la ciudad de los muertos vivientes


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En el condado de Humboldt, en el estado de California apenas existe Gaberville. Es este un pueblo de muertos vivientes. No podéis imaginar cuánto se asemejan a los zombis de las películas. Personajes adictos a cristal y metanfetaminas se concentran aquí.

 

No sé bien el motivo, ¿lo habrá? y creo que a poca gente de la que aún resiste en esta centenaria tierra de campesinos, granjas y ranchos (en el último censo, 913 habitantes), realmente le importa el porqué. Les molestan sin más. Los odian sin más. Poco más se puede decir de este lugar: muertos vivientes y odio; odio y muertos vivientes.

 
la ciudad de los muertos vivientes
 
Por no haber, no hay ni iglesia. La que hubo alguna vez está carbonizada, rodeada de un precinto policial como si una simple cinta de plástico amarillo sirviera para impedir que alguien trate de guarecerse del frío de la noche o de la lluvia entre sus escasos restos. ¿Servirá un plástico amarillo para calmar su conciencia cuando se derrumben sobre alguno de estos muertos vivientes? ¿Cuánto tardarán en darse cuenta de que hay cadáveres que faltan entre todos estos cadáveres?
 
Y ahora, en la “Church Street” sólo queda un parque donde los muertos vivientes se concentran al llegar la tarde, en el momento en que los voluntarios les entregan su única comida del día. Llegan, desde esta ciudad que podría ser el escenario de Los Miserables de Víctor Hugo, donde antes estorbaban ocupando aceras; de la puerta del único supermercado, de la esquina de la armería… Aparecen tambaleándose con la espalda encorvada, arrastrando una pierna, sonríen sin fuerzas ni dientes, atan un perro a un árbol y buscan un rincón donde contar sus latas de beans y fumar crack.
 
Se me hace raro ver que ni uno solo bebe. No hay botellas de vodka o litronas, no. Sólo se agarran a sus cigarrillos y pipas imposibles ante las miradas despectivas de los antiguos granjeros que no se resignan a que el pueblo esté invadido por fantasmas.
 
Pasan lentamente los coches de sheriff, al acecho de nada. Los locales lucen en los escaparates, en lugar de ofertas o cartas de menú, sus carteles hechos a mano donde indican que está prohibido que entren, que pidan trabajo, que estén en la puerta, que usen el baño. Prohibido.
 
Me han dicho que me mantenga alejada de la zona del puente. Por lo visto, esta pesadilla no es nada con lo que puedo encontrar si me expongo a las afueras.
 

No puedo evitar que me recuerden a los ancianos que veía caminando por las carreteras de India, descalzos, arrastrando un fajo de leña. Aunque faltaran cientos de kilómetros, la leña los delataba siempre: iban a Varanasi, al Ganges a morir. Como van a morir las ballenas a la playa o los elefantes a la sabana cuando se acerca su hora, cuando están cansados, cuando tiran la toalla.

 
Para estos ancianos, fervientes creyentes de la reencarnación, volver a vivir es sólo la condena de tener que repetir tantos años de sufrimiento. La única manera de escapar es ser incinerado completamente en el Ganges. Permitidme que os explique la importancia de este “completamente”. Sólo las embarazadas y los niños no se incineran. Se les entrega en una camilla al Ganges, “Río Madre”, sin más. Los acaban devorando los peces. Ellos, aún inocentes, tienen que volver a vivir sí o sí. Algo les queda por completar en este ciclo de paso por la Tierra. Pero, si eres un anciano sin familia, o tan pobre que tu familia no podrá costearte la leña suficiente, tu cuerpo arderá, pero sólo a trozos y los dioses volverán a azotarte con la desgracia de devolverte a la vida.
 
Y aquí tengo este lúgubre retrato de personas que vagan más muertas que vivas, esperando que la muerte que sólo asoma por la puerta llegue del todo. Que algo o alguien los remate.
 
Hasta la iglesia, hasta la iglesia se ha ido de aquí. Se han quedado solos. Se han quedado muertos… pero aún vivos.


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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