Fuego interior


fuego, otro Post DataSon las 7 de la mañana del que pudiera parecer un miércoles del montón. No lo es en absoluto. Acabo de llegar de la calle, de llevar a Isa al aeropuerto después de otra de sus visitas, a veces espaciadas por apenas días; otras por meses, pero que no nos separan jamás.

Anoche, eran las tantas y le pregunté si ya se había dormido. Balbuceó que no y le dije que hacía -ayer exactamente- seis años, que me había regalado un colgante maorí traído de Nueva Zelanda y que representaba amistad eterna, la unión de las almas que va más allá del tiempo y el espacio. Anoche, apenas unas horas antes, me había regalado una pulsera que ella misma ha hecho para mí con una piedra que a saber «qué significado tendrá», pero que cuando la vi en una tienda de cachibaches en La Latina a mí me pareció el mundo. «El mundo en mis manos» la llamé yo y ahora me acompañará en mis viajes. «¿No es una preciosa coincidencia?» Le dije a modo de buenas noches.

La cuestión es que, ni siquiera la visita de Isa pueda hacer de hoy un día «extraordinario». Ni un sólo acontecimiento que pudiera aparecer destacable para quien me mire desde fuera. No. Es dentro.

Algo, en algún momento se ha encendido dentro de mí. Una emoción profunda que ha estallado llenándome y que no puedo describir más que como «vida» y que me ha hecho darme cuenta de que no era consciente, pero llevaba meses sin vivir del todo.

Como si hubiera dejado que mi vida dependiera de cosas y personas que estaban fuera de mí. Como si hubiera entregado el botón que enciende y apaga mi vida a otros que lo hubieran descuidado y… ahora, de repente ¡mi vida estaba encendida de nuevo!

He pensado automáticamente, que eso era sin duda lo que en Oriente se denomina «fuego interior», mientras conducía sola a horas indecentes por las carreteras de Madrid, sonriendo como quien sabe que en realidad es un camino hacia donde yo quiera. Hacia aventuras que, ahora mismo no puedo llegar a imaginar.

«Fuego interior», «shanghuo», «Chi», me decía riendo una voz interior «¡Se ha prendido un cerillo!» y es que, ahí, en la Avenida de América, he recordado una teoría, que me gusta todavía más y, que espero que os guste y os encienda a vosotros: Es la de la mexicana Laura Esquivel en su libro «Como agua para chocolate».

«Tita gozaba enormemente el verlo trabajar. Con él siempre había cosas que aprender y descubrir, como ahora, que mientras preparaba los cerillos le estaba dando toda una cátedra sobre el fósforo y sus propiedades.

-En 1669, Brandt, químico de Hamburgo, buscando la piedra filosofal descubrió el fósforo. Él creía que al unir el extracto de la orina con un metal conseguiría transmutarlo en oro. Lo que obtuvo fue un cuerpo luminoso por sí mismo, que ardía con una vivacidad desconocida hasta entonces. Por mucho tiempo se obtuvo el fósforo calcinando fuertemente el residuo de la evaporación de la orina en una retorta de tierra cuyo cuello se sumergía en el agua. Hoy se extrae de los huesos de los animales, que contienen ácido fosfórico y cal.

Como ve, todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para producir fósforo. Es más, déjeme decirle algo que a nadie le he confiado. Mi abuela tenia una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos oxígeno y la
ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo.

Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo.

Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.

Por eso hay que permanecer alejados de personas que tengan un aliento gélido. Su sola presencia podría apagar el fuego más intenso, con los resultados que ya conocemos.

Mientras más distancia tomemos de estas personas, será más fácil protegernos de su soplo.

-Tomando una mano de Tita entre las suyas, añadió-: Hay muchas maneras de poner a secar una caja de cerillos húmeda, pero puede estar segura de que tiene remedio.»

 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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