Algunas de las diferencias del mundo 2


 

algunas de las diferencias del mundo
 
Ahora que ando viajando y que cada parada parece una reunión de las Naciones Unidas, donde nos juntamos, sin orden ni concierto tantas nacionalidades distintas: españoles, mexicanos, argentinos, jamaicanos, alemanes… hablamos mucho, pero que mucho de las distintas realidades que todos, temporalmente, hemos dejado atrás. En esta ocasión, estaba hablando con Daniel, un guapo escalador alemán que aterrizó, por esas cosas de la vida, en estas mismas montañas de California.


 
Estamos juntos en la cocina. Mientras él friega, yo preparo café para todos (a él le gusta que haga yo el café que cuenta con un único ingrediente secreto: canela) y hablando, hablando… acabamos comentando que los mexicanos se irán a trabajar a un viñedo por 12 dólares la hora. A él, como alemán, estas cifras le desmotivan sobremanera. No se imagina madrugando (se levantan a las cuatro de la mañana para poder llegar a las siete al campo) para llevarse tan poco en comparación a lo que él ganaría en Alemania.
 
Le digo lo que ya he comentado en diferentes ocasiones a lo largo de este viaje: que me asombran estas diferencias del mundo y le pido que mantenga siempre el contexto. Le explico que en México ganarían 5 dólares al día y claro, se le escapa un grito de exclamación. Aquí vienen a ganar 20 y, cuando se acaba ese trabajo, a buscar el de 15, y después el de 12, pero siempre mucho más que el menos de 1 dólar la hora que ganan allí.
 
Están trabajando diez meses al año en Estados Unidos (por supuesto, como ilegales), pero en enero de 2021 piensan tener terminado el hotel que están construyendo en el desierto. En total, les costará 70.000 dólares. Ahora sí que lanza una buena exclamación relamiendo ya su taza y me repite, una vez más, que le encanta mi café.
 
Le cuento cuando mi hijo trabajó, al cumplir los dieciocho una temporada en una construcción en República Dominicana. Se reían de él sus compañeros y le decían que nunca jamás habrían imaginado llegar a ver a un galleguito cargando piedras. Le pagaban 1 dólar la hora. De nuevo, el escalador suspira de asombro. Le digo que era una fortuna. Los haitianos trabajaban de sol a sol en la caña de azúcar por 1 dólar diario y que lo que yo quería para mi hijo entonces es exactamente lo mismo que quiero ahora: que conozca, en primera persona, arremangándose y trabajando mano a mano, algunas de estas diferencias del mundo, que es lo mismo que conocer el mundo de verdad…
 
Sin embargo, las grandes, casi inimaginables diferencias que aprendemos estos días de convivir, no son económicas. Son de lo poco que vale una vida humana según el lugar en que te ha tocado en suerte nacer. Estos días, en que he conocido el precio de los órganos en el mercado negro (no hablo de en África, sino de aquí, en Estados Unidos, donde los escaparates de los locales no anuncian perros y gatos desaparecidos, sino personas). Estos días, en que hemos conocido gente huyendo de las guerrillas, de los cárteles, de narcotraficantes, de sus gobiernos o de su propia policía… A mí, lo que me cuesta asimilar es la fragilidad de la vida en según qué sitios caes a vivirla.
 
A Daniel como a mí, europeos del montón, el tema de las desapariciones, los secuestros, los asesinatos… se nos hace una bola tan difícil de digerir que, de nuevo, nos tomamos un descanso y retomamos el del dólar diario.
 
Hablamos de que en Asia, en África, este dólar son fortunas… Rellena su taza de café, brindamos y llegamos a la conclusión de que el secreto está en trabajar en Suiza y vivir en Bali, y se ríe y le cuento que yo bromeo (que no ¡que no es broma!) a menudo con que en España la gente sigue obcecada con trabajar y trabajar para llegar a una pensión con la que, sinceramente, no alcanzarán a vivir con dignidad, cuando lo que tendríamos que hacer al llegar a la jubilación es vender nuestras casas, nuestros coches y fugarnos a vivir a otro lugar. Se ríe.
 
Le cuento que yo me iré a vivir a Bali. Que me busque donde vea un bar con un cartel que ponga “Mojitos” y añade que también café. Que seguro que seré rica, y yo le digo que quizá no, que quizá sea sólo… feliz.


Cabaret: Money makes de world go round

Dinero, dinero…
El dinero hace girar el mundo
girar el mundo
El dinero hace girar el mundo,
hace el mundo girar .
Un marco, un yen, un dólar o una libra,
es todo lo que hace girar el mundo.
Ese tintineante y metálico sonido …
puede hacer girar al mundo ”
Dinero dinero…
Si te topas con la riqueza
y tienes ganas de una noche entretenida
puedes pagarte un fiesta alegre.
Si te topas con la riqueza y estás solo
y necesitas compañía
puedes llamar, tílín, a la sirvienta.
Si te topas con la riqueza
Y tu amante te planta,
y te quejas y gruñes muchísimo,
lo puedes aceptar sin problema,
Llamar a un taxi y recuperarte
en tu yate de 14 quilates 
El dinero hace girar el mundo
girar el mundo
girar el mundo.
De eso estamos los dos seguros
¡Una pedorreta a ser pobre!
Dinero, dinero…
Cuando no tienes carbón en la estufa
Y te congelas en invierno,
Y maldices a tu destino por el viento.
Cuando no tienes zapatos en tus pies,
y tu abrigo es fino como el papel,
y tu apariencia es de 30 kilos de peso menos.
Cuando vas a buscar una palabra de consejo
del pastor bajo y regordete
él te dirá que ames eternamente.
Pero cuando el hambre te golpea,
Rat-a-tat rat-a-tat en la ventana
toc-toc en la ventana)
¿Quién está ahí?
El hambre ¡oh, el hambre!
mira cómo el amor sale volando por la puerta
Porque, el dinero hace girar el mundo
girar el mundo
girar el mundo
Ese tintineante y metálico sonido del…
Dinero, dinero…
¡Coge un poco, coge un poco!
Dinero, dinero…
Un marco, un yen, un dólar o una libra..
Ese tintineante, golpeteante y metálico sonido
es todo lo que hace al mundo girar,
¡hace el mundo girar!

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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2 Comentarios en “Algunas de las diferencias del mundo

  • Luis Damián

    Tienes toda la razón. A veces hay que detenerse a tomar un café y comparar tu vida con la de quienes están al otro lado del barrio, de la ciudad, de la frontera o del mundo. Se nos quitarían las ganas de pelear por lo que no vale la pena o de pelear por lo que si la vale.
    Un gran artículo y sobre todo en estas fechas.