alergia a la obsolescencia programada


alergia a la obsolescencia programada

Tengo un abrigo con el forro destrozado, literalmente destrozado. Como si lo hubieran atacado las hienas o Eduardo Manos Tijeras se hubiera dedicado a rascarme la espalda (ay, qué mono Johnny Deep). Da verdadera vergüenza. Creo que si lo llevara a una fiesta de etiqueta y a la llegada un estirado mayordomo se ofreciera a retirármelo para llevarlo al guardarropa, le mentiría y le diría que no puedo, que voy completamente desnuda debajo.

¿Por qué narices no me he deshecho ya de él? Claro está: me encanta. Me encanta. Es simple y negro, ligero, pero abriga cuando hace falta, abulta poco a la hora de guardarlo, no se arruga le haga lo que le haga y es suave y reconfortante. El día que encuentre un hombre que se le parezca (aunque sea de otro color), fijo que me lo pido, me lo calzo y no lo suelto más que los meses de mucha calor. En fin… me estoy dispersando.

Este abrigo mío es casi, casi… insustituible y así le ha ido al pobre; de tan perfecto no le he concedido tregua y los viajes infinitos y las puestas continuas cargando cualquier cosa (abajo y encima) han hecho mella en él y ha llegado el momento de hacer algo drástico- De modo que, en lugar de al contenedor de reciclaje (que menudo favorcito le iba a hacer a quien le tocara), ando buscando quien me lo arregle sabiendo que por mucho que regatee me costará más que uno nuevo. ¿Sabéis? Aunque fuera exactamente el mismo modelo nuevo… creo que lo arreglaría. Es curioso. Cada vez más despegada de más cosas y sin embargo, cada vez más terca en estirar la vida de las cosas que sí me valen la pena…

¿Recordáis la vieja mesa de mi comedor, verdad? ¿O aquel aparador que iba a ser y no fue? ¿Recordáis mis Maui Jim pisadas por una vaca? (Y esa fue solo una de sus muchas catástrofes porque, efectivamente, volvieron a morir aplastadas). Me río sola porque reconozco que es parecido a cuando les decía a mis hijos en aquellos sermones míos: “no se puede ser una buena persona, serlo sólo con tu familia y luego no detenerse en los pasos de cebra. Cuando se es buena persona, se es en todo. Siempre.”

Pues cuando se tiene esta alergia a la obsolescencia programada, esta reciclitis mía ¡se tiene! Y mucho más que crónica.

Me consta que se va agravando con la edad. Lo veo en mis relaciones (no hablo de “parejas”, que también) sino, en general. Trato cada vez más de evitar que se estropeen, pero desde luego no las fuerzo a que duren cuando es obvio que no dan más de sí. Si tienen arreglo, como mi abrigo, no racaneo porque creo que lo justo es ser agradecida, pero porque también el tiempo que dedicas, el mimo que dedicas a esas “cosas” es lo que las hace realmente valiosas.
Si los cristales de mis gafas están definitivamente rotos ¡pero murieron viviendo aventuras tan increíbles como los que ven a través de mis ojos! Los despido con risas y hasta soy capaz de usarlo como excusa para una cena funeral con mis amigas y ya luego, hasta dedicarles un post. Si veo un aparador llorando a gritos en la calle, lo recojo, aunque sea un rato porque a veces un tonto rato tuyo, puede cambiar la vida de algo (ya veces, hasta de alguien).
No me dejo deslumbrar por lo último de lo último en el top de las nuevas tecnologías porque total, lo más deslumbrante hoy, puede ser totalmente inútil mañana cuando lo has llevado a casa y lo desembalas.
Sin embargo sí observo y aprecio mucho esas virtudes raras y sorprendentes. Las de “esto me gustaría en mi vida” y las recuerdo para tenerlas en cuenta a la hora de comprarme… “equis” ¡pero cuando realmente lo necesito!
¿Y sabéis por qué? Entre otras cosas, porque quiero que el aparato en cuestión (o el tipo y a poder ser, un buen tipo con un buen aparato), se quede conmigo, a poder ser… ¡toda la vida! Y si al final es que no, pues no pasa nada. Le despedimos con una fiesta, ¡qué no va a ser menos que unas gafas, hombre!

No me dejo deslumbrar tan fácilmente por una mesa nueva; es decir ¡claro que soy capaz de ver todo lo bueno que ofrece! Pero, ¿de ahí a llevármela a casa? De momento, aún prefiero las historias que cuentan los arañazos de aquella vieja mesa mía.

Seguro que todos conocéis el cuento: dos hermanos pelean continuamente y el padre, desesperado los reúne en la entrada de su casa y les entrega un martillo y una caja con cien clavos y les pide que cada vez que sientan la rabia, el deseo de pelear uno con otro, tomen antes uno de los clavos y lo claven en la puerta de la entrada.
Los hermanos se miran sin entender, pero acceden y en nada de tiempo uno de ellos ya está hundiendo el primer clavo. Luego es el otro y antes de que se den cuenta, la puerta espléndida de hace un tiempo, ahora luce desolada llena de clavos.
Ambos se la quedan mirando y van a hablar con su padre para decirle que han entendido la lección. El padre les pide entonces que, cada día que no peleen vayan y saquen uno de los clavos.
Increíblemente, en solo unos meses, los clavos han desaparecido y los hermanos corren a contárselo al padre sabiendo que le harán muy feliz. “Muy bien” dice el padre “pero, mirad la puerta, totalmente agujereada. Cada vez que peleas con alguien, quieras o no, dejas una herida”.
Pues bien, el padre tiene razón, pero… creo que el cuento, que acaba ahí, para mí; encierra la lectura de que después, con el tiempo y los mimos, dejas de ver esos agujeros como heridas y es cuando aprecias la belleza de la historia. Si nos deshacemos de todo a medida que se va rompiendo, corremos el riesgo de perdernos esa belleza, pero como siempre ¡no me hagáis caso!
Tirad al contenedor de reciclaje de color rosa este post que ¿adónde nos ha llevado? Efectivamente: a ningún sitio.
Bueno, tal vez a vosotros… Yo rápidamente me sirvo una copa de vino y a ver si mañana me pongo y localizo una buena y paciente modista y me dedico a buscar un forro perfecto para mi viejo abrigo. No vale un forro cualquiera. Ya sabéis… se va a quedar conmigo muuucho tiempo.

Aprendiendo vocabulario:

Se denomina obsolescencia programada u obsolescencia planificada a la determinación, la planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño de dicho producto o servicio, éste se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible.
 
Para cuando este sistema es complicado de llevar a cabo, por ejemplo en el caso de la ropa, entonces, el «objeto programado» somos nosotros ¡es tan fácil convencer a millones de humanos pensantes de que la ropa que tienen ya no se lleva y han de comprar, comprar, comprar otra!

¿Queréis saber mucho más sobre la obsolescencia programada? Poneos cómodos, sacad las palomitas y haced click aquí.

 


Entradas relacionadas:

 


Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

otro Post Data, el blog de Pilar Ruiz Costa


Antes de suscribirte es importante que conozcas nuestra POLÍTICA DE PRIVACIDAD

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.