De cómo acabé en una orgía por no saber idiomas (y ya que estaba me quedé) 6


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Anda que no hacía tiempo que no contaba batallitas de esas “por encargo” y esta en concreto llevaba acumulada varias peticiones. Una que es de hablar en las sobremesas (tras los vinos y licores) y, caramba, torpe donde las haya y me meto en cada “fregao“…
 

En fin, manos a la obra y aquí va la historia de cómo acabé en una orgía por no saber idiomas y ya que estaba, ¿pues qué iba a hacer? ¡me quedé!

 
De cómo acabé en una orgía por no saber idiomas (y ya que estaba me quedé)
 
La historia empieza en realidad unos años atrás (ya sabéis que soy mucho muchísimo de contar los delitos cuando ya han prescrito). Por aquel entonces trabajaba yo en distintos “saraos” que me obligaban a viajar y mucho por múltiples ciudades europeas en las principales ferias turísticas promocionando lo mejor de lo mejor de la geografía española. Pues hallábame yo precisamente en la más importante a nivel mundial y que se celebra en la infinita Messe de Berlín. 160.000 metros cuadrados de recinto ni más ni menos.
 

Era marzo con un frío alemán del copón y un día que yo no es que estuviera con el guapo subido, qué va, de verdad ¡QUÉ VA! Que a las ocho de la mañana yo pierdo muchísimo y que bajo cero se me pone la nariz roja enseguida, y las orejas se me cuartean, y me castañetean los dientes que es un no parar.

 
Además, iba cargando el maletín de mi inseparable ordenador y arrastrando un pesado trolley a reventar de folletos, haciendo equilibrios sobre tacones para no derrapar con la nieve. Pues aún así, triunfé, vaya que triunfé… Los autóctonos, que son muy raros.
 
La cuestión es que estaba yo en el andén del metro que me llevaría rumbo a la feria, sujetando maleta y trolley mientras trataba de sujetarme las mandíbulas, y claro, no caerme, que las caídas en el hielo son malísimas y vosotros ya sabéis que servidora es de caerse siempre que tiene ocasión.
 
Pues ahí apareció de la nada un pirado que supongo alemán aunque no mediamos palabra. Sólo le descubrí mirándome con cara de loco justo cuando el tren llegaba y bajaban los pasajeros. Le ignoré sintiéndome muy a salvo porque en cuestión de segundos ya estaría dentro de mi vagón. Pues esos segundos le dieron tiempo para echar a correr, comprar una rosa y lanzármela antes de que la puerta se cerrara. Como suena: un tipo (muy raro) me dio una rosa, lo cual puede parecer un gesto muy tierno, pero reconozcamos también que me complicaba un poquitito el trayecto porque se sumaba a los bultos que ya llevaba.
 
Ni que decir tiene que no la tiré, sino que pasé el viaje hasta la Messe pensando en la envidia que iba a causar entre mis compañeras cuando lo contara (que anda que no soy de contar historias).
 
Pues debía andar muerta de la risa yo sola mientras atravesaba aquel laberinto de pabellones, pasillos y escaleras eléctricas que suben y bajan repartiendo miles de miles de personas, cuando comprobé desde mi escalera hacia arriba como en el otro extremo del rellano, en la escalera opuesta un tipo pirado (otro pirado distinto) me saludaba todo sonriente con la mano. Supongo que la rosa o las orejas cuarteadas le hicieron gracia, o es que el frío no afecta a los alemanes como a los españoles (ya sabéis que los latinos somos de otra sangre), pero como total estaba lejos como para resultar peligroso, cambié mi gesto de “pero qué os pasa a todos hoy (raros, que sois unos raros)” y le saludé también. Llegué a mi planta y me marché por el laberinto de decenas y decenas de estands hasta llegar al que yo trabajaba.
 

Apenas aterrizada y ya fardando con mi historia de la rosa, me comentan mis compañeras: “¿puede ser ese el pirado?” y señalan a un tipo que, con traje y corbata corre como si le persiguiera la policía. Mira tú por dónde, no era el del andén, sino el pirado de la escalera.

 
El tipo se echa las manos a las rodillas para recuperar el aliento y así, de reojo, echa un vistazo al cartel del sitio para el que trabajo y jadeando me dice que quiere toda la información que pueda darle sobre lo que vendo. Le ofrecí un café a falta de bebida isotónica en el estand y le pido que me acompañe a mi mesa. Ahí lo hago sufrir todo lo que puedo y se come con patatas todos y cada uno de mis folletos informativos. Me asiente a todo con un interés, que bien podría parecer que va a comprarlo todo, ahora, que se lo lleva puesto. Me pregunta cuándo llegué a Berlín y cuando le contesto que haría una semana maldice en todos los idiomas y me dice que él se va esa misma tarde. Me saca de un bolsillo del traje su billete de avión para darle más veracidad a su afirmación y, de paso, su pasaporte lleno a rebosar de sellos. Tenía tanto sellos de tantos países que le desbordaron y tuvo que recoger alguno que cayó rodando a la moqueta.
 
Se llevó una de mis tarjetas de la mesa y me dio una suya en la que aparecía su foto muy sonriente. Era ingeniero y además el responsable de Asia de una archiconocida multinacional y eso, al parecer, lo mantenía viajando. Me dijo algo del tipo que le quedaba una hora y que me fugara y me invitaba a comer y yo que soy muy responsable y tenía el cupo de pirados más que cubierto para lo que llevábamos de mañana, le dije que mil gracias pero que no, mientras ninguna de mis compañeras trabajaba ni un poco porque estaban todas pendientes de cada detalle de la escena.
 
Ahí debería acabar este prólogo, pero no, porque ese día no, pero desde el siguiente empecé a recibir correos y whatsapps con selfies desde todo el continente asiático. Al principio con monumentos característicos y ya luego, calzando alguno con su torso musculoso al descubierto desde el balcón de algún rascacielos. Semejantes imágenes iban acompañadas únicamente de saludos cordiales. Nada que diera un motivo para cortarlo. Ni siquiera en sus esporádicos: “¿cuándo vuelves a Berlín?” a los que yo siempre contestaba con que no entraba en mi agenda.
 
No volví hasta el año siguiente y, por supuesto, no le dije nada, pero ahí apareció él, el día de la inauguración y después al otro, y al otro… cada día de la feria invitándome a cenar al terminar la jornada. Yo le explicaba que era un viaje de trabajo y que estaba con mis compañeros y viendo que no iba a llevarme al huerto tan fácilmente sí se cameló a mi jefe y aquella noche acabamos todos a un club de hip hop. Esa estrategia se repitió, tal cual, un año después en que acabó logrando que lo invitaran a cenar ya no sólo con mi jefe, sino con todos mis compañeros que ya lo llamaban “mi amigo alemán”. También se presentó “por sorpresa” en otra feria en Barcelona y acabamos jugando todos a billar. Otra vez fuimos a un club de salsa.
 
Hay que sumarle a la tenacidad del muchacho que cada vez nos recogía en un cochazo distinto, lo cual a mí me daba un poco más igual, pero mi jefe estaba encantadísimo y así mi incansable pretendiente se crecía y hacía rugir el motor por el centro de Berlín. Me preguntaba si me gustaban los coches y yo le decía que no. Me preguntaba si prefería éste al del año pasado y yo le decía la verdad: que no era capaz de recordarlos.
 
En cambio, bailar sí me gusta. Bailaba muy bien y fuéramos donde fuéramos toda aquella panda de españoles acompañados de un ingeniero alemán, los gorilas de la puerta siempre lo saludaban por su nombre y nos abrían paso hasta un reservado donde nos colmaban de atenciones para deleite de mis compañeros. Después bailábamos todos, y sonara lo que sonara, verlo bailar era un espectáculo.
 
Ya un año después, yo había llegado a Berlín un par de días antes del comienzo de la feria y llevaba tiempo sin contestar a sus mensajes de “¿cuándo vienes? Por favor, no busques un hotel que como en mi casa no estarás en ningún sitio, yo te llevo, yo te traigo, puedes quedarte con tus amigas también si quieres, que yo sólo tengo buenas intenciones, he cogido toda la semana de vacaciones, ¿puedo enseñarte Berlín? El martes nos ha invitado mi hermano a cenar, ¿verdad que puedo cenar contigo el martes? ¿y el miércoles? ¿y el jueves?…”
 
Le escribí recién llegada a mi hotel agradeciendo todas sus invitaciones, pero estaba esperando a una compañera que llegaría esa misma noche desde otro vuelo. Inmediatamente me dijo que me invitaba a cenar en lo que la esperaba. No sé cómo lo hizo, pero os juro que en menos de cinco minutos ya me esperaba en la recepción del hotel. Va en serio. Cuando en la misma conversación escribió en un mensaje “ya estoy aquí” el tipo me pareció hasta peligroso ¡que Berlín es enorme!
 
Cenamos, me acompañó de vuelta al hotel, nos despedimos y llegó mi amiga. Estábamos ya juntas cuando mi pretendiente volvió a dar señales de vida. Me dijo que tenía invitaciones para una fiesta fantástica: “salsa, mucho baile”. Le propuse el plan a mi amiga y aunque ella no era mucho de salsa, por supuesto dijo que sí. Se lo transmití y entonces me dijo que tenía una alternativa a la salsa y es que también tenía invitaciones para una “Kinky Party”. ¿Kinky Party? Nos preguntamos las dos y yo, que soy rápida rapidísima, le dije que “Kinky es ‘poligonera’, ¿no? Debe ser una fiesta temática”.
 
Escribí al muchacho para decirle que preferíamos de largo una Kinky Party y él, bastante entusiasmado, nos informó que teníamos que ir vestidos de negro. “¿De negro?” Nos sorprendimos nosotras, que hubiéramos apostado más por colores fluorescentes, gorras para atrás y hasta aros en las orejas, pero le dijimos que ningún problema.
 
En nada teníamos ya a ese eficiente hombre en la puerta del hotel con otro coche distinto al de la cena, y ruge que te ruge, el vehículo nos llevó a nuestro destino. Era un local normal. Algo parecido a una disco a las afueras. El gorila le saludó por su nombre y nada más que destacar hasta que entramos y vimos a una mujer acudir al guardarropas sin más prenda encima que un pantalón de látex. Una es de Ibiza y ha visto go-gós con las pintas más raras del mundo, así que quizá pasaba lo mismo en Berlín, una ciudad moderna donde las haya. Mi amiga se asomó en lo que mi pretendiente y yo dejábamos las chaquetas y salió con los ojos como platos. Sólo me dijo:

-¿Has visto a la mujer del pantalón de látex?

-Sí.- Respondí.

-Pues es la persona más vestida de la fiesta.

-¿En serio?- Pregunté.

Asintió. Nos quedamos mudas las dos.

-¿Qué hacemos?- Preguntó.

Otro minuto de silencio.

-Ya que estamos… Entramos, ¿no?

-¡Sí, sí, por mí sí!

 

Pues va y resulta que “choni“, “bajuna” o “kinki” (con “i” latina) son sinónimos de “poligonera“, pero el mínimo cambio de una “i” por una “y” ¡es un cambio enorme! y “Kinky” quiere decir “que gusta de practicas sexuales poco convencionales como fetichismo o sado” y por lo tanto “Kinky Party” ¡era una orgía! Os garantizo que esa sutil diferencia léxica no se nos va a olvidar en la vida ni a mi amiga ni a mí, pero he de reconocer que tengo una curiosidad que me puede y que aunque así de pronto no habría ido a algo así, ya que estaba… ¡vaya que me quedé!

 
Me senté en un taburete de la barra mirando cuanto me rodeaba con total curiosidad. La primera cosa que me llamó la atención no fue ni mucho menos de carácter sexual, sino el precio de las consumiciones: “combinados a 4 euros” lucía un cartel, y mi amiga y yo nos reíamos mientras decíamos al unísono:

-Gin tonics a cuatro euros ¡nos quedamos!

 

En lo que era la sala principal, donde se encontraba la barra y la pista de baile, había todo tipo de personajes: una pareja de gorditas mostrando sin pudor carnes trémulas con escasa ropa interior, algún macizo con calzoncillo de látex y botas, una mujer sin más prenda que un saco puesto en la cabeza y a la que su acompañante paseaba con un collar de perro y una cadena mientras le daba latigazos que a mi amiga y a mí, brindando porque la vida te depara sorpresas, nos parecieron de verdad muy flojos.

 
Se me acercó un hombrecito con aspecto de duende vestido únicamente con un tanga que más bien podría definir como un condón de ganchillo rematado con orejas de elefante y me pidió muy amablemente si le permitía que me lamiera los pies. Le dije que “no, gracias, que ya los traía lamidos de casa”, y con la misma amabilidad se marchó para volver cada media hora por si había cambiado de opinión.
 
De vez en cuando aparecía otro señor, que esa misma mañana podría habernos atendido en la ventanilla de un banco o habernos vendido los tickets del metro, pero que ahora iban ataviados con cuero, cadenas y pinchos y me ofrecía invitarme a una copa y con la misma aprendida amabilidad les decía que no, mientras mi amiga y yo nos protegíamos “por si nos echaban burundanga o algo en los vasos cuando no mirábamos”. La verdad es que, siendo justos, me parecían todos de lo más inocuos y, coincidíamos mi amiga y yo, en que nos sentíamos mucho más tranquilas que en cualquier barra de una discoteca de Murcia o de Badajoz, por citar dos ejemplos.
 
Mi pretendiente estaba expectante. Analizaba cada una de mis expresiones y sólo se acercaba a marcar terreno si alguno de estos señores más desnudos que vestidos hablaba conmigo más de una frase.
 
Fuimos a dar una vuelta por el resto de las salas y ahí es donde estaba “la fiesta fiesta”. En una había jacuzzis y dentro había grupos de hombres (sólo hombres) comiéndose las bocas. Sólo puedo hablar de lo que se veía fuera del agua y hambres de boca, traían. En otra había sillas de ginecólogo. A pesar de la escasa luz, ya podéis imaginar lo que se comía allí. Entonces se me acercó otro señor que de día debía ser funcionario, pero ahora paseaba meneando su trompa de elefante y mi pretendiente casi le hace un placaje.
 
La última sala era la más impresionante. Allí había camas redondas donde parejas o grupos de tres o cuatro personas hacían sus cositas mientras otros alrededor miraban. Algunos trompa en mano; otros como si comieran palomitas en el cine sin demasiado interés.
 
Mi pretendiente me ofreció que nos sentáramos en una de aquellas camas balinesas y me dio bastante grima porque a saber cuántos fluidos corporales habría allí y porque, caray, soy mucho más de barra de bar. Le pregunté directamente si venía mucho a este tipo de fiestas y me dijo que era la primera vez. La mentira le duró exactamente hasta que uno de los empleados le llamó por su nombre y le decía que le traía la botella de aceite de masaje que había pedido. Sonrió tratando de arreglarlo y se ofreció a masajearme. Cuando vio mi mirada asesina me preguntó si prefería que nos diera un masaje a mi amiga y a mí juntas. Ahí casi soy yo la de hacerle un placaje a él.
 

Tengo que decir que quizá él fuera lo más “peligroso” del lugar. La gente era del montón. Del montón montón. Nada de cuerpazos de calendario de bomberos o portada de Playboy. No. Sólo gente a la que le gusta experimentar el sexo de otra forma, fuera de casa, de una manera más “pública”.

 
El que quería ser mirado, se ponía donde pudieran verle; el que quería mirar, miraba y no necesitaba interactuar con el resto. Los que querían algo de privacidad la encontraban por aquellos rincones oscuros y si alguien se acercaba, bastaba un gesto para que se fuera (nunca mejor dicho) con el rabo entre las piernas. Lo dicho: unos participantes muy amables ¡Si hasta los latigazos eran tremendamente sutiles! Que si me llegan a prestar un látigo a mí cuando me vino el ingeniero con aceite de masaje, seguro que le crujo.
 
Y aunque no hubiera sido capaz de apostar qué sentiría en un lugar así, tengo que reconocer que nada me pareció “excitante”. Todo lo que sentí fue curiosidad y cualquier asomo de líbido era la de mi mente pensando en la pedazo de historia que tenía para contar.
 
La fiesta se acabó y anunciaron el lugar y la fecha de la siguiente. Al parecer, son itinerantes y sólo al final te informan de la siguiente. Mi amiga y yo aún estábamos sin dar crédito de cómo habíamos acabado ¡en una orgía!
 
En cuanto al ingeniero, aunque tengo que reconocer mi responsabilidad en todo aquel asunto, porque sí, lo tenía muy, pero que muy aturdido, porque fui yo la que le dije que “sin dudar, prefiero una Kinky Party”, empecé a esquivarle. Pongamos que me cansé de tanto ruido de motor. Vino, por supuesto que vino a la Messe el día de la inauguración, y al otro, y al otro… y yo al verle desaparecía por la puerta de atrás sin decirle nada. Nunca más le contesté al teléfono. Al año siguiente ya ni volví a la feria.
 
El tiempo pasó. Publicaron las “Cincuenta sombras de Grey” y mis amigas leían el libro con avaricia y quedaban para ir todas juntas a ver el estreno al cine mientras soñaban con ponerle picante a su vida sexual. Ahora invertían en lencería cutre salchichera y antifaces y fustas y a mí, me parecía todo muy light. Las miraba con aburrimiento y les contaba que yo sí había estado en una orgía, “de las de verdad” y, como mucho, que igual un día les pediría el látigo porque reconozco que de eso sí me quedé con las ganas.
 
Seré un rollo, lo asumo, pero al menos puedo hablar con conocimiento de causa y a día de hoy, me quedo con mi churri. Con todos los juegos del mundo, con toda la imaginación puesta en la materia, cambiando el escenario y hasta los personajes, con risas, con pasión, con calor… ¡Como sea! Pero aún prefiero, de largo, el sexo de a dos. Que no me pone mirar a otros que no conozco y no me dicen nada, que me sobra el público que me aplauda. Solos, solos tú y yo, con todo lo que importa entre las manos, en eso que vulgar y maravillosamente llamamos en casa HACER EL AMOR.
 


Repasando vocabulario:

Kinky; pervertido.

Kinky Party; orgía, bacanal.

Orgía: Fiesta en la que se busca experimentar todo tipo de placeres sensuales,especialmente en lo relativo a la comida, la bebida y el sexo. Según Charlie Sheen, actor y proclamado experto en la materia “son necesarios un mínimo de seis participantes para tener la consideración de orgía”. Con cinco, sospecho, lo considera “partida de Monopoly”.

Líbido; deseo de placer, en especial, sexual.

Churri; Abreviación del apelitivo cariñoso “pichurri”.

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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6 Comentarios en “De cómo acabé en una orgía por no saber idiomas (y ya que estaba me quedé)

    • Pilar Ruiz Costa Autor

      Una vez hace muchísimos años escuché una entrevista en la radio. Era a un cantante que a mí, “ni fu ni fa”, vamos… ¡que ni recuerdo quién era! Pero sí una cosa que me impactó. El entrevistador le preguntaba qué estudios tenía (debía dudar que tuviera alguno) y él contestaba que “Bibliotecología”, esa palabra oculta detrás de la carrera de bibliotecario y el entrevistador le preguntaba ahora sí, sorprendido que por qué precisamente esa carrera, a lo que el cantante contestaba: bueno, me sirve para aumentar mis conversaciones.

      ¡Qué te voy a decir que ya no sepas! Si precisamente “a eso” ¡ES A LO QUE ME DEDICO! Así que sí, apúntate a todo tipo de glosarios porque de verdad, de verdad… nunca se sabe.

      Abrazos californianos. Más te vale estar siendo muy muy feliz