póngame dos de amor, una de viagra y otra de felicidad, por favor


love cuadro amor
Esta mañana he descubierto a un tipo muy interesante: Federico Ortiz Quesada, médico cirujano y profesor en la Facultad de Medicina y en la de Filosofía y Ciencia en la Universidad Nacional Autónoma de México. Tiene en su haber más de mil artículos científicos, médicos y culturales y, éste por el que le he conocido esta mañana, es sobre uno de sus muchos libros: Amor y Desamor. Si este hombre ya parece de por sí sorprendente, las que anuncian en el artículo como sus grandes especialidades literarias, lo hacen imprescindible para una investigación más profunda por mi parte: sexualidad y tanatología.

Permitidme que lo escriba de nuevo, como se merece: ¡Sexualidad y tanatología! Pensadlo bien, ¿Puede haber dos cosas más opuestas? De hecho, automáticamente he caído con un sonoro ¡claro! Lo opuesto a la muerte no es el nacimiento, no es la vida, o al menos, no solo ella, porque la vida lleva consigo desde el primer aliento la más o menos próxima muerte. Lo opuesto o al menos, lo más aproximado a lo opuesto, es la sexualidad, ese regalo de la naturaleza para lograr que la especie se reproduzca y la vida, como tal, se perpetúe.

Pues bien, tras este prólogo para que entendáis cómo me ha fascinado este caballero de setenta y seis años, su artículo detalla la posibilidad (y volvamos a los opuestos: no probabilidad de probable, sino posibilidad de POSIBLE) de crear en laboratorios una pastilla para curar el desamor. Por descontado, los consumidores de Prozac y otros antidepresivos ya han probado en sus carnes y en sus almas atormentadas los beneficios de la serotonina controlada. Éso somos tras quitar las muchas capas de la cebolla: un cóctel de productos químicos que, como tales, se pueden modificar.
Cuando dos personas se enamoran y se atraen sexualmente, una cascada de neurotransmisores recorre su cerebro y su cuerpo. Tales agentes son: oxitocina, fenilenetilamina, adrenalina, noradrenalina, serotonina, dopamina, vasopresina, endorfina, así como las hormonas sexuales testosterona y estrógenos. ¡Cómo no lograr los mismos efectos alterando nuestros niveles artificialmente! Así dice que aunque se requiere todavía algún tiempo, se lograrán los elixires capaces de curar el desamor y todos los trágicos síntomas que arrastramos con él, pero de paso, las mismas investigaciones serán capaces de proporcionarnos otras fórmulas para provocar el enamoramiento, la fidelidad y… ¡la felicidad! Imagino que cuando alcancemos esa vida, también habrá quién investigue para proporcionarnos salida a la apatía, a la desidia y al aburrimiento…
Podremos ir a la farmacia como quién va a la charcutería y pedir «Póngame dos de amor, una de viagra y… ¿A cuánto tiene hoy la felicidad? Uy, no, está carísima, mejor póngame otra de viagra». Podremos preparar un cóctel en el desayuno a nuestro ¿amado? Esposo e incluir café, cereales, zumo de naranja y una pastillita azul con otra pequeñita de amor perpetuo y removerlo con una de fidelidad para que podamos irnos al trabajo mucho más tranquilas, pero ¿nos iremos más felices? Sí, claro que sí: artificialmente felices.
Nos imagino dentro de cien años hablando en nuestras nuevas tertulias los cotilleos de fulanita que…
-¿Sabéis qué? ¡Se ha enamorado!
-¿Enamorado? ¿Qué quieres decir con «enamorado»?
-Pues eso. Ha conocido a menganito y dice que se ha enamorado, que una sensación placentera la invade desde el fondo del estómago, que siente un hormigueo de felicidad recorrerle el cuerpo y muy especialmente por una zona que, no puedo ni nombraros y que… ¡Es feliz!
-Pero, ¿feliz? ¿A qué te refieres con feliz? ¿A qué está tomando felicidina? ¿No será que se ha pasado mezclando las pastillas?
-No, no… La he visto y… ¿Cómo os lo explico…? BRILLA
-Guauuu -admiración general- Pero… ¡Enamorada por el método «antiguo»! Con la de riesgos que conlleva, ¿Es que no ha leído nada sobre lo que sufrían nuestros abuelos?
¿Existirán límites? ¿Y qué límites querremos?
Me viene a la cabeza una anécdota que contó Jorge Bucay en una de las conferencias en las que tuve ocasión de conocerle. Una mujer se presentó a su consulta con el corazón deshecho por la muerte reciente de su marido. Le pedía algún tipo de tratamiento para curar aquel insoportable dolor. Cuando él le habló de paciencia, de entender el proceso de duelo, ella insistió terca en si no podría darle «algo». «¿Algo, cómo qué?» Le preguntó él y ella le pidió si no había algún tipo de fármaco para olvidar el dolor. Él le mintió descaradamente y le dijo que sí, que aunque no estaba patentada, podía darle una pastilla y le sacó del cajón de su escritorio una sola pastilla. Ella se quedó perpleja por un instante y le preguntó «¿Y si tomo esta pastilla, me va a decir que olvidaré toda esta pena y todo este dolor?». Él asintió y le dijo: «Todo. Si toma esta pastilla olvidará todo: el dolor, la pena y también a su marido. Será feliz porque no recordará haberlo conocido, ni ninguno de los momentos juntos. De este modo, tampoco podrá sentir el sufrimiento que provoca su pérdida». Ella dio un paso para atrás. Lo pensó un momento y finalmente le dijo que no, que si el precio a pagar era no recordar lo bueno, no quería olvidarlo. Desde esa nueva perspectiva, el dolor, era muy poco al lado de todo lo vivido.
Imaginaos por un momento no volver a sufrir los desastres de una pérdida ni de un abandono, pero a la vez, no volver a experimentar ¡O incluso no llegar a conocer! Esas primeras miradas, esa voz, esas palabras que encerraban todo lo que el mundo tiene de importante. Recordad por un momento la diferencia en la piel de hacer el amor y… de no hacerlo. Hacer… «esa otra cosa». ¿Habéis llorado alguna vez de emoción, de felicidad? ¿Habéis sentido que os fundíais en un solo ser? Vaaale, lo sé, lo sé: Y por perder todo eso he llorado pero, ¿Y qué? ¡Quiero vivirlo otra vez! Todo. El lote completo y si puedo, con más ímpetu, con más ganas, con más pasión… Con más vida que nunca. Porque creo que la muerte nos llega a todos, sí, pero… está más cerca cuando dejas de vivir.
Quiero ser (orgullosa y con la cabeza y el corazón muy altos) «muy chapada a la antigua» y, dentro de cien años (que los viviré, que yo soy casi perenne), no me busquéis en las farmacias con cajas de pastillas. Buscadme como siempre en alguna terraza que seguiré, tal como hoy, brindando con un mojito y mamarrachearé un cuaderno con algún post mientras canturreo una canción de las de otra época:«Have I told you lately that I love you, have I told you there is no one else above you…»
Van Morrison

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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