Ich liebe dich 8


ich liebe dich, I love you, te quiero en idiomas

Acabo de llegar de una muy fría Düsseldorf. Solo fría que no olvidada, porque debajo de las capas de nieve podía reconocerla.

Yo había estado allí, pero como ya he estado por lo menos, por lo menos en cuatro sitios, pues me hago un lío y no sé porqué razón, pero algunos los tengo confusos, mezclados y en este caso no era capaz de concretar cómo ni cuándo estuve allí. Tampoco (fijaos que tontería), porqué. Hará seis,  quizá siete años y fui con el, por aquel entonces, mi amado (eran otros tiempos) y además de enamorados probablemente debíamos estar ya en crisis y no sería capaz de precisar cuánto había de lo uno y cuánto de lo otro…

La cuestión es que fuimos a visitar por primera vez algunas de las ciudades a las que él sí había viajado. Era un tipo tan raro mi amado que cuando terminó la carrera cargó su pequeño coche con todas sus pertenencias y se fue a pasar unos años a Alemania. No era un emigrante al uso, qué va. No era necesidad, buscando crecer profesionalmente o para hacer un máster. Era que le gustaba el sonido del idioma… Lo dicho: un tipo raro. La cuestión es que ahí estábamos, visitando a unos amigos suyos que ya habían tenido a bien visitarnos a nosotros unos años antes. Él era un ejecutivo polaco bien posicionado y ella una española simpática que mantenía un puesto del montón por estar junto a su pareja triunfadora y tras algunos años de noviazgo, se habían casado porque al parecer, los polacos son muy de casarse

Mi amado tenía una teoría curiosa y era que no podía durar una pareja de diferentes nacionalidades siempre que ninguno de los dos hablara la lengua materna; es decir, cuando  el país de convivencia y el idioma fueran uno ajeno a ambos. Nosotros, que hablábamos castellanos parecidos y fue imposible… pero bueno, ésa, es otra historia.

La cuestión es que nosotros, enamorados y en crisis o en crisis y enamorados (insisto en que no recuerdo muy bien que primaba más por aquellos días de viajes), llegamos al precioso pisito en la zona del Altbier, en el corazón del casco antiguo repleto de bares y restaurantes y además, con la fortuna de tener justo en frente un parque de bomberos ¡con lo que me gustan a mí los bomberos hablen la lengua que hablen! Pues mira cómo se burla el destino que los que andaban de crisis galopante, eran ellos: la pareja mixta de las lenguas desordenadas ¡y qué crisis! Los desplantes, las broncas se entendían sin necesidad de subtítulos. De nada sirvieron los amagos de fingir delante nuestra o, posponer «lo que fuera» a nuestra partida y ahí, en Dusseldorf, viví una experiencia surrealista que en realidad no era la primera ni la más grave que vivía en Alemania (tela con lo que viví en Münster un par de años atrás).

Como ya he dicho, al destino que le gusta reírse pero a base de bien, nos sorprendió a las dos parejas con la visita por sorpresa de otra pareja más, con sólo uno de los miembros hablando otra lengua y que no sé ahora, pero por aquel entonces repartían una complicidad y un respeto que daba asco. Lo insoportables que son las parejas felices cuando la tuya se desmorona, ¿verdad? Suerte que tanto amor no tuvo cabida y ellos mismos se autodespidieron después de una sola noche allí. Unos flojos los guiris aquellos…

Luego, otra noche, con toda una bomba de relojería haciendo tic-toc en cualquier lengua habida o por haber, llego el detonante en forma de crustáceo. Fue la noche en que cenamos cangrejos, porque resultó que al polaco le encantan los cangrejos y se la trajo flojísima que su legítima española los detestara. Como coincidió que a mi amado en crisis tampoco le iba el marisco, pues mira, me puse morada y no hacía ninguna falta que habláramos más mientras un polaco y yo nos chupábamos los dedos al lado de dos que se comían un bocadillo de queso.

Tras la cena, como no cabían más dardos mortales lanzados en aquellas cuatro paredes, fuimos a tomar algo fuera, por aquellos bares del casco antiguo. Ella escogió entonces un local de salsa porque resulta que el polaco detesta la salsa, los ritmos latinos y creo que ya empezaba a darle arcadas hasta el idioma y entonces ella, tirando de mí para tener coartada, o escudo o vete a saber qué, saltó a la pista y bailó seductoramente con cuanto moreno se puso a tiro. Mi amado no era tampoco de salsa, pero si había cerveza, le daba un poco igual y con tal de que no lo sacaran a bailar, como si me arrastraba un moreno de cada extremidad.

Después de aquello nos marchamos a dormir (porque hay que reconocer que ya estaba bien) y cuando estábamos justo entrando al portal (las mujeres primero), el polaco es el que arrastra del brazo a mi amado y le dice que se van a tomar una última, pero «solo hombres». Será traidor… ¡ambos! Que encienden un fuego y me lo dejan para mí todo. Suerte que teníamos los bomberos ahí… De modo que la futura ex del amigo de mi futuro ex y yo nos quedamos solas en aquel precioso pisito del Altbier frente a un parque de bomberos mientras yo me preguntaba si el 112 sería o no internacional.

Ella empezó entonces a beber como una descosida, bailaba saltando por toda la casa y creedme que no eran horas y menos en un país tan formal y yo no podía sujetarla y recoger lo que tiraba y bajar el volumen de la música y taparle la boca para que no cantara canciones en español de España a gritos. Mirad qué malo es el despecho y la rabia acumulados y mirad qué incultura tengo yo con respecto a tantas otras culturas que ahí me entero de que los polacos no son muy dados al sexo oral. Aja, como suena.

Tengo que deciros que no he podido constatarlo jamás, que no he tenido tanta confianza con los naturales de la tierra de Wojtyla, pero al menos esta mujer furiosa no parecía estar mintiendo. En su caso particular, era así y, claro, una puede pensar que toca decirle que «en el matrimonio hay otras cosas, que si el resto de la relación es maravillosa, pues en la balanza seguro que compensa», pero ahí, ahí… no se me ocurrió tratar de convencerla de nada, ni de que bajara el volumen, ni de que no cantara, no bebiera o no saltara, ni de dedicarle al guiri que tenía por marido en el idioma con el que creció (y al parecer sentía), todos los improperios que se le ocurrían. Solo miraba a los bomberos entrando y saliendo con sirenas por la ventana, miraba el reloj y pensaba: «en cuanto vuelva mi amado, le digo que tiene razón. Va a ser que el problema fue la lengua.»

Nunca más los volví a ver. Paseaba estos días, de nuevo por aquellas calles y me sorprendía reconociendo un sitio y otro. Me sorprendía recordando lo que ni recordaba que recordaba y pensaba en cuánta razón tenía aquel tipo raro que antaño fuera mi amado. Quizá no imposible, pero… ¡qué difícil debe ser amar y expresarse siempre, en todo momento en una lengua ajena!

¿De verdad puedes acostumbrarte a poner un ich liebe dich cuando lo que quieres es decir «te amo» a gritos? ¿Te valdrá un ich liebe dich cuando en lo más profundo de ti extrañas que alguien te hable de amor? Sí, claro que sí. Si el resto te compensa… SÍ.


Alemán: Ich liebe dich

Francés: Je t’aime

Inglés: I love you

Catalán: T’estimo

Italiano: Ti amo

Euskera: Maite zaitut

Ruso: Ya vas liubliu

Gallego: Quérote

Irlandés: Taim i’ ngra leat

Griego: S’agapo

Portugués: Eu te amo

Indi: Hum Tumhe Pyar Karte hae

Hawaiano: Aloha Au Ia`oe

Coreano: Aishiteru

Rumano: Te iubesc

Sueco: Jag alskar dig

Inuit esquimal: Negligevapse

Esperanto: Mi amas vin

Gaélico: Ta gra agam ort

Español: TE AMO


Se me había ocurrido no poner un vídeo en este post, más que nada con la esperanza de que todos aquellos lectores que llegaran hasta el final lo dejaran, soltaran el ordenador, el móvil y echaran a correr y metieran la lengua en la persona amada (aunque fuera enredándola en la boca para enredar ambas lenguas) y un simpático lector me ha recomendado esta canción. Como me parece que más que internacional es universal y se entiende a la primera, le agradezco mucho el gesto 🙂

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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