as time goes by


missing you
El reverso de tantas fotografías…

Hace ya más de 20 años salí con un tipo, bailarín, muy guapo y con los ojos chinos. La verdad es que particularmente, tengo debilidad por ese tipo de ojos, seguramente porque pertenecen a un género de personas que se ríe muchísimo. Él andaba de vacaciones y, a sabiendas ambos, nos metimos en una relación que a saber adónde nos llevaría. Había idiomas pero sobre todo, distancia de por medio pero, mientras sentimos que ganábamos más de lo que perdíamos hicimos acopio de cartas (de las manuscritas, ¡ay, si llegamos a sospechar que existiría el email!) y llamadas internacionales de esas que costaban un ojo de la cara porque tampoco se habían inventado las tarifas planas. Un par de visitas inolvidables de cada uno a la tierra del otro que incluían algo parecido a negociaciones de cómo hacerlo en el futuro (si el futuro; al menos uno común, llegaba). 


La idea de veranos en Ibiza parecía innegociable para ambos y los inviernos, mucho más inviernos en Londres, tampoco me venían mal. Por aquel entonces y con él, conocí yo el teatro; el de verdad, el de “6 años en cartel”, “No quedan entradas”, el de telones de terciopelo rojo y enormes lámparas de araña en cristal y además, allí ¡con helados! Y ese amor por el teatro sí perdura, y también él conoció el otro teatro: el de “¡Se me ha ocurrido una idea!”, el de los ensayos con los amigos rascando los bolsillos cómo único presupuesto, el de las risas y “nos vamos todos de cena”. Y en sus cartas me daba muestras de ese entusiasmo recién adquirido y me contaba como había redescubierto obras que antes le habían dejado casi indiferente. Nos reímos mucho juntos. Creo que eso lo resume bastante bien: hicimos mucho el payaso hasta que… Se acabó. Así, sin más. Una discusión absurda y casi forzada en la que a los dos se nos delataban las pocas ganas de seguir.

Como si de un día para otro pesaran más los contras que las risas y después de aquel encuentro desencuentro, sin traumas, unas cuantas cartas de reproches ayudaron a matar y rematar cualquier posibilidad de amistad.

Alguna vez en el tiempo, mi madre me dijo que un tipo había llamado preguntando por mí, en inglés (uf, para que mi madre distinga un idioma) e intuyo que pudo ser él. También me cuadra que nunca cumpliera su parte del trato de aprender español…
Yo estuve en Londres muchas, muchas veces después (como he dicho, mi amor por el teatro perdura) y en alguno de los viajes traté de dar con él. Su teléfono ya no existe y el de casa de su hermano ahora pertenece a una familia nueva.
No pasa nada. Las cosas son como son o más exactamente: son como hacemos que sean.
Pero el otro día, por esos saltos de la red en que lees en cualquier lado un comentario de un comentario, o ves una persona etiquetada en la foto de un amigo común y algo te llama la atención y haces clic en su nombre y de repente ves que justo al lado hay una foto en Vanarasi ¡Y tú has estado allí! Y clicas más fotos, más comentarios, más nombres… Y tras esa red casual, ahí estaba él. Sin un atisbo de duda porque la foto además, era exactamente de la primera vez que estuvimos juntos. Impresionante, ¿así de fácil? Tras tantos años y llamadas y correos devueltos, ¿y estás ahí? Le mandé un mensaje de una línea diciendo que tenía sospechas más que fundadas de que él era él y no tenía ninguna de que yo soy yo y al cabo de un par de días aceptó mi solicitud de amistad sin una palabra. Ambos fisgamos en nuestros “perfiles”; ésos que dibujamos cara a la galería sin mostrar el mal humor de la mañana, el olor a pañales del cubo de basura o las infidelidades que hayamos cometido o que hubiéramos querido cometer (sólo por poner un par de ejemplos). Nos vimos sonreír en fiestas con otras personas desconocidas, brindar con copas en la mano, bailar disfrazados (seguimos siendo payasos aunque, por separado) y posar frente a lugares exóticos cómo si fuéramos parte de una postal. En su caso, muchas muestras de aquel verano y del de después y esa laguna grande en el tiempo hasta hoy. Canas en aquel pelo antaño negrísimo, muchos kilos de más que dejan claro que ya no baila y sin embargo no empañan esos ojos chinos y esa sonrisa inmensa.

Pasó un mes. No le dije ni una sola palabra. Él a mí tampoco, ¿y para qué? Le borré de mi lista de amigos y tampoco entonces envío una señal de protesta.

Es como si de repente cobrara sentido la frase de Sabina: “Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver” pero, con una pequeña licencia: si alguna vez nos entra la nostalgia, sabemos donde encontrarnos. Y me alegro, me alegro de haberlo visto aunque sea por el rabillo del ojo. A saber, con las vueltas que da la vida si no nos encontraremos alguna vez viendo la puesta de sol en el Café del Mar, en un espectáculo callejero en Covent Garden o, mejor aún, en un ghat en Varanasi.

Casablanca: play it once Sam, for old times’ sake: As time goes by

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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