha parecido práctica, acompañada de una lista de bienes y experiencias previas vividas, para tomar una decisión fruto del conocimiento. Demasiado racionales para mí.

En otra ocasión, en una conversación trivial, viví un momento de crispación por la apatía profesional que mostraba el sujeto varón que tenía enfrente y dije algo del tipo “pero, ¿se puede saber qué clase de ambición tienes? ¿Sabes qué quieres de la vida?” (de nuevo, tela conmigo) y contestó: “Sí, claro que lo sé. Lo que quiero de la vida eres tú. Quiero estar siempre contigo”. Tampoco ahora me dirige la palabra.

Una vez me regalaron un anillo de diamantes y yo, que siempre pensé que eso me haría mucha ilusión… Descubrí con sorpresa que no me hizo ninguna y al día siguiente fui a devolverlo.

En otra ocasión, me regalaron una pulsera de oro y amatistas, tembloroso tras una cena, el sujeto me alcanzó el estuche con la joya, como en las películas, y también la acompañó de una lista de intenciones muy sensatas que terminaban en un período más o menos establecido en la oferta de quizá, tal vez, si yo quería… Un matrimonio juntos.

Como le brillaban mucho los ojos, esta vez no fui capaz de devolver la joya, pero creo que no la he usado más de dos veces aparte de aquella noche. ¿He comentado que tampoco me dirige la palabra?

La conclusión parece ser: Cuidado con las ofertas de matrimonio porque son definitivas; o ganas un marido o pierdes un amigo y algunas veces… Ambas cosas.

 

En 40 años y no sé… Media docena de ofertas recibidas, con lo moderna y espabilada que soy, supongo que también me tocaba mojarme alguna vez y efectivamente, lo he hecho. Aquí jugamos todos. Fue a través de un sms, en algo parecido a una pregunta:

-Cásate conmigo, ¿vale?

-Vale, solo me tira para atrás que ya llevas dos. -Fue la respuesta.

-¿Y a favor? -Porque necesitaba recabar más información.

-El resto.

Bueno, “el resto” es más que suficiente, ¡el resto es mucho porque soy considerablemente más que dos matrimonios! Es más, casi me considero una garantía para un hombre valiente y bueno que quiera vivir una larga vida, bien alimentado y aconsejado, abrigado en consecuencia y con el estrés justo y necesario, pero, como habréis adivinado, mi “prometido”, no es mi marido. Por algún extraño motivo (que se repite hasta que algo haga bien), apenas somos amigos…

Quizá debí mandarle flores, o un anillo de diamantes, o una corbata de Kukuxumusu. Quizá debí poner una rodilla en el suelo y mirarle a los ojos y decirle algo más impactante y sincero del tipo: TE AMO.

Quizá simplemente, pasó de largo el momento de mandarle flores o, las flores sabían lo que nosotros no y no éramos “nosotros”, sino simplemente “él” y “yo”.

A saber… Tal vez es que me tienen en el punto de mira los creadores del grupo de Facebook “Asociación de perdices en contra de las historias con final feliz”, pero no desisto. Soy terca y un día os escribo un blog desde mi luna de miel en El Caribe y os cuento cuál fue la receta para que a la tercera, fuera la vencida.

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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