aquella vieja mesa 12


aquella vieja mesa
Tengo en casa una vieja mesa de madera de pino. No es antigua, ojalá, sino simplemente vieja y bastante maltratada. La compré en Ikea cuando compré por primera vez el piso (porque lo compré dos veces) y el único baremo que seguí por aquel entonces fue: es la más barata.

 

Porque  pensaba, ya  veis, que estaría de paso y después, con los años me han sobrado los motivos para jubilarla. Sucede que también, me han sobrado todavía más los motivos para mantenerla… Y aquí está, riéndose en mi cara, sabiéndose totalmente a salvo.

Estas excursiones mías a la que es legítimamente mi casa (aunque en realidad es de mis hijos que son sus legítimos ocupantes), me obligan a hacer unos intensivos de madre: digo en un fin de semana lo que querría decirles a lo largo y ancho de un par de semanas. Lleno el congelador de tuppers que previamente cocino, pero antes llamo a uno cualesquiera de los hombres de mi vida y les enseño: “tú, el Flaco, ven que vamos a hacer paella”; “el Atractivo, que venga para acá que le voy a enseñar a hacer tiramisú”, “¿quién quiere que le enseñe a hacer Islas Flotantes?” Y ahí gritan “Yo, yo” al unísono. Hacemos albóndigas, galletas, tarta de queso…

 

Y de igual modo les voy dando pequeñas lecciones de mantenimiento de la casa: “Cuando algo se ensucia, se limpia; cuando se estropea, hay que arreglarlo” y ya van recolocando algún rodapié que queda suelto con cemento cola, un tornillo que se pasa de rosca y se arregla con una simple punta de palillo o, por ejemplo, hoy hemos enganchado un muelle del somier de uno de los sofás que vete a saber cómo se lo han cargado.

 

No importa. Las cosas están para vivirlas, pero cuando se estropean, se arreglan.

 

También les he enseñado esta mañana a limpiar metales con bicarbonato y yo, mientras, me he puesto a darle otro repaso a mi vieja mesa. Cuando hice la reforma de la casa, hace ya como siete u ocho años pensé jubilarla hasta el punto de que les dije a los albañiles que podían usarla para todas sus tropelías, pero después, al   descubrirla cubierta de cemento y pintura creo que la vi con otros ojos y en lugar de poner una nueva, decidí enfrentarme al reto de rascarla y pintarla con un blanco decapado que no gustó a mis hijos.

 

Me dicen que parece de pobres y yo les rectifico diciendo que “es una mesa de artistas” ¡y es cierto!

De hecho, no solo es la mesa donde comemos y cenamos nosotros tres o veinte personas en nuestras fiestas, sino que es donde escribo la mayoría de estos posts, donde hacemos manualidades y donde pinto los óleos en las escasas temporadas en que no están en casa, porque cuando pinto, pinto y con esto quiero decir que no hago nada más. No soy de las que sabe pintar un ratito al volver a casa y luego se despega del lienzo. Pintores del mundo… ¿cómo lo hacéis? Por eso pinto mis cuadros en dos días y luego me dicen “qué rápida eres”. No, no… es que es literal: llevo dos días con todas sus horas y minutos entre pinceles y esencia de trementina.

 

Ahora la mesa tiene muchas más manchas que las mías: algún rayazo de arreglar ordenadores encima, grasa del coche tele dirigido que El Flaco ha estado montando estos días y purpurina de cualquier postal que habrá preparado para la novia de turno porque El Flaco, siempre tiene novia. También ha sido el escenario de cortometrajes de plastilina del Director de cine y es donde preparamos nuestras cenas románticas para tres estos días de fiesta.

 

A su alrededor se concentra también todo lo que ellos me dirían en un mes, mientras nos comemos lo que hemos cocinado juntos.

 

Dentro de la aparente trivialidad de contarnos lo que hemos hecho en estas dos semanas de no vernos; sus clases, mis viajes, nuestros amigos y conocidos… se encuentran cosas mucho más imprescindibles como que no podían imaginar una Navidad sin mí en casa, que me echan de menos, pero que se sienten bien, seguros y que a ver cuándo me echo novio, que ya está bien, hombre. Creo que es porque me quieren.

 

Y la vieja mesa lo sabe y por eso, sonríe. Se le nota la certeza de que volveré a fijar una pata suelta y la lijaré con lana de acero y le seguiré dando capas y capas de pintura.

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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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12 Comentarios en “aquella vieja mesa

  • dolega

    Hay enseres que están destinados a compartir nuestra vida. En la mía es una librería castellana que está en la cocina. Es espantosa pero está destinada a seguir ahí por siempre. Lleva 32 años con nosotros y tiene derechos adquiridos. 😀
    Besazo

    • admin Autor

      Igual con un decapado o con un decoupage, así con toda la familia arremangada alrededor… pero no sé qué tal en tu casa, yo en la mía hago una propuesta parecida y me "decoupajan" a mí. He criado unos insensibles 🙁 pero también, llevan taaanto tiempo en la familia que tienen derechos adquiridos. Hasta voz y voto.

      ¡BESOS!

  • Espiritudeibiza

    Gracias SEÑORA… será que la PAUSA nos hace a todos mejores… nos quitamos capas de encima que tapan nuestra esencia, nos renovamos o simplemente limpiamos nuestra energía de todo lo que nos impide avanzar, crecer, acercarnos al corazón de los demás y a Dios, simplemente SOMOS…

    FELIZ NAVIDAD

  • Espiritudeibiza

    Que bonita es la pausa para reencontrarte con lo que de verdad importa, con tus hombres para siempre, contigo misma, con esa casa de artista con alma propia… y esa vieja mesa testigo de tantas historias y que ha sabido reciclarse y pervivir en el tiempo…

    • Macondo

      Estral (destral). El diminutivo “ico” es muy típico de esta tierra y creo que también de la Murcia natal de tu progenitor. Es ese hacha pequeña que hay en muchas casas, que generalmente se utiliza con una sola mano. Supongo que es por su versatilidad por lo que se aplica el término a las personas que (como tú) lo son.
      Besos.