las personas que nos salvan, las personas que salvamos


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La gente viaja por conocer un lugar nuevo, por desconectar, por practicar un hobby, por cambiar el paisaje… Yo siempre digo que, al menos la mitad de mis viajes, son por la crisis de alguien: mis hijos, mis amigos, algún pariente, algún amigo…

 

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Si el resto de los mortales que me importan están de algún modo concentrados en lugares: Ibiza, Palma, Madrid… y yo soy una peonza que gira y gira. Cuando alguien está mal, perdido… “voy”, “vuelvo” ¿qué otra cosa podría hacer?

 

Y fue llegar a Ibiza hace unas noches y ya a las nueve de la mañana estaba con una gran amiga en la playa de Es Cavallet. Las dos éramos las primeras completamente desnudas dentro el agua (¡y cuánto necesitaba esas cosas: mis amigas, la desnudez, el mar!) y en apenas uno o dos abrazos, ya lloraba derrumbada y me daba las gracias porque aunque “esté lejos”, nunca he estado lejos. “Y nunca, jamás lo estaré” le recordaba yo.
 
Y precisamente a raíz de leer algunos de estos posts míos, allí, en una playa ibicenca, empezamos a rememorar tantas batallitas pasadas… y,nos quedamos en la perspectiva de lo mal que lo pasamos en su día, del susto que nos llevamos, pero de que ya todo aquello (lo que fuera) quedó atrás. Y en un momento dado, emocionada de muchas emociones antiguas y nuevas y quizá porque estábamos desnudas de todo lo demás, esa preciosa mujer me dijo algo precioso:
 

-Siempre estás en todo lo importante. Empiezo a pensar que tú lo provocas.

 
Y eso es una exageración (y además una responsabilidad muy grande), pero sí creo que de alguna forma las conexiones del amor curtido tantos años nos ligan y sí somos capaces de detectar cuando la otra necesita “algo” que quizá le podamos dar. Y por supuesto, llegamos a otra vieja (e inmensa historia) que cada vez que nos vemos recordamos y que aún no os “había contado”. Ya sabéis, por aquello de si también os sirve a vosotros alguna vez.
 
Hace mogollón de años (no me hagáis pensar, pero por lo menos, por lo menos quince) yo estaba, ya veis qué cosa, viajando. Había alquilado un coche verde en Madrid y tras recorrer Madrid, Toledo, Salamanca, Segovia, Valladolid… Había ido subiendo por el norte y me encontraba en Santiago (me gusta mucho Santiago) y de allí iba a cruzar por primera vez el Canal de la Mancha para ver cómo era aquello de llegar a Londres por un túnel en lugar de en un avión low cost.
 
Pues en Santiago, en una época en la que no había whatsapps, ni facebooks y cuando querías saber de alguien, simplemente marcabas su número, mi amiga me llamó. Ella llevaba cerca de dos años viviendo en un pueblecito al este de Alemania.
 
El amor por un arquitecto aborigen bien posicionado la había trasladado allí junto a su hija pequeña. Y me llamó y aunque no me dijo nada grave, algo en su voz, el modo en que me echaba de menos, el llamarme para decirme que tenía ganas de verme… fue más que suficiente para que, sin decirnos nada, después de colgar, mis planes de ruta cambiaran completamente y en lugar de girar a la izquierda en el mapa de Europa, cruzara Francia de tirón, toda la noche y me fuera en una época en la que no había GPS ni Google Maps en busca de un impronunciable pueblecito germano.
 

Siempre, rememorando aquella historia nos detenemos en este punto, ¿por qué me llamó? ¿Qué posibilidades había de que su llamada me pillara “por el mundo”, es decir: en ruta, viajando? Y cualquier respuesta válida lleva siempre un amplio ingrediente de amor.

 
Día y medio, quizá dos días después me planté sin avisar en la puerta desconocida de aquella nueva vida suya porque “algo” no iba bien. Seguro. Y ella se me tiró encima, abrazándome, llorando como esta mañana en Es Cavallet. Y sin ser invitada, me quedé en casa de un arquitecto atónito para ser testigo (no mudo) de su convivencia.
 
A saber si “lo importante” pasó porque yo estaba o yo estaba porque tenía que pasar y me importa una mierda el huevo o la gallina, pero en horas todo aquel mundo nuevo se fue desmoronando delante de mis ojos. Mi amiga -la que yo conocía tan bien- apenas asomaba en la piel de esa mujer sin autoestima, triste y abandonada que allí había y se acabó de romper cuando llegué una mañana a casa de dar una vuelta y la encontré llorando en cuclillas en un rincón porque, por primera vez, él, además, se había puesto violento con ella y la había golpeado.
 
Yo corría por aquella casa desconocida, recopilando todo lo que era capaz de mi amiga y de su hija esparcido en aquel desastre. Él me suplicaba que no me la llevara. Me pedía perdón ¡a mí! y trataba de “explicarme” mientras yo, con una frialdad extrema recogía, recogía, mientras hablaba con aquel hombre como si fuera una negociación de lo más normal. Le decía que me las llevaba sólo unos días, que ya hablarían más adelante de todo y hasta que lo arreglarían, pero desde luego, en aquel momento, esas mujeres se venían conmigo.
 
Y cargué aquellos bultos (los bultos de sus cosas, pero también los bultos que eran mi amiga y aquella preciosa niña) en un coche verde alquilado ahora lleno hasta decir basta y viajamos de vuelta, muchas horas en un viaje con la niña vomitando miedos y mi amiga exhausta durmiendo casi todo el trayecto; primero hasta Madrid y después, a mi casa en Palma.
 
Y  ahora mi amiga me abrazaba, años después, en la playa y me decía:
 

-¡Tú me salvaste, me salvaste!

 
Y yo la abrazaba y le daba la razón, ahora, que vuelve a morderle las piernas otro dolor terrible y le contestaba:

-Sí, y te salvaré cien veces. Todas las que haga falta. Igual que tú me salvarás puntualmente si algún día te lo pido.

 
No podéis imaginar lo bonita que es…
 

 

Ella no es la única emergencia de estos días. Tengo más. He venido a otras emergencias de distintos tamaños y colores. Qué suerte. ¡Qué suerte! Qué privilegio que alguien necesite socorro o reír, partirse de risa y te llame y que tú, además, seas consciente del regalo y vayas. ¡Porque voy, claro que voy! ¿qué otra cosa podría hacer? Si son mi vida… Si la vida es poco más que amor e historias compartidas y eso jamás sería posible sin personas que salvar (de tanto en tanto), sin personas que te salvan.

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

otro Post Data, el blog de Pilar Ruiz Costa

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