corazones rotos y lunas de coche


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Son curiosas las similitudes entre el modo en que se rompe un corazón y la luna de los coches. Probablemente estas últimas fueran diseñadas copiando al primero. Así, ambos se fragmentan en numerosos pedazos pequeños en lugar de romperse, por ejemplo, en la mitad, dejando dos pedazos punzantes que al desprenderse pudieran acabar dañando gravemente a los ocupantes del vehículo en un caso; a alguno de los otros órganos en el caso de un corazón roto.

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Esta forma de fractura, además, provoca que las numerosas piezas se separen, pero no se descuelguen ni se pierdan de su ubicación original. Esto es debido en ambos casos, a que están ligados a través una sustancia dotada de un elevado grado de elasticidad que garantiza la seguridad en los vehículos y, aún más lejos en el caso de los corazones rotos: la posibilidad de reestructurarlo completamente.

Esta cualidad aún no ha logrado ser imitada en la industria del automóvil, a pesar de décadas de arduo trabajo pero supondrá, según exponen “un incalculable ahorro de tiempo y dinero”. No obstante, las empresas cristaleras califican esta posibilidad como “competencia desleal” y alertan de la grave crisis que puede suponer en el sector, estimando que llegarían a peligrar hasta el ochenta por ciento de sus puestos de trabajo.

En el caso de las lunas, hoy por hoy, este material que sirve de ligamento y se alterna con las capas de vidrio se confecciona fundamentalmente de materiales sintéticos como el butiral de polivinilo o el etil-vinil-acetato.

Del lado del corazón, existe una extendida creencia popular y que numerosos estudios han descartado y es la de que el alcohol es el mejor aliado. El consumo de alcohol, especialmente en soledad, ejerce un real entumecimiento de los sentimientos, pero con un efecto rebote que hace que retornen junto a la resaca totalmente intensificados.

El fluido sustentador que liga y regenera el corazón se forma de materiales totalmente propios del ser humano y que son además, tan nobles como: esperanza, fe, ilusión y el propio amor que aún desprende el corazón ahora desfigurado.

Aún así se calcula que son necesarios no menos de setecientos treinta y dos abrazos para que el corazón regrese, lleno de cicatrices, pero capaz de alcanzar nuevamente su forma compacta. Existen referencias de que una vez, en la primavera de mil novecientos diecisiete, en una aldea de Nueva Zelanda, una anciana a la que rompieron el corazón, logró reponerlo en sólo noventa y ocho abrazos, pero no existe una sola prueba fehaciente más allá del optimismo de sus propios vecinos que continúan extendiendo esta historia de generación en generación en lo que muchos ven como un mero intento de atraer turismo a un lugar sin apenas recursos económicos.

No obstante, nos gusta creer que pueda llegar a suceder…

Sin embargo, en lo que sí coinciden un noventa y tres por ciento de los encuestados, es en afirmar que recuerdan el momento exacto del impacto, de la puñalada, del disparo, del golpe certero, de la explosión que les deshizo el corazón y, como muchos de ellos añaden: “y la vida”. Es más,  prácticamente en su totalidad, aún sienten cómo se les encoge el pecho y se les activa el lacrimal sólo al rememorar ese momento de sus vidas.

El principal problema radica en qué sucede cuando el individuo con el corazón roto no busca, no encuentra y por lo tanto no recibe los abrazos y mimos necesarios. En este caso, todo el conjunto del corazón se va endureciendo y arrastra consigo secuelas visibles como falta de vida en general: ralentización de los movimientos, ausencia de sonrisa en el gesto o muerte prematura en la mirada y se desarrolla una intolerancia a todo tipo de literatura, filmografía y hasta música romántica a la que habitualmente responden con un: “quítame esta mierda, anda”.

Mucho se ha hablado al respecto y los expertos aún no coinciden en cuál es la utilidad fisiológica real de la rotura de un corazón, suponiendo tanto dolor que se percibe desde el propio individuo y su círculo más cercano como “inútil” e “injusto”.

Hay quien defiende que un corazón roto y posteriormente cicatrizado resulta más fortalecido y es capaz de amar, a posteriori, aún con mayor intensidad que cuando estaba ileso. Pero la teoría más extendida sigue siendo que acaso este accidente sirva para unir lazos entre otros (muchos) seres humanos y así reconectar a la víctima que hasta entonces se sentía fuertemente ligada a una sola persona (que además la ha desilusionado gravemente), para devolverla al resto de quienes la rodean y rodeándola, la quieren incondicionalmente.

No pretende este ser un análisis agorero del amor, al que tanto respetamos y defendemos en este blog, sino un mero recordatorio de que, a menudo, es absurdo tratar de racionalizar con los sentimientos o permanecer atascado tratando de entender lo inentendible. Y es que de todos es sabido que el corazón tiene razones que la razón no entiende o, lo que es lo mismo: a  veces, es tan fácil como simplemente esperar… y dejarse querer.

 


Ya lo sé, que corazón que no ve
Es corazón que no siente
El corazón que te miente amor
Pero sabes que en lo más profundo de mi alma
Sigue aquel dolor por creer en ti
¿Qué fue de la ilusión y de lo bello que es vivir?
¿Para qué me curaste cuando estaba herío
si hoy me dejas de nuevo el corazón partío?

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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