Una llamada de emergencia 4


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una llamada de emergencia, otro Post Data, Pilar Ruiz CostaYo estaba en Barcelona. Eran las dos de la mañana y volvía a mi hotel después de una cena con políticos (trabajo, trabajo y más trabajo) cuando sonó el teléfono. Era mi hijo Mario desde Palma que me preguntaba si estaba aún despierta y si podíamos hablar. Una llamada de emergencia.

 

Tenía 17 años recién cumplidos y había decidido abandonar el único instituto en el que habíamos logrado una necesaria plaza para cursar bachillerato artístico. En un año quería estar estudiando Cine en Madrid. Se sentía tan frustrado por una mala profesora que se le hacía insoportable la idea de continuar el curso. Abandonaba bachillerato artístico y se cambiaba a científico en otro centro. Y si no, cualquier otra cosa. Lo que fuera. Prefería renunciar a todo: a su vocación, a sus sueños… con tal de no volver a coincidir con ella.
 
Lo primero que le dije fue que le daba las gracias por haberme llamado. Hacía una semana que no lo veía y aún me quedaba por lo menos otra para verle porque yo andaba de un sitio a otro viajando y bien podría no haber dicho nada. Podría haberse escaqueado de las clases, o haber compartido esa inquietud con cualquier otro, con un amigo que sí estuviera presente. Sin embargo, me llamó. Eran las dos de la mañana y mi hijo me llamó.
 
Lo segundo que hice fue pedirle que al día siguiente fuera a clase. Y al otro. Que esa semana fuera y la semana siguiente lo llevaría conmigo (yo estaría en Ibiza por trabajo), toda esa semana faltaría a clase y allí, desde la calma, analizaríamos toda la situación.
 
Desde que son muy pequeños los he dejado días e incluso semanas por trabajo. Sin embargo, quiero pensar que he estado allí, incluso cuando no estaba. Que han sabido a la perfección que siempre, siempre, podían acudir a mí estuviera donde estuviera.
 
En otra ocasión, también en Ibiza, llamó mi hija Diana. La corté con un simple:
 

-Estoy reunida. Te llamo luego.

 
Y cuando la llamé, un par de horas después, directamente se puso a llorar al teléfono. Me dijo que no sabía lo que le pasaba, pero que llevaba días sin poder dormir y, además, desde esa mañana, no podía parar de llorar. Esa misma tarde tomé un avión para estar con ella y hacerla reír o llorar con ella. Lo que fuera, pero con ella.
 
Cuando mis amigos, mucho menos precoces que yo en esto de tener hijos me hablan con brillo en los ojos de lo poco o mucho que les queda para que sus criaturas crezcan “y ya no den trabajo” les contesto siempre que se equivocan. Que esta tarea de ser padre o madre no se acaba nunca y que es una gran suerte. Y aunque debería pensar que lo ideal es que me llamen con cada alegría, con cada éxito (que lo hacen), tengo que reconocer, desde la experiencia de estos treinta años de maternidad, después “de lo uno y de lo otro”, que el verdadero privilegio, está en que te llamen cada vez que estén perdidos, cada vez que necesiten consuelo; que sea tu número el que marcan cada una de las veces que tienen que hacer una llamada de emergencia.
 
Mi hijo Mario vino a Ibiza. Cocinamos, paseamos, seguro que también fuimos varias veces al cine y no forcé en absoluto aquella conversación porque sabía que necesitaba, desde la distancia, macerar todas esas ideas en su cabeza. Por fin, expusimos las opciones. Una era abandonar, claro que sí, el único centro con una única plaza libre que tanto nos había costado conseguir. Dejar aquel bachillerato artístico que le encantaba hasta topar de frente con una sola profesora. Abandonar las prácticas en una televisión local. Pasar a Ciencias y buscar alguna otra opción de carrera que “no estuviera mal”. La idea de continuar era simplemente insoportable para él. Aún nos quedaba otra opción que era trasladarse a Ibiza, donde aún me quedaban unos meses de trabajo con idas y venidas a muchos sitios. Dejar su ciudad, sus amigos, pero estar conmigo y tratar de lograr aquí, a mitad de curso, una plaza en algún sitio. El resumen era: renunciar o no renunciar hoy al camino que le llevaría a hacer Cine mañana.
 
Me dijo que había estado pensando mucho, pero no sólo en aquel instituto, en sus compañeros, en sus amigos… No. Había estado pensando en todos los adultos de su entorno. Me dijo que apenas conocía a nadie que trabajara de lo que había estudiado y me citó muchos ejemplos. También me dijo que no conocía a nadie que fuera feliz con su trabajo y de nuevo, sacó una larga lista de conocidos. Trabajaban, claro que sí. Ganaban dinero o no, pero ésa era la única función de aquellos trabajos. Yo escuchaba bastante sorprendida aquellas divagaciones (mi hijo es un hombre brillante). Entonces dijo para mi sorpresa:
 

-Menos tú. Tú eres la única persona feliz trabajando que conozco. Siempre te has dedicado a lo que has querido, siempre consigues montar lo que quieres, siempre has seguido estudiando, escribiendo y siempre te lo pasas bien en tus viajes y aunque te vayas, siempre estás con tus amigos si te necesitan, siempre estás con nosotros.

 
Por supuesto, me puse a llorar al instante mientras él me explicaba que dejaría Palma (y todo lo que conocía) para venir conmigo a Ibiza. Quería estudiar Cine.
 

De repente, todos aquellos años de ser madre (y padre) a trompicones, sin tener ni idea de qué estaba haciendo más que aprender sobre la marcha mientras seguía mi torpe instinto, cobraron sentido.

 

Me di cuenta de una cosa que repito con frecuencia: los hijos no aprenden, sino que imitan. ¿De qué iba a servirme explicarle a mis hijos que lo que tienen que hacer es buscar un trabajo seguro ¡estable! cuando yo no lo he buscado en mi vida? Lo que he pretendido ha sido que mi trabajo trascendiera, que lo que hiciera “sirviera”, aunque fuera un poco para que alguien aprendiera, para dejar una mínima semilla que haga de este mundo un lugar un poquitito mejor. ¿De qué iba a servirme repetirles a mis hijos que lo que pretendo es que sean felices si ellos no me vieran llegar feliz a casa? Y sí, hasta la felicidad se aprende.
 

¿De qué iba a servirme decirles que estoy si después me tomara a broma sus cosas o si me pareciera que el que, por ejemplo, no soporten a una profesora no es un problema para resolver urgentemente y que “lo que tienen que hacer era ir a clase y punto, porque sí, porque lo digo yo”?

 
Mario estuvo un mes sin plaza hasta que, al fin en enero, logramos heredar la de alguien que se rindió. A pesar de lo avanzado del curso, no sólo aprobó, sino que recuperó lo suspendido por una mujer ejerciendo una vocación equivocada. Después trabajó durante los meses de verano doce horas diarias seis días por semana (a veces siete) en un centro de buceo. Aún así sacó tiempo para sacarse el carnet de conducir. Sólo la teórica. La práctica no porque tenía diecisiete años. Con esa edad, poco después, lo dejé viviendo solo en un apartamento en Malasaña, a escasos veinte minutos del Instituto del Cine de Madrid.
 
Y ahora, cuatro años después, cuando por fin decido que puedo irme de viaje sin fecha de regreso “porque ya no me necesitan”, me llama mi hijo Óscar (lo sé, lo sé… ¡tengo montones de hijos!). Está algo desanimado por una decepción laboral y además, es una fecha complicada para encontrar otra cosa. En mitad de la conversación rompe a llorar. Me pide perdón porque no quiere preocuparme, porque no quiere que le sienta mal, pero de repente no entiende esas tres o cuatro cosas que no salen como querría y, debo añadir: como merece y el mundo… se le cae encima.
 

Y yo, que planeaba viajar sin mirar a dónde. Sin planes, sin tener que consultar nada con nadie más que con las ganas que fuera sintiendo cada día de qué hacer, qué rumbo tomar, me descubrí automáticamente diciendo:

 

-¿Te apetece venir conmigo?

Y en menos de una semana lo tenía cruzando solo el mundo y está aquí, a mi lado (precioso), en California, feliz como una perdiz y sin hablar, de momento, de nada importante. Llegará. Todo llegará… Qué suerte, ¿verdad?
 


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Pilar Ruiz Costa

Acerca de Pilar Ruiz Costa

Me dedico a la Comunicación y a los eventos desde hace muchos, muchos años. Contadora de historias con todas las herramientas que la tecnología pone a mi alcance.

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