el Ave Fénix y los fameliars 10


duende fameliar Ibiza

Muchos días sin escribir. Lo sé, lo sé… que no me riña nadie. Para quien le sirva de consuelo: no me he muerto aunque, “pa’matarme”, lo que se dice… “pa’matarme” si he estado en alguna ocasión. Es lo que tiene ser torpe y curiosa; curiosa y torpe. Me explico; total… si seguro que acabo en más de una ocasión en vídeos de primera. Ay, qué lástima de este cuerpo tan maltratado…

Como ya sabéis ando de vuelta en Ibiza, aquel lugar del mapa con luces fluorescentes de discotecas que se encienden y se apagan, pero Ibiza, es importante que lo sepáis: es mucho más y en eso, precisamente en eso: consiste mi nuevo trabajo. De modo que sumemos ingredientes: una ibicenca en Ibiza, tratando de revivir todo lo vivido muchos años atrás, implicada en el proyecto de mostrar que la isla tiene muchas caras y todas son igual de significativas y encima, curiosa (que me lleva a querer probarlo todo) y torpe (que me lleva a probarlo todo, tocarlo todo, subirme a todo y después, a veces: caerme).

De modo que hallábame yo disfrutando la magia de la isla en su noche más mágica: la noche de San Juan, llena de tradiciones, rituales y duendes y tras haber dedicado el día a escribir algún articulo contado las maravillas de una de nuestras leyendas (y de mis favoritas) que es la de unos duendes autóctonos llamados fameliars. Para los que no los conozcáis, os cuento que eran unas criaturas feas, dentudas, con los miembros excesivamente largos, con pocos pelos, mal aliento y con unas infinitas ganas de trabajar, pero también con un hambre insaciable. Sabed que estos seres eran capaces de realizar las más duras tareas y se les atribuye diferentes construcciones que sorprendieron a los vecinos apareciendo de la nada de un día para otro. Sucedió con casas repartidas por el campo, todas ellas encargos con curiosísimas historias detrás víctimas del amor y la mala suerte y también el puente viejo de Santa Eulalia del Río, que debe su nombre a que posee el único río de las Baleares. Pues bien, este Pont Vell también es conocido como Pont del Dimoni porque los antiguos pobladores dedujeron que sólo el Dimoni tenía la capacidad de construirlo en una noche. Claro… no contaban con los fameliars.
Para quienes penséis que desaparecieron, al igual que el ratoncito Pérez o el Hombre del Saco, no puedo más que corregiros: existen y es más, aún puedes ser el legítimo propietario de un fameliar… si te atreves ¿No me creéis? Probadlo y después hablamos. Eso es exactamente lo que hago yo.
Resulta que la noche de San Juan si te vas debajo del Pont Vell verás crecer una hierba. Has de estar muy atento porque sólo dura un instante: crece, brilla y desaparece tan rápidamente como apareció, pero, si te da tiempo a arrancarla y ponerla en el interior de una botella de cristal oscura (y en este punto, será vicio, pero yo siempre pienso que una litrona es la ideal) y la tapas y la ocultas debajo de tu cama, a la mañana siguiente tendrás un fameliar. No lo verás; es imposible porque dentro de la botella es transparente, pero en cuanto la abras se inflará como si de un globo se tratara una criatura horrorosa: tu propio fameliar que te pedirá constantemente “feina o menjar, feina o menjar, feina o menjar…” (trabajo o comida). Ya puedes tener previsto mucho, pero que mucho trabajo o empezará a comer todo lo que encuentre, te vaciará la despensa de casa y cuando no quede una migaja por comer, habrá desaparecido para siempre.
Pues en la preciosa víspera de la noche de San Juan me llevé a mi prima y todas sus hijas a pasear por la rivera del río de Santa Eulalia y las invitaba a buscar 5 figuras de fameliars que hay escondidas y que en el caso de encontrarlas todas, te asegura la buena suerte y mientras, por descontado, les contaba historias de fameliars; algunas un poco más inventadas que otras, con mucho amor y suerte buena y mala.
Ya con todos los fameliars encontrados pero implicándonos: escalando y saltando rocas del río para poder verlos y tocarlos, nos marchamos rumbo a Ibiza para participar en alguna de las distintas celebraciones. Yo tenía el corazón dividido ¡quería estar en todas! De modo que después de escribir deseos y quemar todo lo que no queremos en nuestras vida, brindando para decirle un merecido adiós en la playa de Talamanca, comiendo buñuelos y escuchando orquestas, me marché a Santa Gertrudis y San Juan, mientras las otras chicas se fueron ya a dormir.
En Santa Gertrudis había correfocs y quise probarlos. Estos correfocs no eran dimonis como en Palma sino feas payesas ibicencas con máscaras terribles. 
Después, encendieron un arco con bengalas y claro, quise probar a atravesarlo encendido para seguir acumulando buena suerte.
Después vino saltar hogueras, ¡claro que alguien con mi insensatez ha saltado hogueras! Pero esta vez no era una hoguera entre amigos en la playa sino diez puestas en fila y cuando al compás de la batucada empezaron a aparecer tímidamente hombres dispuestos a poner a prueba su destreza y entre ellos, ninguna mujer, me faltó tiempo para ir a hacerlo entre muchos cientos de personas. 
Las hogueras recién encendidas tenían las llamas muy altas y resultó que no se saltaba una a lo ancho, sino las diez y a lo largo. “Bah, un detalle sin importancia” pensé yo antes de caerme en plancha entre la tercera y la cuarta hoguera. Decir que “vi la luz”, no tendría ningún sentido, porque vaya que vi la luz ¡y lo cerca que vi el fuego! Y como me consta que soy muy torpe, pero también veloz de pensamiento cuando las circunstancias lo requieren, algo impidió que aquel impulso mío me hiciera volar hacia delante, dirección exacta en la que iba y habría acabado cocinada a la barbacoa sino que frené en seco mi salto en el aire y caí con una fuerza descomunal estrellándome en la distancia mínima y exacta de dos hogueras. Vaya castañazo me pegué… El “oooh” del público fue general y muchas manos me levantaron inmediatamente preguntándome si estaba bien. Sólo dije “sí, sí” y mientras intentaban sacarme del fuego, me sacudí las cenizas como buen Ave Fénix y volví sin pensarlo a saltar las hogueras. Esta vez, sí. A veces a la segunda, va la vencida… 
Ahí me gané una gran ovación y aplausos como si fuera inusual al caer, el volverte a levantar cuando de todos es sabido que es el único paso que se puede dar: hacia arriba y si es de un salto, ¡todavía mejor! Al terminar me rodearon para decirme tantas cosas a la vez que no sabría decir cuántas o cuáles y además, los brindis de San Juan agudizan la suerte pero entorpecen la vocalización. Sólo me quedé con un tipo que salido de la nada me abrazó gritando “¡tía, ets sa canya!” (tía eres la caña) y no pude más que darle la razón mientras me sacudía la ceniza de las heridas. 
Cómo quedaron mis piernas y mis manos merece un post aparte y hasta un cuadro de Picasso pero por si alguno me lee mientras come, me guardo los detalles.
Muchos de vosotros, más listos todavía que yo ya habréis sacado muchas conclusiones de esta historia, pero, por si os hubiera pasado desapercibida, dejadme que os cuente la que saco yo.
A la mañana siguiente, las muchas niñas de mi prima me preguntaban sin entender cómo podía ser que si había encontrado todos los fameliars y se suponía que me traían suerte, ¿cómo podía haberme caído? A lo que les contesté:
-Bueno, puedes pensar que tuve mala suerte porque me caí o muy buena, porque me estrellé contra el suelo en lugar de caerme al fuego.
Y es que creo que es igual de común, ver “la caída que fue” y no “la que pudo ser”.

 


Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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10 Comentarios en “el Ave Fénix y los fameliars

  • Territorio sin dueño

    Historia con moraleja como no podía ser menos, a ver para cuando el libro de autoayuda pero en tu estilo.
    Se te echaba de menos, un beso ibicenca en Ibiza

    • admin Autor

      Preciosa, que te tengo abandonada ¡no es falta de ganas de escribir! Qué va… si voy acumulando historias a cada paso; es tiempo. No me encuentro a solas frente a frente con mi ordenador y cuando lo hago, lo miro de reojo; luego miro a la cama y siempre, siempre… acaba ganando la cama.
      Ya llegarán tiempos con más tiempo 🙂

      Un beso,

  • Macondo (Chema Almudévar)

    Si es que no se te puede dejar sola.
    Me resultan un poco agobiantes los fameliars esos, pero si dices que dan buena suerte. O es que tú eres muy positiva y siempre le ves la cara buena a las cosas, que me parece que hay algo de eso también.
    Besos.

    • admin Autor

      Son agobiantes, lo son… además, hay un detalle que aún no he contado. Así como los fameliars no se extinguieron, lo que sí se perdió con el paso de los tiempos fue el único conjuro capaz de devolverlos al interior de la botella y las leyendas de estos duendes están plagadas de construcciones mágicas sí, pero no eran gratis: su apetito voraz acababa con toooodo: lo que tenías y a veces, lo que podías tener, pues tras su desaparición te sobrevenían desgracias. "Duendes juguetones" los llaman ¡y un carajo! Que hay bromas que no tienen puñetera gracia. Aún mi abuela, cuando nos desaparecía alguna cosa sonreía (ella siempre sonreía) y nos decía: "lo habrá escondido un fameliar".

      ¡Gracias por tu visita!

  • dolega

    Necesito instrucciones precisas en donde crecen esas maravillas.
    ¿Me dices que cuando las sacas de la botella solo piden trabajar ó comer?
    ¡¡¡Joder en mi casa, van a morir de hambre!!!
    El año que viene me voy para allé sin falta. 🙂
    Cuidate. Y yo pienso que tuviste mucha suerte.
    Besos

    • admin Autor

      ¡Yo también! Pues creo que he dado bastantes pistas e incluso fotográficas como para que todos los encontréis, de todos modos, el año que viene cuando estés por venir, me escribes y vamos juntas. Ya habrás comprobado que a mi lado estas CASI… a salvo 😉

  • Maha Lub

    valiente calamity!!! menos mal que diste con los fameliars, si llego a ser yo me como las brasas, fijo…
    lo de levantarte y seguir ya me parece de heroína total, ovación por valiente!
    saludos 😉